viernes, 13 de julio de 2018

Y Pepín venció al dragón / Por Paco Mora



 El torero es en las ocasiones en que traspasa las barreras de la lógica y olvida el instinto de conservación, quien sustituye a los héroes mitológicos capaces de luchar con el dragón y vencerlo. 

Y Pepín venció al dragón

Paco Mora
Los Toreros, así con mayúscula; esos locos maravillosos capaces de hacer rugir en un grito único a quince o veinte mil gargantas a la vez en una plaza de toros, son los héroes modernos. Alguien me dirá que eso ocurre también en el fútbol, pero es otra cosa ya que, aparte de la diferencia en cuanto a objeto de peligro latente, entre una cosa redondeada que se deja tratar a patadas y un galán con dos petacas, cerca de seiscientos kilos y más mala “milk” que un murciélago borracho, en el balompié se impone el sentido de equipo, del paisanaje, del orgullo patrio y el amor a unos colores.

Pero en el toreo es un hombre en la aterradora soledad de su grandeza, el que, con su decisión para jugarse la vida en el envite, es el objeto de esa exacerbada admiración. El torero es en las ocasiones en que traspasa las barreras de la lógica y olvida el instinto de conservación, quien sustituye a los héroes mitológicos capaces de luchar con el dragón y vencerlo. Y el jueves día 12 de julio, 25º aniversario de su alternativa -dato para la historia-, el hombre que venció al dragón de la edad y de los diez años que llevaba sin vestirse de luces fue el murciano Pepín Liria. Tal parecía que no hubiera pasado el tiempo, porque el murciano comenzó, como el viejo profesor de vuelta del destierro, con el desarrollo de la lección que se dejó inacabada una década atrás; “Decíamos ayer…”. Y Pamplona se volvió loca al reencontrarse con uno de sus ídolos más queridos.

Pero es que Pepín Liria, pasado de revoluciones, desafiando al paso de los años, sin una claudicación física ni mental, se entregó en cuerpo y alma ante el cuarto toro de la tarde, que seguía teniendo cinco años, y una ganas de pelea en las que le ganó la partida el murciano, a costa de una paliza capaz de desencuadernar a cualquiera que no tuviera el sentido de la épica que demostró Liria. Se tiró a matar o a morir, la espada entró hasta los gavilanes y el cornúpeta se desplomó a sus pies. El público pamplonica cayó en trance y revivió el ¡Pepín! ¡Pepín! de los años mozos del héroe. La petición de las dos orejas fue unánime y atronadora, pero el tarugo con chistera, incapaz de entender una emoción popular de tal calibre, concedió solo una. Aun así quisieron sacarlo en volandas, pero no se dejó. Dignidad se llama esa figura.

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