jueves, 22 de septiembre de 2016

Venezuela, paraíso chavista: 204 bebés han muerto en ocho meses en el hospital de Maturín.



Los padres de niños ingresados en Neonatología denuncian la presencia de una bacteria que agrava la situación de los pacientes | Foto: Jesymar Añez


En la Unidad de Terapia Intensiva Neonatal del Hospital Manuel Núñez Tovar falta agua esterilizada, sondas para succión, inyectadoras, catéteres, intubadores y guantes, entre otros insumos fundamentales para la atención de un neonato.

  • “Aquí los niños se mueren porque adentro hay algo que los mata. De lo contrario ¿cómo explicas que fallezcan tantos niños en una semana?”, expresó la abuela de un pequeño que tiene 15 días hospitalizado en este servicio y quien prefirió no identificarse.

Jesymar Añez Nava
Maturín.- Habían pasado cinco minutos cuando regresaron llorando, ella más que él. Recostada en el hombro de su pareja, ella, de 17 años, solo repetía “por qué” y él, de 19, solo la sujetaba por la cintura para obligarla a caminar. Todo comenzó cuando una enfermera vestida de blanco y con gorro azul, de esos que se usan en los quirófanos, se asomó en el pasillo de la Unidad de Terapia Intensiva Neonatal (Utin) del hospital Manuel Núñez Tovar para decir: “Familiares del niño Vásquez”.

Bianca y Darwin (nombres protegidos por petición de la pareja), sintieron un vacío en el estómago al escuchar el tono de voz poco amable de la mujer, que los llevó hasta la entrada de servicio sin pronunciar una sola palabra. Allí, una doctora los esperaba para anunciarles, sin anestesia, que su primogénito murió luego de una complicación surgida cuando era atendido en la Utin, donde 204 niños han muerto entre enero y septiembre de 2016.

La doctora les explicó que el pequeño tuvo una infección generalizada, una enfermedad que no soportó porque era prematuro, tenía bajo peso y no respiraba por sí solo, lo que lo hizo más vulnerable al medio ambiente.

Cada vez que ocurre el deceso de un bebé, entre los familiares solo se escucha hablar sobre la presencia de una bacteria en la Utin que agrava la condición de los recién nacidos allí recluidos. De la bacteria nadie sabe el nombre, excepto los médicos, pero ellos no hablan al respecto.

“Aquí los niños se mueren porque adentro hay algo que los mata. De lo contrario ¿cómo explicas que fallezcan tantos niños en una semana?”, expresó la abuela de un pequeño que tiene 15 días hospitalizado en este servicio y quien prefirió no identificarse.

Su nieto nació de ocho meses y como sus pulmones no estaban listos para respirar por sí solos, debieron ingresarlo a la Unidad de Neonatología. Además del déficit de insumos, han tenido que lidiar con la angustia que les genera el silencio de los médicos y las enfermeras. “Da terror ver que las enfermeras se asomen por esa puerta, porque ellas solo salen para llamar a los papás cuando un bebé necesita una medicina o que se le haga un examen. A los doctores solo se les ve cuando un niño se complica o muere”, continuó, mientras esperaba sentada en un banco gris de concreto en el que caben 15 personas apretujadas.

Como el sangrado que presenta el pequeño se agudizó, los doctores les informaron que debían hacerle un hemocultivo, un examen en la sangre que detecta infecciones por bacterias, cuyo resultado se entrega en siete días y que tiene un costo de entre 7.000 y 10.000 bolívares en los laboratorios. El estudio no se hace en el hospital de Maturín porque no hay reactivos; es necesario para determinar qué tipo de antibiótico se le suministrará al paciente.


Un trabajador del servicio de Neonatología denunció que falta el agua estéril | Foto: Archivo Jesymar Añez

Mientras los padres esperaban los resultados, el niño fue intubado. “Mi hijo está buscando trasladarlo a una clínica, pero los médicos le dijeron que así no lo aceptarían en ninguna parte, porque está muy contaminado y que lo mejor era que lo dejaran aquí”, agregó con una voz entrecortada por el llanto. La familia es de escasos recursos económicos y no puede pagar los 50.000 mil bolívares diarios que llega a costar un día de terapia intensiva en una clínica de Maturín.

La mujer no considera ético que los médicos de este servicio, ubicado en el segundo piso del Hospital Universitario Dr. Manuel Núñez Tovar, sigan ingresando pacientes sin advertir sobre las condiciones en las cuales se encuentra el sitio, donde ni siquiera hay agua estéril. En todo el tiempo que han permanecido a las puertas de Neonatología no han escuchado sobre la mejoría de algún paciente.

