viernes, 30 de septiembre de 2016

En Otoño caen las hojas, y en Las Ventas, los Tajirreinas de Pepito Veragua / José Ramón Márquez


Para el finiquito de los Tajirreina contrataron a Manolo Vanegas, Pablo Aguado y Rafael Serna, que volvía a Madrid tras el cornadón que le dio en junio uno de Guadaira.


En Otoño caen las hojas, y en Las Ventas, los Tajirreinas de Pepito Veragua

Innumerables veces se ha dicho que aquél que quiera conocer España le bastaría con ir a los toros, donde encontrará una perfecta radiografía de la sociedad y de las cuitas nacionales, mucho mejor que los estudios de campo de los sociólogos, de los de las encuestas y de toda esa caterva que explora el alma nacional desde sus zahúrdas. Viene esto a cuento porque hoy, primer festejo de la Feria de Otoño, corrida número 58 de la temporada madrileña, la Plaza de Las Ventas era como el PSOE: un cisco de cosas que poco tienen que ver con la deseable normalidad del día a día, los benhures de la mula actuando de partido bisagra en la obtención de orejas a cambio de la propinilla; el que se va a brindar a Padrós y le hace salir al ruedo, como quien saca a paseo a Felipe González; el que se quita la chaquetilla y se pone a torear en mangas de camisa, para ver a quién convence con el rollo descamisado; el del penco que se pasa de la raya una, dos veces porque le sale de la Ejecutiva; el mono que se aferra al rabo del novillo como Sánchez a la poltrona; el amo del penco que se encara feamente con el tendido, como si dijéramos con la militancia, y ésta de manera harto primaria le lanza almohadillas y se lo afea al otro mono, que nada tenía que ver con el cisco; el que se tira la faena entera a chillidos con el toro, como un tertuliano carrilero, y el toro, ese animal desfallecido como un partido sometido a una sangría de votos en cada elección. Poco más o menos todas esas circunstancias se dieron hoy en la Plaza, y luego habrá quien diga que los toros son un espectáculo aburrido, que el que se aburre es porque quiere.


Para inaugurar la última Feria de Otoño de los Choperon's Father & Son no se les ocurrió mejor idea que traerse desde Talavera de la Reina una novillada de don José Miguel Arroyo Delgado, conocido cariñosamente como Pepito Veragua, que es una en dos, diríamos: la mitad de esa Ejecutiva está compuesta por El Tajo, cuyo hierro es un 8, y la otra mitad de la misma es La Reina, cuyo hierro es un 4, la cara de tu retrato. Se conoce que los empresarios se quedaron tan contentos de lo que echó el ganadero en la del 2 de mayo -la de la desencajonada aquélla que no tenía nada que ver con lo que salió por chiqueros- que pensaron en reconocerlo públicamente trayendo en otoño, en este definitivo otoño del Patriarca Choperita, seis juguetones novillos, cuatro del 8 y dos del 4, para que enseñasen a la afición madrileña las diversas maneras en que un bóvido puede demostrar su debilidad, su ausencia de fuerzas, su congénita tontería y las demás señas propias del neotoro creado para ir y venir y para no dar problemas, que bastantes sinsabores nos da la vida como para aumentarlos con los del toro. La cosa es que, lo repetiremos una vez más, desde el señor Curro Cúchares hasta aquí, no ha habido matadores de toros que hayan tenido brillo como ganaderos (aquí alguno dirá: "¡Falso! ¡Ahí tienes a Manolo González!") y no parece que Pepe Veragua vaya a romper la racha con sus Tajirreina del 8 x 4. Lo que nadie puede negarles a los novilletes era su cromatismo, que eso también es cosa digna de reseñarse, que hubo dos castaños, uno de ellos bragado meano y bocidorado, dos jaboneros, un negro listón y un colorado ojo de perdiz. El negrito se fue por donde vino tras el pañolazo verde de don Justo Polo y lo sustituyó otro negro de Ave María, que llevaba el hierro de la Mercedes, que fue propiedad del escrupuloso ganadero don Javier Molina (qDg), que a la postre fue el que más pareció un toro de lidia de todo el hatajo de semovientes que salieron por chiqueros.

Para el finiquito de los Tajirreina contrataron a Manolo Vanegas, Pablo Aguado y Rafael Serna, que volvía a Madrid tras el cornadón que le dio en junio uno de Guadaira.

Siempre andamos con la monserga de que no es lo mismo torear que dar pases y es que es verdad, es que no es lo mismo echar la muletilla -o la manta de Béjar- hacia adelante, embarcar la embestida del toro, mandar sobre él, llevarle toreado rompiendo el viaje, rematando atrás y volver a enganchar la embestida, y otra cosa es poner ahí la muleta a ver si el animal se quiere arrancar, sin mirar colocación ni terrenos, y cuando el bicho se viene porque le da la gana, ponerle el trapo delante hasta donde llegue el brazo, que el toro va y viene suelto por donde le parece y casi se va dando los pases él mismo, si es lo suficientemente bobalicón y falto de intención. 

Pues para abreviar podemos decir que ése ha sido el registro en el que se han movido los tres aspirantes a matador que hoy hicieron el paseíllo a las seis menos veintitrés minutos de la tarde. Vanegas en su primero ha puesto un saco de vulgaridad y de tedio en un trasteo largo y sin objetivos, y en su segundo, inicio rabioso de novillero, más de lo mismo. Pablo Aguado en el bobalicón segundo se ha hinchado a poner la muleta para que el toro hiciese con ella lo que quisiera, pases y más pases sin tasa y sin nada que explicar, y en su segundo, el sobrero de Ave María, que tenía que torear, ha demostrado que no está en condiciones de vérselas de manera solvente con un toro que no sea una mona. El hecho de que en sus dos faenas cada cite haya sido puntuado con un bramido ¡Eh!, ¡Oh!, ¡Tor,,,! ¡Ven! ¡Eh! incomodaba tanto a la afición como, imaginamos, a los propios novillos. Y Rafael Serna se atascó con sus dos novillos, si bien es verdad que acaso el más parado de la tarde haya sido su segundo.

Ángel Gómez puso las banderillas con guapeza y torería al segundo y José Ney Zambrano picó al cuarto con gracia de buen piquero y buen jinete.

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