miércoles, 29 de noviembre de 2017

¿Sopa de ganso? / Por Jorge Arturo Díaz Reyes



¿Qué vamos a cambiar, el show business o el credo? ¿Son lo mismo acaso? Qué ofreceremos a los torquemadas del antitaurinismo, que sí son el problema (pregunten en Barcelona, Bogotá o el Congreso de Colombia) ¿Les diremos como Groucho --aquí están nuestros principios, si no les gustan tenemos otros?

Pasó en Quito. Ni negocio ni culto. Sopa de ganso.


Cali, 28 de noviembre 2017
“Estos son mis principios... Si no le gustan tengo otros”. Sigue ironizando Groucho Marx, desde 1933, en su clásica película “Sopa de ganso”. Gloriosa época hollywoodense aquella, cuando el recién parlante cine hacía reír pensando y la “violación consentida” no era requisito del estrellato.

Tiempos de teatros con molduras, escenarios y telones de terciopelo rojo, que se abrían a proyecciones cuadradas, blanquinegras, en oscuridades cómplices de besuqueos furtivos. Patrulladas por vendedores de dulces con linterna y cajón colgado. Matiné, vespertina y noche precedidos de parpadeantes noticieros que revivían sucedidos meses o años atrás. Duraron como hasta los sesenta, recuerdo.

Tiempos de guerras, entreguerras y más guerras. Tiempos de morir por la causa, la patria, el pretexto… Tiempos de fascinación por los toros; de Lorca, Picasso, Hemingway, Cossío… de Sánchez Mejías, Carmelo Pérez, “Curro Puya” (que paraba los relojes). Se vivía, se toreaba y se moría a otro ritmo.

Y avanzó el progreso; cinema, televisión, “Cordobés”, rock, mega urbes, polución, Vietnam, 68, muro abajo, muro arriba, informática, globalización… Mucho cambió; consumo, gustos, moral …, amor y mercado libres. Hasta el terrorismo y la masacre soltaron amarras, mientras el toreo se prohibía.

Esta nueva sociedad, inmersa en sus hecatombes de animales indefensos, victimización de niños, mujeres, ancianos y encochinamiento del hábitat no lo puede comprender ni tolerar. Su ética la cuestiona, su estética le irrita, su realismo la escandaliza.

Entonces, alarmados algunos estrategas del mercadeo taurino, urgen “adaptarse” a ella. Cambiar el producto para recuperar ventas. Pero el toreo, instinto más viejo que el hombre y el toro, no solo es espectáculo comercial (forma moderna). Desde siempre ha sido naturaleza, juego, ecología, combate, libertad, arte, rito, sacrificio, esencia, culto. Está en sus códigos biológicos y litúrgicos.

¿Qué vamos a cambiar, el show business o el credo? ¿Son lo mismo acaso? Qué ofreceremos a los torquemadas del antitaurinismo, que sí son el problema (pregunten en Barcelona, Bogotá o el Congreso de Colombia) ¿Les diremos como Groucho --aquí están nuestros principios, si no les gustan tenemos otros?

Pasó en Quito. Ni negocio ni culto. Sopa de ganso.

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