sábado, 21 de mayo de 2016

15ª de San Isidro en Madrid. Jarrazo de agua helada en el ecuador del larguísimo ciclo / por J.A. del Moral



“Monumental cortocircuito de El Juli. Espeso, plomizo, derrotado…”.
¿Qué le estaba pasando? Posiblemente un grave ataque de poncitis.


15ª de San Isidro en Madrid. Jarrazo de agua helada en el ecuador del larguísimo ciclo

J.A. del Moral · 21/05/2016
Madrid. Plaza de Las Ventas. Viernes 20 de mayo de 2016. Decimoquinta de feria. Tarde espléndida con casi lleno.

Seis toros de Alcurrucén, muy bien presentados y de mediocre juego por faltos de fuerza y de raza en distintos grados de manejabilidad, destacando por más nobles y aprovechables los lidiados en primer tercer y en quinto lugares.
El Juli (verde botella y oro): Pinchazo hondo tendido al santo y catorce descabellos, amago de bronca que acabó con aviso y pitos. Estocada trasera al salto, aviso y silencio.
Sebastián Castella (marino y oro): Pinchazo y estocada baja, ovación con discrepancias del sector intransigente. Buena estocada, silencio.
Confirmó su alternativa José Garrido (gris claro y plata): Estocada caída, aviso y palmas. Pinchazo y estocada, aviso y silencio.
S.M. El Rey Emérito volvió a ocupar sus abonos, acompañado de la Infanta Elena y de su hija Victoria Federica. El Juli brindó al Rey su primera faena y José Garrido a los tres miembros de la Familia Real entre grandes ovaciones.


Interesantísima corrida fue la de ayer sobre el papel aunque casi todo se quedó en la casa Lozano, ganaderos de esta tarde, mas otra que aún falta por lidiar, últimos apoderados de El Juli y ex muy recientemente de Castella. Este último llegó a la feria con cuatro tardes cuatro, gesto que le honra aunque por lo que le llevo visto hasta ayer en esta temporada no anda ni de lejos como en la del año pasado.

Todas las figuras deberían haber hecho lo mismo, actuar cuatro tardes en relación a lo que las estrellas de los años 60 sumaban en cada ciclo isidril. Con nada menos que 30 tardes consecutivas, todas las figuras deberían actuar en al menos tres ocasiones.
Hasta que terminaron los sanisidros de su inventor, don Livinio Stuick, el año 1968, en las dos semanas de toros que venían celebrándose entonces, las figuras actuaban en tres por barba. Ese año así lo hicieron Antonio Ordóñez, Manuel Benítez EL Cordobés, Paco Camino y Diego Puerta. Y como El Viti no se apalabró, actuó esos mismos días en dos corridas celebradas en la carabanchelera plaza de Vista Alegre. Entonces, la segunda fila la componían diestros también importantes que actuaron en dos. Total, que la feria de aquel año fue sensacional con Ordóñez como absoluto triunfador frente a las corridas de Urquijo, Conde de la Corte y Marques de Domecq. Triunfó en las tres. Merece la pena desmenuzar lo hecho por el rondeño y con qué circunstancias.
En la de Urquijo, cortó una oreja de su primer toro y dio dos vueltas al ruedo tras pinchar seis veces un faenón antológico. Esa tarde le acompañaron un extraordinario Miguelín y confirmó su alternativa Manolo Cortés.

En la del Conde de la Corte, impresionantemente arbolada además de cuajada, fuerte, encastada y noble, Antonio cortó una oreja del cuarto toro pese a pinchar otra vez aunque no tanto como en su anterior corrida. Al dar la vuelta al ruedo con la oreja que le concedieron y al llegar a los tendidos de sol, parte de los allí sentados empezaron a pitar al maestro, momento ciertamente tenso… que Ordóñez interrumpió repentinamente, cortando en seco el recorrido del anillo para de inmediato cruzar el ruedo de parte a parte hasta llegar adonde había comenzado la vuelta. Desde allí se inclinó agradecido a los tendidos de sombra e hizo un claro gesto de desprecio a sus protestantes que tuvieron que tragársela. Y luego, envainársela. Fue la tarde de la confirmación de alternativa de Miguel Márquez que cortó las dos orejas del toro llamado “Ochopicos”, bravísimo y noble. Un extraordinario ejemplar. El Testigo fue Chicuelito, hijo del gran Chicuelo.

