domingo, 31 de diciembre de 2017

Lo que quiere tapar Ferdinando / por Javier Fernández-Caballero


No quiere tapar sólo el toreo, no nos engañemos, sino la muerte del día a día de unos niños que van al supermercado y creen que la chuleta nace en la huerta a la par que la lechuga.

Lo que quiere tapar Ferdinando


Lo que quiere tapar Ferdinando es una auténtica fiesta con sangre a borbotones, con un cuchillo en la yugular –que es la mejor forma de matar a un cerdo- y con todo un pueblo volcado en el gran día del invierno: el de San Martín. No quiere tapar el toreo, no nos engañemos, sino que quiere tapar la muerte de la sociedad, la muerte del día a día de unos niños que van al supermercado y creen que la chuleta nace en la huerta a la par que la lechuga y que un pincho moruno es un trozo vegetal que no sufre y cuyo palo de madera ya lo lleva incrustado al nacer.

El daño que Mickey Mouse ha hecho a la sociedad humanizando a los animales todos sabemos que ya es irreparable y así lo muestra de nuevo Ferdinando. Su vida es plácida hasta que unos ganaderos lo seleccionan para ser toreado en Madrid por la estrella del toreo, “El Primero”. La sinopsis reza que se lo llevan “después de que le confundan con una peligrosa bestia”, como si la bonhomía que demuestra en la finca le eliminara su bravura natural. Pamplinas.

El hombre, que es sapiens y considerado racional desde que tiene conciencia para enterrar a sus muertos y buscar la espiritualidad, erra contra su propio destino igualando a su status dominador el de un animal al que, de momento, necesita muerto para su supervivencia. Y los niños que saldrán de las salas de cine estos días de Navidad se toparán de bruces contra la realidad que conocerán dentro de unos años mientras sigamos tapándoles de qué va la vida real. Una vida en la que la muerte no tiene cabida, en la que sólo hay vida alegre y feliz que no tiene un final porque se intenta ocultar la muerte de la rutina normal.

Y no olvidemos que se trata de una sociedad que mira hacia otro lado cuando ve un niño pidiendo para comer. Esos son los valores que propugna el animalismo de asfalto y hormigón que tiende a fijar la atención de las masas en aquello que no le produzca dolor, incomodidad o cargos de conciencia. Y humaniza al animal porque, en el fondo, sabe que limita su responsabilidad y, por ende, su culpa.

Y, para más inri, va el PP y le da bolo a la lacra animalista impulsando en el Congreso una ley para acercar a los animales al nivel de las personas. Sin duda, un paso más en favor del animalismo creciente que deja a un lado el humanismo que de verdad debería imperar en la sociedad. Con ello, las mascotas dejarán de ser “cosas”, lo que significa un cambio en su régimen jurídico que permitirá que no puedan ser embargadas, o que en casos de separación o divorcio, la custodia del animal pueda ser repartida en base a su bienestar.

¿Acaso un cerdo de cuatro meses camino del matadero, un cordero de veinte amaneceres con un cuchillo en su cuello, un pollo de cuarenta días camino de la descarga eléctrica no merecen esta consideración? El mal de Ferdinando y lo que esta película pretender tapar puede ser irreparable de aquí a unos años.

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