miércoles, 30 de mayo de 2018

San Isidro'18. XVII de Feria. Un toro fantasma y tres toreros arrastrando las muletas como si fueran cadenas / por José Ramón Márquez


Ná menos


Lo menos previsible de la tarde ocurrió en el sexto. Salió un jabonero sucio que lo que llevaba encima era un perfecto traje de camuflaje, porque se mimetizaba con los colores del arenal venteño, y algunas veces sólo veías en el ruedo los ojos negros y los pitones del animal como una especie de fantasmagoría o ectoplasma que se movía de acá para allá y, súbitamente, cuando se encontraba el toro con el fondo del rojo inglés de la barrera se materializaba en toro. Era realmente entretenido seguir las evoluciones de Novelista, número 54, en sus correteos, pero éste no era un novelista de primera fila, de esos que se les forma una fila en la Feria del Libro como la de la devolución de las entradas de ayer, sino más bien un novelista de poco fuelle, o acaso un novelista del romanticismo aquejado de tisis, porque el pobre se pegaba unos planchazos contra el suelo que movían más a la compasión que a la protesta. 
Lo cierto es que en las caídas del animal, a causa del camuflaje que portaba, quedaba el bicho totalmente desaparecido y aquello era un Guadiana de apariciones y desapariciones, casi una corrida organizada por un Houdini o un Dynamo. Las buenas gentes se exasperaban porque entre las desapariciones y los trompazos allí no había toro, ni cabra, ni mona, y don Jesús María Gómez Martín, que vio tan claramente el otro día que había que echar de la Plaza a un toro manso que no había acometido ni una sola vez a los capotes, estuvo dudando hoy lo suyo si le sacaba el mocador del color de la esperanza, hasta que una vez picado el Novelista (qué buena idea darle un par de puyazos traseros a los que perpetran esas novelas tan malas) y portando dos banderillas clavadas en su pellejo, que menuda dificultad para El Puchi poner dos banderillas a una entidad que no ves, accedió a las demandas de las bases y puso a trabajar a la piara de Florito con el fin de sacar de la Plaza a la Entidad. Entonces anunciaron que iba a salir Forajido, número 23, que ya estuvo de sobrero el día de Julián, de infausto recuerdo para él. Forajido era de la ganadería de Virgen María, que no debe ser confundida con los murubes portugueses de Santa María, y en ella todo llama la atención: el nombre del propietario, la empresa Bravo y Noble S.L.U; que su representante sea don Jean Marie Raimond Raimond, afincado en Rosas (Gerona) y en Le Rove (Departamento de Bocas del Ródano); que esta ganadería, formada en Francia, ahora se halle en una finca de Constantina de tan sonoro nombre como “Pedrechada y Garlochí” y, sobre todo, que mientras los franceses se dedican a adquirir y a llevar a su tierra las vacadas de Concha y Sierra o del Cura de Valverde, a nosotros nos mandan los Jandillas de las Galias, si serán listos los tíos.

Bueno, pues ahí tenemos a Forajido en el ruedo, cuya presencia despertó las infantiles iras de un joven aficionado de unos doce o trece años que se sentaba tras de mí y comenzó a dar palmas de tango y a decir del toro que “era una vaca”, que “no tenía pitones para Madrid” y otras lindezas de sabio de la cosa taurómaca por las que no cabe menos que felicitar a su padre o abuelo o quien le haya instruido con tanto provecho, aunque nuestro jovencísimo compañero de andanada se fijó en lo aparente, en la presencia de Forajido, que no era en absoluto apabullante, pero algo tenía en su manera de embestir, en la viveza de su tranco, que no hacía estar tranquilos a los de abajo y, para que quede demostrado simplemente diremos que entró cuatro veces a la jurisdicción de Francisco Javier Sánchez, quien desde el confort de su posición elevada le picó de manera inmisericorde, recargando y buscando atemperar aquello que el animal portaba dentro y que tan poco gustaba. Eso no fue suficiente, al parecer, ya que en el primer par de banderillas que recibió, persiguió y sacó de la Plaza a El Puchi por la expeditiva vía de hacerle tomar el olivo como resultado de la tenaz persecución a la que le sometió. Luego se fue apagando en la tediosa y previsible muleta de Álvaro Lorenzo, que no se dio cuenta de sacarle rápidamente al toro los doce o catorce muletazos que tenía, máxime a la vista de la sangría que se le había practicado, y se puso el hombre a dar su mitin, que es como si uno te pretende colocar así a las bravas y porque sí, una conferencia sobre la despoblación rural.

