domingo, 8 de abril de 2018

Una vara en lo alto / por Paco Delgado



Una vara que ha servido, y también eso es de agradecer, para reavivar  el cotarro y mover un poco el ambiente taurino en las tan de moda  redes sociales, desde las que se ha comentado con división de  opiniones ese lance y se reivindica como primordial el primer tercio  de la lidia, fundamental en la corrida y que de un tiempo a esta  parte se ha visto bastante devaluado en perjuicio de la integridad  del toro, al que la pelea en el peto puede consumir su entereza y  energía en detrimento de la faena de muleta, actual base del  espectáculo 

Una vara en lo alto

La corrida del pasado día 1 de abril en Sevilla, el tradicional  festejo del Domingo de Resurrección que tanta expectación había  levantado (y que logró que se acabase el papel con alguna antelación), no defraudó. Y no sólo por la triunfal actuación de Roca  Rey o por la meritoria faena de Antonio Ferrera a su segundo,  premiada con una vuelta al ruedo. También hubo una fuerte ovación  para uno de los picadores de José María Manzanares, Paco María, que  agarró un buen puyazo, a decir de los expertos presentes, al picar al  segundo de la tarde.

Una vara que ha servido, y también eso es de agradecer, para reavivar  el cotarro y mover un poco el ambiente taurino en las tan de moda  redes sociales, desde las que se ha comentado con división de  opiniones ese lance y se reivindica como primordial el primer tercio  de la lidia, fundamental en la corrida y que de un tiempo a esta  parte se ha visto bastante devaluado en perjuicio de la integridad  del toro, al que la pelea en el peto puede consumir su entereza y  energía en detrimento de la faena de muleta, actual base del  espectáculo (no en vano muchos son los ganaderos que no tienen como  principal requisito en sus labores de selección esta prueba, buscando  una mayor duración del animal en el último tercio). Algo que tampoco  parece preocupar en exceso al común de los espectadores, que ni  siquiera repararon en su día en la rebaja reglamentaria de tres a dos  puyazos como mínimo en plazas de primera. No así a los aficionados,  sobre todo, los más exigentes, que siguen pidiendo un toro que no se  limite sólo a cumplir en la muleta.

Siempre se ha dicho y tenido como cierto que es en el caballo donde  se aprecia y valora y la bravura, algo que ahora apenas puede  comprobarse merced a los muchos cuidados que se prodigan para no  menguar en exceso al toro de cara al resto de su lidia.

Pero también hay que tener en cuenta en este aspecto la labor de los  picadores, cuya destreza y eficacia deben ser clave para el posterior  desarrollo de la faena. No son pocos los que castigan en exceso en un  solo puyazo, sin mirar donde cae la puya y haciendo sólo carne en no  pocas ocasiones, ocasionando en el toro lesiones que son  determinantes para su comportamiento. Y es en este punto donde los  aficionados más han incidido en sus comentarios, no siendo pocos los  que han opinado de manera desfavorable al profesional que picó al  segundo toro de aquella función, dejando ver su malestar porque se  admitan puyazos traseros o choques violentos contra el peto, lo que  disminuye sensiblemente las capacidades físicas (y psíquicas, puesto  que el animal se desmoraliza, si así se puede decir, al comprobar que  no puede con su adversario) del toro.

Desde uno de los chats más activos (e informado, y preparado, y muy  estimable), el del Club Cocherito de Bilbao, recomendaban la lectura  del libro que sobre el particular escribió José María Moreno Bermejo La verdad sobre la suerte de varas, y en el que se puede leer que “La  suerte de varas es tan necesaria en la lidia como precisa el pintor  combinar los colores para obtener el efecto plástico; así como éste  tiene que rebajar ciertos colores,al toro hay que quitarle brío, a  fin de que aminore la gallardía que muestra al salir del chiquero”.  En el mismo se describe cómo debe ejecutarse la suerte para cumplir  su objetivo y no lastimar ni dañar al toro, evitando puyazos  traseros, caídos etcétera.

No conviene olvidar que la la misión del picador es descubrir las  condiciones de bravura, temperamento y comportamiento del toro así  como ahormarle para su lidia, mediante puyazos breves, bien colocados  y dosificados, restándole poder y corrigiendo defectos de su  embestida. 
Sólo, como bien explica Fernando Marcet, cuando las  condiciones son las propicias, “se crea belleza con el espectáculo  incomparable del toro bravo en acción: cuando se arranca con alegría  al caballo y recarga, retorciendo la cola -indicador inconfundible de  genio y bravura- y puesto nuevamente en suerte, repita una, dos, tres  y más veces, sin acobardarse”.

Si se acaba con él en ese primer tercio, se acaba ahí la función.

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