miércoles, 13 de enero de 2016


El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, ha asumido este martes el cargo sin mencionar al Rey ni la Constitución, y ha prometido ser fiel a la voluntad de los catalanes, con un "Lo prometo". En la toma posesión celebrada en el Palau de la Generalitat, así ha respondido a la pregunta de la presidenta del Parlament, Carme Forcadell: "¿Promete cumplir lealmente las obligaciones del cargo de presidente de la Generalitat con fidelidad a la voluntad del pueblo de Cataluña representado por el Parlament?".


"...La desfachatez del reto separatista catalán firma el certificado de defunción del sistema de 1978. Es la expresión trágica de un gran fracaso colectivo..."

Cómo mueren las naciones

Miércoles, 13. Enero 2016 
El bochornoso espectáculo de la toma de posesión del nuevo presidente de la Generalidad de Cataluña, Carlos Puigdemont, ha dado la medida de lo bajo que hemos caído. He ahí a un hombre, arropado por una mayoría parlamentaria local, que jura su cargo al margen de la ley y desafiando abiertamente al Estado del que es, institucionalmente, representante, y lo hace delante del ministro del Interior, la delegada del Gobierno y el Inspector General del Ejército, que asisten al insulto con la necedad estatuaria de Don Tancredo. Está claro quién lleva la iniciativa y quién, por el contrario, se limita a padecer los acontecimientos. Si las cosas no cambian, también está claro quién va a ganar: ellos.

Por más paños calientes que intente poner la oligarquía mediática, estrechamente vinculada a la oligarquía económica, el hecho objetivo es que España se enfrenta hoy al peor desafío para su integridad territorial desde el siglo XVII, invasiones extranjeras aparte. La actual ofensiva separatista catalana es más grave que la de 1934 –porque en aquel entonces el gobierno republicano supo actuar- y nos remite inevitablemente a la delirante república de Pau Claris y al corpus de sangre de los “segadores” en 1640. La gran diferencia es que, en esta ocasión, es la nación común, la española, la que ha renunciado a existir y ha permitido el crecimiento del monstruo. La desfachatez del reto separatista catalán firma el certificado de defunción del sistema de 1978. Es la expresión trágica de un gran fracaso colectivo.

Es importante hacer memoria de los últimos años para subrayar que todo esto que está pasando en Cataluña –y, pronto, en Navarra y el País Vasco, y tal vez en otras regiones- había sido sobradamente anticipado por numerosas voces. Al menos desde finales de los 90 era evidente que el Estado de las Autonomías entraba en barrena por la consolidación de estructuras de poder separatistas que empezaban a operar al margen de la ley común para atender sólo a sus propias reglas. Pero, pese a la evidencia, nadie quiso poner remedio. En la izquierda era común oír –hasta fecha muy reciente- el argumento jocoso de que “España no se va a romper”. En la derecha, lo que se escuchaba era el tópico de que “esos sólo quieren dinero”. La frivolidad de unos y la miopía de otros –dos formas de estupidez política- nos han conducido hasta aquí. Ahora la gran incógnita es saber si en la clase política española existe algo que no sea miopía, frivolidad o estupidez.

Ha faltado y sigue faltando sentido del Estado y sentido de la Historia. Las naciones no existen de una vez para siempre. Al contrario, igual que nacen pueden desaparecer. La nación española es una construcción histórica que amaneció en la descomposición del imperio romano –lo hizo con ese mismo nombre: Hispania, España- y que, a través de mil vicisitudes, forjó una unidad duradera.La unidad no estaba garantizada de antemano; nunca lo estuvo. Fue el fruto de esfuerzos individuales y colectivos. Fue el fruto de una voluntad política. Fue el fruto de una decisión sostenida en el tiempo. Lo mismo en España que en cualesquiera otras naciones históricas. Y si desaparecen el esfuerzo, la voluntad y la decisión, entonces desaparece la nación. Es lo que está ocurriendo hoy. Y la caída se llevará por delante todo lo que tenemos.

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