domingo, 20 de enero de 2013

HIERROS Y MARCAS DE LOS TOROS / Por Plácido González Hermoso


Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

MIGUEL HERNANDEZ

La costumbre inveterada de marcar al ganado como distintivo o identificación de pertenencia, fue una necesidad perentoria del hombre primitivo desde que comenzó a domesticar los animales, primero para distinguirlos de los de sus vecinos, en caso de que se mezclasen, y por otro evitar el robo del ganado; marcas que, posteriormente, desembocaron en la fórmula utilizada para legalizar la pertenencia del ganado de forma oficial.

Es natural que, a pesar de lo ancestral que pudo ser la costumbre de marcar el ganado, no poseamos datos de la realización de esas prácticas en la etapa prehistórica; es decir, desde que el hombre primitivo comenzó a domesticar el ganado, en aquel Neolítico temprano (allá por el año 9.000 a.C. fue la oveja y la cabra y el Toro hacia el 6.500 a.C.).


0-Rupestre




No obstante, si observamos algunas pinturas rupestres del Paleolítico Superior que han llegado hasta nosotros, nos encontramos con una sorpresa notable al analizar, por ejemplo, en la cueva de Lascaux, en la Dordoña francesa, unos toros con una serie de puntos o manchas en el cuello, o una vaca de larga cornamenta con varios dibujos ovalados en su cuerpo; así como los caballos punteados de la cueva de Pech-Merle, en los Pirineos franceses; o la yegua en avanzado estado de preñez y una vaca, ambas de la cueva malagueña de La Pileta, cuyas figuras están cubiertas con unas pequeñas líneas paralelas en toda su anatomía, que no por ello podemos afirmar que fuese el comienzo de la costumbre de marcar al ganado, sino, más bien, debemos tomarlo como adornos pictográficos, producto de la imaginación del artista del Paleolítico Superior. Pero puede negarse, a caso, que pudieron servir de inspiración, con el correr de los siglos, a los primitivos ganaderos para marcar sus animales?

Con el nacimiento de la Historia, hacia el IV milenio a.C., gracias al desarrollo de la escritura –sin tener en cuenta los grafismos o pictogramas que pertenecen a la “protoescritura-, ésta comienza al dejar constancia escrita de la existencia de la primera sociedad organizada en Sumeria.

Como es natural, al ser una sociedad organizada, todos los actos religiosos y sociales, trabajos diversos, actividades comerciales o artísticas, derecho a la propiedad privada etc., estuvieron perfectamente reglamentados desde un principio, en cuyos preceptos se establecieron una serie de sanciones a las transgresiones, abusos o atropellos que pudieran cometer sus ciudadanos.

Como todos sabemos, la organización política en Sumer se caracterizaba por estar estructurada en “ciudades-Estado”, gobernadas por un rey que se consideraba, no solo, designado por los dioses sino que, incluso algunos, se intitulaban hijos de algún dios determinado. Entre todos ellos, por lo que nos han revelado los textos de la época, aparecieron una serie de reyes reformadores y reyes legisladores a mediados del III milenio a.C., cuyos dictados lo hacían bajo la advocación del dios de la justicia, llamado según la época Babbar, Utu o Shamash, que eran quienes, al parecer, dictaban las leyes a los monarcas respectivos.


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