Una familia que reside en la parroquia Jusepín de Maturín también narra la pesadilla que se vive en la Unidad de Terapia Intensiva Neonatal.

El bebé Guerra ingresó la tarde del miércoles 24 de agosto, remitido con una afección respiratoria cuando nació en el hospital de Caicara, donde su madre se controló el embarazo y le practicaron la cesárea. Su traslado se ordenó porque en ese centro asistencial no había una sonda para conectarlo al respirador.

“Mi mamá se vino con el niño en una ambulancia, porque mi hermana no podía moverse. Allí nos garantizaron que el bebé recibiría todas las atenciones y nosotros nos confiamos de eso. Cuando nos dimos cuenta de que muchos niños estaban muriendo por culpa de una bacteria, decidimos trasladarlo a Caracas, pero los médicos nos dijeron que no creyéramos en cuentos de pasillos”, narró la tía del fallecido, quien prefirió que los identificáramos solo como familia Guerra, su apellido real.

Con los ojos hinchados de tanto llorar, la joven afirmó que, aunque sabían sobre la situación en la Utin, todos los días regresaban tranquilas a su casa porque los doctores les daban fe de la evolución del pequeño. De hecho, el domingo 28 de agosto la médico que tenía el caso les dijo que del 100%, el bebé respiraba 70% por sí solo.

“Ella nos explicó que para el martes 30 de agosto ya podían quitarle el oxigeno y así mi hermana lo amamantaría. Ese día nos fuimos muy contentas porque el niño estaba mejor. ¿Usted cree que si nosotros hubiésemos estado conscientes de su gravedad, lo íbamos a dejar aquí? Hasta sabríamos que podía morir en cualquier momento”, enfatiza.

La familia Guerra está convencida de que la muerte del pequeño está asociada con el contagio de una bacteria de la que esperan saber el nombre cuando les entreguen los resultados del hemocultivo que también les solicitaron. Durante la visita del lunes 29, le informaron que el pequeño se había complicado y que por ello lo habían intubado. Ese mismo día también le ordenaron un urocultivo (examen para detectar infección en la orina) y otro llamado proteína C reactiva (pcr), para conocer si hay alguna inflamación en el cuerpo.

“Cuando llegamos ya nos habían llamado y nos asustamos, porque nosotras sabíamos que solo hacen eso cuando un niñito se pone mal o se muere”, recordó estrujándose los ojos. El bebé vendría a hacerle compañía a una hermanita de siete años y, paradójicamente, sería el último hijo que tendría la madre, pues había accedido a ligarse las trompas de Falopio por petición de su mamá.

“Mi hermana está desconsolada. Imagínate cómo está mi mamá que fue quien le insistió en ligarse, incluso antes de la cesárea. No tenemos consuelo”, recordó.

La familia Guerra ahora se pregunta por qué, si los especialistas saben sobre las condiciones del servicio, donde fallan los artículos de limpieza e insumos básicos, les impidieron trasladarlo a Caracas. “Pareciera que no les importara que se estén muriendo tantos niños”, afirmó la tía.

Mortalidad en aumento

Los casos de muertes neonatales han ido en aumento en el Hospital de Maturín en los últimos tres años, y los padres de niños recluidos los vinculan con la presencia de una bacteria, de la que el jefe del servicio de pediatría, Abel Flores, afirma que se trata de aquellas que son intrahospitalarias, que se encuentran en el medio ambiente, y que, de acuerdo al estado del paciente, pueden agravarlo.

Según cifras obtenidas en la morgue del centro asistencial, en el año 2014 murieron 153 recién nacidos, un promedio de 12 por mes; mientras que en 2015 la cifra de fallecidos en la Unidad de Terapia Intensiva Neonatal fue de 160, siete más en comparación con el año anterior, con un promedio mensual de 13 fallecidos.

El panorama actual es alarmante, pues solo en el mes de enero murieron 34 recién nacidos de los 48 que estaban recluidos en este servicio. La cifra equivale a 70,83% de los ingresos. Otro caso puntual fue el ocurrido en marzo, cuando de 52 pequeños fallecieron 31; es decir, 59,6% de los casos que eran atendidos en ese entonces, mientras que en junio, de 44 niños fallecieron 33, equivalentes a 75% de los ingresos.

En este centro asistencial todos los días asisten entre 60 y 70 partos y practican 20 cesáreas, lo que da un promedio de 90 nacimientos diarios. Al mes, 60 pacientes ingresan a la Utin, un promedio de 15 semanales y dos por día.

Flores sostiene que, de esos 60 pacientes que ingresan al mes, 22 mueren. Una cifra que considera por debajo de la estadística nacional, que estimó en 32 por cada 100 partos, y que contrasta con las obtenidas en la morgue.

