lunes, 19 de septiembre de 2016

Anda, anda con los lagunajandas y adiós al verano en plena incuria comunal / por José Ramón Márquez


La mugre en el tendido


"...Para enfrentarse al regalo de los Lagunajanda -y no se quiera ver en ese sustantivo el más leve asomo de ironía- se vinieron a Madrid Iván Vicente, cinco corridas en 2015, Eduardo Gallo, una corrida en 2015, y Esaú Fernández, once corridas en 2015..."


Anda, anda con los lagunajandas 
adiós al verano en plena incuria comunal

Lo de Lagunajanda era la famosa crónica de una muerte anunciada. La verdad, para qué negarlo, es que sólo con que veamos la palabra "Domecq" en un cartel ya nos entran los sudores fríos y el cólico miserere, de lo baqueteados que andamos con esas seis letras, que más que un apellido conforman una invocación al Maligno, taurinamente hablando. Y, como no podía ser de otra manera, los Lagunajanda, Sociedad Limitada propiedad de doña María Domecq Sáinz de Rozas, no defraudaron en complacer las nulas esperanzas que en ellos habíamos depositado. Por supuesto que además de los cuatro resentidos de retorcido colmillo también se sentaron en las piedras venteñas, exquisitamente sucias en esta particular ocasión, los consabidos viajeros provenientes del Oriente para quienes las palabras Domecq y Lagunajanda no significan absolutamente nada: los pobres, para una vez en su vida que iban a ir a los toros, se habrán llevado una impresión bastante poco halagüeña de lo que es en sí el llamado toro de lidia. No creo, sinceramente, que vayamos a hacer grandes aficionados entre ellos.

Estos Lagunajanda de divisa encarnada y blanca como la de la casa matriz se hierran con un escudito como el que perteneció a Veragua, el de la casa matriz, en el que han sustituido la uve de Veragua por la jota de joróbate. Es una forma de propaganda subliminal, para que nadie se llame a engaño, para que nadie se ponga a pedir la hoja de reclamaciones de la casta, la fuerza, la fiereza o de la acometividad. Lo malo es que, con absoluta certeza, los lagunajandas que salieron por las puertas simétricas que custodia un señor disfrazado de barquillero, eran las materias taurinas soñadas por los tres matadores que se anunciaron. Lo malo es que los tres coletas del cartel de esta última corrida del verano en Madrid habrían firmado por encontrarse con seis animales del comportamiento de los lagunajandas, compendio de nulas intenciones, supina bondad y dotes de toreabilidad, por usar el palabro del taurineo.

Repaso de albañilería

Los japoneses en el estercolero

Los japoneses ya se han ido

Porque los seis galanes que se vinieron, en su último viaje, desde Vejer de la Frontera, regalaron sus embestidas y sus trotes, se esforzaron lo suyo en no crear problemas graves a sus matadores, sabedores acaso del momento complicado que pasan en sus carreras, colaboraron lo suyo y ni por ésas las cosas salieron. El más interesante de los Lagunajanda, para que se vea que se hace un esfuerzo en reseñar cosas positivas, fue el cuarto, Lavandero, número 67. El pobre, de grata estampa y buen trapío, andaba con las fuerzas muy tasadas, pero en algún recoveco de su ADN quedaba algún rastro de bravura. Esto se vio cuando se arrancó con gran fijeza y alegría al caballo en el que iba subido Héctor Vicente. El Lavandero metió la cabeza y apretó lo suyo romaneando con las fuerzas de que disponía, con el rabo enhiesto. Mientras, Héctor Vicente le señaló un picotazo -la consabida sangre para un análisis- y retiró la vara y el toro se estuvo un rato empujando al caballo con fijeza aunque, como se dijo, sin recibir castigo. Lo sacaron y hubo quien pidió que se pusiera al toro de largo -aficionados ilusos-, que es lo que casi todos, excepto los orientales, queríamos. A cambio el toro fue al relance, sin cite, con alegría de nuevo, y aunque no apretó como en la anterior entrada, se quedó medio aquerenciado cerca de los faldones del penco hasta que se lo llevaron de allí a capotazos. Esto es lo más próximo a lo que nos gusta de todo lo que hoy se vio en la Plaza de Todos los Vientos, como la llamaban los viejos aficionados.