En la tercera con toros del Marqués, actuaron junto al rondeño Curro Romero y Diego Puerta que no triunfaron. Ordóñez cortó las dos orejas de un toro muy gazapón. Meses más tarde, en la feria de Málaga, Antonio dejó escapar adrede otro toro tan gazapón como el de Madrid. Después de la corrida, mi padre y yo fuimos a saludar al maestro en donde se vestía siempre que actuaba en La Malagueta, el gran chalet que tenía Julio Gancedo en el barrio de El Limonar. Atrevido de mí, le pregunté a Antonio por qué en Madrid fue capaz de cortar dos orejas a un toro tan gazapón como el de hace unas horas, y no al que acababa de matar. “Porque Madrid es Madrid y Málaga, Málaga…” me contestó.
Quizá habrá lectores a los que estos prólogos de mis crónicas les parezcan inadecuados o incluso pesados, pero a la mayoría les encantan. Doy fe. Muchas gracias. A mí también me encanta escribirlos.

En aquellos años finales de los 60 hubo competencia a tope. Como la que estamos viviendo en la presente temporada. La lucha se ha desatado a cara de perro entre unos y otros, y cuidado con quienes no se den por enterados porque la corriente de los nuevos valores y de los viejos que no se están dejando avasallar les puede empujar hacia un indeseado precipicio. El toreo está en ebullición como hace tiempo no sucedía y esta es la sal de la Fiesta. Pero en la corrida de ayer hubo un paréntesis tan helado como un jarrazo de agua fría en el ecuador del larguísimo ciclo.

Los dos mayores culpables de este aburrido paréntesis fueron cuatro de los seis toros de Alcurrucén y El Juli como máxima figura del cartel que ayer pareció la peor sombra de sí mismo.

Me tuve que frotar los ojos viendo a Julián tan por debajo de sí mismo. Por supuesto que sus dos toros no fueron buenos pero no tan malos como le debieron parecer al gran torero. En plena acción con su primer toro, recibí un whastapp de un amigo muy buen aficionado que estaba viendo la corrida por televisión y que decía lo siguiente: “Monumental cortocircuito de El Juli. Espeso, plomizo, derrotado…”. Lo subscribí en mi respuesta. Tanto fue así, que comenté a mis compañeros de localidad tras la muerte de su segundo toro que si al Juli de ayer le hubieran anunciado con otro nombre y cambiado de cara, nos hubiera parecido un penoso principiante. ¿Qué le estaba pasando? Posiblemente un grave ataque de poncitis.

Suele afectar a muchos toreros, incluso a importantes toreros como lo es El Juli, cuando quien torea en la misma feria infinitamente mejor cuaja un faenón antes de que le corresponda actuar a los afectados. Imagino a El Juli viendo antier a Ponce en su televisor: “Oye, oye, mira… y eso como se hace…? Ni soñando ha toreado ni toreará jamás El Juli como ayer Enrique Ponce. Y es que el recuerdo imborrable de la faena del valenciano pesó ayer en Las Ventas como una losa.

He vivido este fenómeno del término de la comparación muchas veces. Lo he vivido sobre todo cuando Antonio Ordóñez actuaba en una corrida antes de que llegaran sus más importantes rivales y cuajaba una de sus grandiosas faenas. El posterior bajón del ciclo era evidente. Lo he vivido también en una misma corrida por lo mismo. Y hasta he escuchado decir a muchos de los que compitieron con el rondeño después de tener uno de sus grandes triunfos: “Y ahora, ¿qué hacemos? Pues esto es lo que ocurrió ayer.
No tanto con Sebastián Castella y eso que este año el francés no anda ni de lejos como el año pasado. Tuvo en sus manos el mejor lote de la tarde y no fue capaz de cortar una oreja a cada uno. El año pasado sí que lo hubiera conseguido con estos mismos toros.
No es cuestión de aburrir a mis lectores contándoles prolijamente sus dos labores meramente industriales porque gracia, lo que se dice gracia, nunca la tuvo. Yo siempre digo de Castella cuando está mal que parece una ensalada de endivias sin roquefort. Ahora la adereza con un barato cabrales… porque, si no le añadiera nada a las hierbas, sería inaguantable verle. Como tantas y tantas veces para su desgracia aunque lo que siempre le sobra es su innegable, abundante y frío valor.