Se nos olvidaba decir, aunque esto no creo que sea algo que quede para los anales, que hoy volvían a Madrid, desde 2009, cómo pasa el tiempo, las ganaderías hermanas de Torrehandilla y Torrehebreros, que se distinguen porque la divisa de una es colorada y la de la otra es verde, y que son propiedad de “Cuadra Torrehebreros, S.L.” y es menester subrayar aquí de manera especial lo de “cuadra”. El hecho de que hayan pasado once años desde que vinieron la vez anterior puede servir para hacerse perfectamente la idea de lo que van los de la Cuadra Torrehebreros. La presentación de la corrida fue buena, con algún gordito como el quinto, Pantalán, número 27, del que se hablará más adelante. En general la corrida no adoleció de manera espectacular de falta de fuerzas, salvo el jabonero del camuflaje, si bien el cuarto se pegó un planchazo descomunal en un pase por alto, que se quedó el bicho tumbado a la larga sobre la húmeda arena y parecía que le había dado el cólico miserere.

Para la cosa del matarile de los Handilla y Hebreros, de los HH, el equipo administrativo de Domb formalizó la contratación de Daniel Luque, cuyo padre me invitó a un exquisito café expreso en cierta ocasión, David Galván y Álvaro Lorenzo. Como es natural y evidente la propuesta empresarial trajo a la Plaza la entrada más pobre de cuantas llevamos vistas en lo que va de Feria.

De Daniel Luque yo creo que ya se ha dicho mucho sobre lo que hace y, especialmente, sobre lo que no hace. De entre lo que hace, lo mejor es que va donde le llaman, que lo mismo se va a Osuna a matar unos Miura que se viene a Las Ventas, y aquí siempre debemos recordar aquella temporada en que le llevaba José Luis Marca en la que despachó en Madrid, si la memoria no me falla, catorce toros: 6 en una de él solo, 6 en tres de San Isidro y 2 en una de Otoño, sin llegar saludar una triste ovación desde el tercio. La otra cosa que se debe decir es que ha reducido algo el tamaño de su capote, pero ha aumentado los metros cuadrados de su muleta y se presenta con un muletón descomunal, como el telón del teatro de la Zarzuela, ahora que Gregorio Marañón lo va a desguazar. El resultado de su muletón es que los pases le salen enganchados uno tras otro, que mover toda esa tela no debe ser nada fácil, por lo que la faena le queda deslucida y poco estética. Y luego alguien le debería decir que eso de tirar lejos de sí el estoque, aunque sea el de mentira, no está nada de bien, que el estoque es lo que le hace vestir de oros y lo que le separa de los que se llaman subalternos, y que el estoque, que muchos toreros metidos a ganaderos han puesto en sus hierros (Pedro Romero, sin ir más lejos), debe ser venerado y respetado pues es el signo de su posición. De sus trasteos apenas hay mucho que decir, si acaso en su primero, que es el que se movió, le enjaretó unas despegadas tandas, o tandillas, que obtuvieron cierto reconocimiento popular mientras el toro se movió, pues lo del movimiento es algo que extasía. Luego, como la tarde iba de tirar cosas, al entrar a matar al primero tiró la muleta; en el cuarto, no.

David Galván no tuvo su tarde. Diremos lo bueno, que se dice en seguida y que es el inicio de faena a su segundo compuesto por tres ayudados por alto de telón, un pase del desprecio barbillero, un pase por alto y el remate de un ayudado por bajo. Remarcamos lo de barbillero porque es algo que el torero hizo con afectación, lo de clavar la barbilla al esternón, como para dar más solemnidad al asunto. El toro era Pantalán, colorado, que ahí estaba con sus embestidas y su falta de malas ideas y que se fue a estrellar con la incomprensión de David Galván. La faena la inicia haciendo galopar al toro en los medios a la media altura, rematando por alto, sin bajar la mano. El toro se le entrega en dos series y de pronto el torero, nadie sabe por qué, tras un paseo de introspección, le cambia los terrenos donde le había ido perfectamente y se lo trae hacia el tercio frente al 9. A partir de esa extraña decisión el toro cambia y es ya más remiso a embestir, parándose y dejando al aire las ventajas y las carencias del gaditano. Quiere arreglar el final de lo suyo a base de embarullamiento, cercanías, arrimón y susto, cosa que no consigue. En mi opinión se le fue el toro.

Y Álvaro Lorenzo, que le sacaron al tercio a saludar y yo ni me acordaba de que le dieron tres orejas -y la vuelta al ruedo a uno de sus toros- el Domingo de Resurrección. ¿Cómo sería la huella que dejó en el día de su triunfo grande, que estuve en la Plaza y no recordaba nada? Hoy, que ni mucho menos era el día de su triunfo, tampoco deja nada para el recuerdo, porque sus modos de toreo amodernado son exactamente iguales que los de casi todos y porque detesto las ventajas que se toman con toros que embisten. Lo mismo podía irse a Mora, que le pilla cerca, a preguntar allí qué es lo que hay que hacer para triunfar de verdad y abrirse un hueco en la afición de Madrid, que la ecuación es harto fácil de aprender, por más que en ella siempre esté la promesa de la sangre.

A la salida fueron consultadas las bases y se dictaminó por mayoría suficiente que de los tres el que peor había estado fue Luque.

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