Para enfrentarse al regalo de los Lagunajanda -y no se quiera ver en ese sustantivo el más leve asomo de ironía- se vinieron a Madrid Iván Vicente, cinco corridas en 2015, Eduardo Gallo, una corrida en 2015, y Esaú Fernández, once corridas en 2015.

Si del primero de Iván Vicente, Oceanador, número 9, llegamos a decir que era la tonta del bote estaríamos insultando gravemente aOceanador, pues dicho personaje mitológico no pudo llegar a tener menos ideas, ni buenas ni malas, menos intención y menos capacidad de aprendizaje de las que presentó este toro, al borde de los cinco años. Oceanador era la versión robotizada del carretón, ansioso de colaborar, deseoso de ir desde donde le dijeran hasta donde le llevaran, amable y obsequioso. Lo que se dice un "mandao". No fue suficiente su innato afán de echar una mano para que Iván Vicente armase un trasteo con el que decir "¡aquí estoy yo!" y Oceanador se fue al otro mundo, lo mismo que los orientales que se salieron del coso a su muerte, sin llegar a conocer lo que es el toreo. Los amigos de Iván Vicente, que los tiene y de los buenos, le jalearon el trasteo a base de ¡bieeen!, pero aquello era por cosa del cariño más que de lo que el madrileño iba poniendo en su texto. Las trincherillas, pase estimadísimo en la actualidad, fueron jaleadas como obras de arte también a base de ¡bieeen!. Su segundo fue el Lavandero del que hablamos más arriba y, para completar lo que de él se dijo, añadiremos que en el trasteo toreó bastante más el toro al torero que viceversa y que el bicho acabó rajándose o aburriéndose y volviendo grupas de su matador. Lo mejor de Iván Vicente la manera en que se tiró a matar a este Lavandero. Tuvo la mala pata de pinchar, pero las tres veces se tiró en rectitud y haciendo bien la suerte hasta que cobró la única estocada de la tarde digna de tal nombre.

Paseo

Lo de Gallo es un sinvivir. Los viejos del lugar recordaban el sanisidro de hace diez años, en que se anunció con una corrida de lagunajanda que acabó siendo lagunarremiendo. Por entonces Gallo era un valor sobre el que algunos apostaban, basándose en su solvencia como novillero, pero su carrera no ha conseguido cobrar vuelo. En 2012 firmó una seria tarde que hizo concebir ciertas esperanzas, pero por la razón que sea él ha optado por no asumir el riesgo de ejecutar el toreo y así le va. Hoy tuvo la ocasión, pues sus dos toros -oponentes no se puede poner, en honor a la verdad- le regalaron los mimbres con los que si hubiese tenido esa decisión podría haber dejado una actuación de enjundia. En su primero tiró de oficio para traer y llevar al animal de acá para allá en una faena de tentadero, faena campera sin ambición, y en su segundo volvió a tirar de oficio para torear como un témpano de hielo, como un bloque de mármol, con la más denodada frialdad y la más exasperante falta de pasión que concebirse pueda. Toreo de todas las ventajas, hecho con oficio y verticalidad y aprovechando la estúpida condición de los toros, acaso orientado a un esteticismo ful que no va a ningún lado.


Y Esaú. Nos trajo desde Sevilla dos porta gayola, una larga de rodillas, una pedresina y un circular invertido. En la parte seria, toreo fueracacho, ventajismo, pico y codilleo con un aire más bullidor y alegre que el de sus dos compañeros de terna, sin dejar ni medio verso del que acordarse el día de mañana.

La suciedad de la Plaza hoy era extrema. Baste decir que los japoneses trajeron unos cubrealmohadillas con los que proteger sus vestimentas; en cuanto al suelo y las escaleras más parecía que estuviesen al cuidado de la anciana alcaldesa de Madrid que del Fernández, el de la Cifu. Del trapo encarnado y amarillo hecho jirones que hay sobre la Puerta Grande ya ni hablamos. Penosa incuria.

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