Confirmó su alternativa José Garrido. Por nuevo matador de toros con acendrada fama desde su prometedora etapa novilleril, cada vez que le veo últimamente me acuerdo de la mañana de la feria de Bilbao en la que se encerró en solitario con seis novillos, causando una gran impresión a todos los que le vimos bajo un incesante sirimiri que no molestó.
Garrido advino como un privilegiado digno del mejor y más atractivo de los futuros. Actuó cual gran torero dueño de un sinfín de virtudes, capaz de protagonizar grandes empresas a poco que el tiempo transcurriera hasta llegar el momento de doctorarse y de confirmar en Madrid que en cuando el refrendo toma mayor carta de naturaleza. No tuvo tanta suerte ayer como hubiera deseado el zagal y como hubiéramos deseado los que tanto apostamos por él y yo el primero. Pero no sé por qué, ya matador, no está logrando ser como pronosticamos. Ganas, todas las que se puedan imaginar. Valor, excesivamente mostrado ayer que fue el día señalado para decir su primer aquí estoy yo. Pero este aquí estoy yo no fue como hubiéramos deseado porque lo mostró abusando del toreo de rodillas.

Generalmente, este abusar del toreo genuflexo es consustancial a los que, de pie, no pueden llamar tanto la atención. Que una cosa supla a la otra. Y el Garrido de ayer llamó mucha más la atención con las dos rodillas en tierra en los recibos con el capote, en quites y en los comienzos de sus faenas que cuando toreó como deben hacerlo los privilegiados. En pie.

Los alardes y cuanto más parezca que lo son es señal de que se está más a gusto en misa que en una fiesta pagana, no son precisamente una buena señal. Y eso fue lo que ayer nos mosqueó a muchos. Eso y parecer vulgar artísticamente hablando además de algo torpe en el manejo de las telas, con cogida incluida. Ninguno de los dos toros que le correspondieron resultó fácil ni claramente propicio. Pero Garrido aumentó a peor la calificación del juego que dieron. Y esto es muy malo aunque a la gente le encanten las sobredosis de valor y de entrega. Una cosa es arrimarse y aquietarse como un jabato y otra actuar con sosiego, con temple, con garbo, con donaire y con facilidad. Y de todo esto último fue en lo que más adoleció. Habrá que verle más para emitir un dictamen justo. Pero la impresión que a mí, al menos, me dio no fue tan buena como la de aquella mañana de novillero en la plaza de Vista Alegre de Bilbao.

Me dijeron ayer en la plaza que lo escrito por el cronista taurino de El País sobre la memorable actuación de Enrique Ponce de antier en Las Ventas, fue de toma pan y moja corrosivo, destructivo y, para colmo, increíblemente premonitorio de un inminente retiro del maestro como si su gran faena hubiera sido la última de su vida en Madrid y que la ovación que le dieron al final con todo el público en pie fue como si también hubiera sido la postrera de su carrera en Las Ventas. Un adiós, vamos. Eso es lo que el amargado cronista hubiera deseado. Pero, en cualquier caso, fue otra más de las malolientes cagadas que está depositando en esta feria el aprendiz de brujo sevillano. Mejor sería que se quedara en las orillas del Guadalquivir y que no se moviera de allí. No hay cosa peor que un andaluz esaborío y triste cuando mea fuera de su tiesto. Este hombre lo es en grado tan superlativo que hasta da pena, penita pena como aquel de la copla. Que calle de una vez o que le calle quien corresponda.


Por cierto que, también ayer, un espectador de sombra alta gritó muy alto a otro del tendido 7 “¡por qué no te callas!” tal cual el Rey presente en la plaza le gritó hace años al venezolano ya difunto Chaves delante de todos los mandatarios de la América Hispana. Yo no vi la cara que puso al oírlo Don Juan Carlos pero debió ser la de un hombre felizmente sorprendido y desde luego contentísimo como cada tarde que se hace presente en Las Ventas y en todas es homenajeado con vivas a España, con vivas a Él y con vivas al toreo en esta feria a la que habrá que llamarla para siempre del Rey.

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