El especialista argumenta que los problemas respiratorios y las infecciones en los bebés son las principales causas de los fallecimientos. Cuando es por infección, por lo general esta es adquirida luego que la mamá rompe fuente y el niño no es sacado del útero antes de las 12 horas, señala.

Las bacterias andan de su cuenta 

Para conocer cuáles son las condiciones dentro de la Unidad de Terapia Intensiva Neonatal, El Pitazoconversó con una empleada que prefirió no identificarse para evitar que tomen represalias laborales en su contra.

Narró que aunque todo se ve limpio, el mal olor que se percibe al entrar dice lo contrario, pues el saneamiento no se efectúa con frecuencia debido a la escasez de artículos para la limpieza. “Se supone que en esta área debe oler a limpio y no es así. Aquí huele como a sangre ligada a agua oxigenada, algo a lo que ya estamos acostumbrados”, confesó.

En el sitio, los médicos y las enfermeras carecen de jabón para limpiarse las manos cada vez que deben examinar o atender a un paciente. También falla el suministro de batas y gorros quirúrgicos, así como los guantes que deben usar cada vez que tocan a un bebé.

No hay agua estéril, porque el equipo se dañó y las enfermeras usan el agua potable, que viene en envases de 18 litros, para asear a los pequeños. Como el hospital no la suministra, tiene que ser comprada por los familiares de los niños. Cada dos días, una trabajadora de la Fundación Juana Ramírez saca los botellones vacíos y va diciéndole a cada representante que debe colaborar para comprar el agua.

“Con esa agua es que los limpian y luego les ponen la cremita y los pañales que llevan los papás”, mencionó. Los padres también tienen que encargarse de la alimentación de los bebés y por ello compran Nutrimilk, un producto especial que tiene un precio de entre 7.000 y 10.000 bolívares en las farmacias.
En el hospital la esterilización del instrumental se hace de forma manual, porque el único esterilizador que hay tiene una pieza dañada que impide el trabajo de forma digital.

Los equipos de ventilación, afirmó la empleada, no reciben mantenimiento desde hace dos meses. El equipo de Rayos X portátil tiene cinco meses dañado, por lo que usan uno grande, parecido a una pantalla de televisor de 24 pulgadas. Este aparato es fundamental para los doctores porque les permite ver, por ejemplo, si es correcta la ubicación de un catéter o sonda en el niño. Tampoco hay gases para oxigenar los tejidos de los pequeños.

Agregó que el déficit de insumos incluye las inyectadoras y, por ello, las enfermeras reutilizan las que pueden. Faltan sondas de succión y por eso trabajan con las de alimentación para aspirar a los bebés.

La ausencia de personal también afecta el servicio, pues solo hay 12 enfermeras, de las cuales ocho están en el turno de la mañana. “Lo ideal es que haya dos enfermeras por cada bebé, pero eso no se está cumpliendo”, denunció. Los médicos que están haciendo el postgrado de neonatología son los integrales comunitarios, provenientes de la Universidad Bolivariana de Venezuela. La trabajadora considera que no tienen suficiente preparación para los retos que les toca encarar, en comparación con galenos de otras casas de estudios superiores.

Mencionó que el miércoles 31 de agosto había cinco incubadoras arrumadas en el pasillo, pero desconoce cuál sería su paradero. Agregó que dos de esas están dañadas.

El jefe del servicio de pediatría, Abel Flores, no pudo esconder la dura realidad del servicio. “La misma situación que ocurre aquí, pasa en otras partes. Sin embargo, tenemos casi lista la nueva área en donde estará ubicada la Unidad de Terapia Intensiva Neonatal; solo nos faltan algunas cosas para que esté operativa, entre ellas 24 enfermeras”, precisó.

Aseguró que el Ministerio de Salud ya les ha enviado 12 monitores, 10 oxímetros de pulso y un aspirador, que serán de uso exclusivo para este servicio.

Para conocer cómo debe funcionar una terapia intensiva neonatal, El Pitazo ingresó a la de una clínicay la realidad es completamente distinta a la narrada por las tres familias y la empleada del hospital de Maturín. En la Utin privada no hay ningún tipo de olor, hay dos enfermeras por bebé, cada incubadora es esterilizada cuando un niño deja de usarla, cada 24 horas se repiten los exámenes sanguíneos del paciente y los Rayos X se toman las veces que sea necesario, pues es la única forma de saber si el catéter o la sonda están bien ubicados. La vestimenta quirúrgica se cambia con frecuencia y se desecha un par de guantes cada vez que se va a tocar a un recién nacido.

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