martes, 28 de marzo de 2017

Pasó el domingo / Por Jorge Arturo Díaz Reyes


LA COGIDA DE PABLO AGUADO
Fotografía de Andrew Moore



El riesgo real es la razón y la esencia del rito. Es el que avala esta ceremonia de conciliación con la naturaleza. Es el aquí estamos ¡Oh toro! Inermes frente a ti, ofreciéndonos a tu mayor poder, de igual a igual, sin la ventaja de nuestra tecnología destructiva. Aquí, apostando la vida para redimir la vergüenza de nuestra mancilladora especie. Aquí, expiando en sincero mea culpa, nuestros progresistas abusos.



Pasó el domingo

Cali, 28 de marzo 2017
Casi al tiempo, de no ser por la relatividad horaria, en las dos plazas pontificias de América y Europa los toros cobraron sangre.

Tanto en Las Ventas, que con mucha expectación y poca feligresía inauguraba empresa y temporada, como en la inmensa México, que casi sola, daba un paso más hacia el final de la suya. Duras cogidas, cornadas de diversa ubicación y escalofriante profundidad, palizas politraumáticas, desmayo, susto e incertidumbre por la vida de los jóvenes hierofantes Pablo Aguado y Gerardo Adame.

No es la primera ni será la última vez. Esto es así, esto ha sido así, y así será mientras exista. Es de lamentar claro, pero también de celebrar, y no solo porque se salvaron sino porque sucedió. Sí, porque sucedió, no callo mi opinión. Quizá debiera, más porque soy cirujano, pero no porque también soy creyente de un culto que si no es veraz no es.

El riesgo real es la razón y la esencia del rito. Es el que avala esta ceremonia de conciliación con la naturaleza. Es el aquí estamos ¡Oh toro! Inermes frente a ti, ofreciéndonos a tu mayor poder, de igual a igual, sin la ventaja de nuestra tecnología destructiva. Aquí, apostando la vida para redimir la vergüenza de nuestra mancilladora especie. Aquí, expiando en sincero mea culpa, nuestros progresistas abusos.

Las heridas, las lesiones permanentes y las muertes en el ruedo nos duelen. Penamos con ellas y así purgamos las culpas de todos. Incluso las más de quienes abominando el sacrificio, claman por su abolición y la del toro para seguir orondos hacia el aniquilamiento de las otras especies.

El fuenteymbro de Madrid y el garfias de México lucharon a muerte, como les mandaba su instinto, con dos valientes que oficiaban la comunión ancestral. Dos murieron con honor y dos sobrevivieron maltrechos. La corrida sigue siendo en verdad acto de suprema contrición. Este cruento domingo lo refrendó una vez más. Me alegro.

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