lunes, 26 de marzo de 2018

LOS FALLOS DE LAS FALLAS / por Antolín Castro

Desde ese palco es desde donde más fallos se han dado en las Fallas


Los toros y las presidencias son básicos para el desarrollo de los festejos taurinos y si unos y otros están de fiesta o recreo, de eso se aprovechan los triunfalistas, ya sean toreros, públicos o periodistas afines. Lo deseable son unas Fallas sin tantos fallos.

LOS FALLOS DE LAS FALLAS

Han pasado pocos días desde que acabó la Feria de Fallas 2018 y todavía permanecen asuntos en nuestra memoria. No todos buenos precisamente.

Para muchos será recordado, básicamente, como el año en el que Enrique Ponce toreó a placer a toros de Garcigrande y Juan Pedro Domecq. Es cierto que así fue. El maestro de Chiva alcanzó a torear como quiso y como le dio la gana, a placer, dando la sensación de que miembros de su cuadrilla le estaban haciendo de toro para un entrenamiento; de salón se le llama a eso.

Faltaba mucha emoción, esa que da el toro encastado, y él la suplió con elegancia y estética, mucha estética. No puede haber quien diga que no era bonito, pero sí que allí faltaba algo más de toro para que diera la sensación de que se estaba esforzando, que superaba la prueba que siempre supone un toro con algo de peligro, sin necesidad de ser un ‘barrabás’. Para mí, un fallo muy importante.

Fallo también, y grande, el que cada día, casi todos los días, surgió en los corrales para aprobar toros aptos para esa plaza de primera. Para los que sostienen y se sostienen del sistema, exagerada exigencia de los veterinarios; para los aficionados un intento de colar animales impresentables. Tan es así, ahí están las crónicas, que los aprobados merecieron, en muchos casos, el suspenso. Cómo serían los que desecharon.

Fallo más gordo aún, de bulto, el espectáculo que han dado desde el palco de la presidencia. Los distintos presidentes que se han sentado en él han dado señales de una total incompetencia. Como muestra, entre otras, la concesión de trofeos. Un desastre, una verbena. Donde había que dar una oreja, esa que se dice que es a solicitud mayoritaria del público, no la daban y cuando con una era más que suficiente para premiar algunas faenas, daban las dos. Casualmente cuando se compensaba la negada anteriormente. De igual modo ocurrió con el premio de vuelta al ruedo a un toro, quizá el que menos se pidió, o mereció, de entre los destacados. Un espectáculo de autoridad lamentable.

Pueden que muchos estén contentos con esas salidas en hombros fruto de esa pérdida de criterio del presidente de turno, pero en la práctica flaco favor le hacen al prestigio de la plaza. Se puede decir que lograron sorprendernos siempre. Y con esa desorientación lograron enfadar incluso a los que beneficiaron. Es curiosa esa situación, pasaban de malos a buenos en un instante y viceversa.

Los toros y las presidencias son básicos para el desarrollo de los festejos taurinos y si unos y otros están de fiesta o recreo, de eso se aprovechan los triunfalistas, ya sean toreros, públicos o periodistas afines. Lo deseable son unas Fallas sin tantos fallos.

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