lunes, 21 de enero de 2019

Juan Mora: “El toreo toca la perfección, pero es demasiado previsible” (y 2) / por Antonio Lorca



Juan Mora, en la feria de San Isidro de 2011. ÁLVARO GARCÍA

El diestro extremeño reflexiona sobre la técnica
 y la inspiración en la tauromaquia actual.

Juan Mora: “El toreo toca la perfección, pero es demasiado previsible” (y 2)


ANTONIO LORCA
EL PAÍS, 20 ENE 2019 
“El toreo de hoy roza la perfección de la mano de los grandes toreros de la actualidad. Parece inverosímil, pero logran dar pases a todos los toros, al margen de su dificultad. De hecho, han desparecido las tardes de pitos y broncas, que toda la vida formaron parte de la liturgia taurina. Hoy no se dan ‘sainetes’; es tal el protagonismo de la técnica que vamos a convencer a los públicos que esta es una profesión fácil, y no es así”.

(Ahí sigue Juan Mora, uno de los referentes del toreo artista, con sus reflexiones sobre la fiesta, los toreros, la técnica, la inspiración, el alma… Con el traje de luces siempre preparado, listos los ‘avíos’ y la muleta ‘planchá’, -“no pienso retirarme nunca”-, el diestro extremeño reflexiona sobre su concepción del arte del toreo, los problemas que aquejan a la fiesta y su vocación tardía, pero entusiasta, de lector empedernido y escritor de sus propias vivencias. Ahora, merece la pena leerlo a él).

“La técnica en el toreo es hija de la tecnología”

“Yo creo que la técnica es hija de la tecnología. Cualquier chaval que empieza se está viendo continuamente en el móvil, y así se corrigen muchos defectos. Nosotros no nos veíamos torear, y cuando alguna vez teníamos la oportunidad, nos producía un fuerte impacto. Porque una cosa es lo que sientes y otra lo que haces. Sin duda, las nuevas tecnologías han contribuido a la depuración de la técnica”.

“El toreo, no obstante, debe tener un alto componente de inspiración y de magia; es lo que yo llamo el factor sorpresa, la aparición de lo inesperado. Un torero no puede ir a la plaza con la faena preconcebida. Cuanto más veo lo perfecto -la técnica- más me gusta lo imperfecto”.

“Puede que el toreo actual sea demasiado previsible, pero no quiero que esta afirmación se entienda como algo peyorativo. Ser torero tiene mucho mérito. No es fácil resolver los problemas de la lidia. Porque quien se pone delante de un toro es un ser humano, de carne y hueso. Reconozco, sin embargo, que me cautiva más la improvisación que una faena perfecta y redonda. Un trincherazo, entrar y salir de la cara del toro, una media… A través de los pequeños detalles se consiguen grandes obras”.

El torero, en un tentadero en Reservatauro.

“El toreo debe nacer de lo más recóndito del alma porque entre dar pases y torear hay una enorme diferencia. El alma es la que pone el sentimiento sobre la escena. La inspiración es artística. A veces, yo la llamo y no me atiende, o le dejo un recado para que aparezca tal día a tal hora y, a veces, viene -y me permite torear como yo lo siento-, o no, y entonces no me entiendo con el toro, ni con el público ni conmigo mismo. Esas tardes son las que más me enseñan, notas que te caes y te levantas y tiras de esos valores que aprendiste de pequeño, de la voluntad y la perseverancia”.

“En suma, torear no es otra cosa que la fusión del cuerpo y el alma, una actividad intelectual…”

“El toreo debe nacer de lo más recóndito del alma”

“Claro, que ahora vivimos una etapa complicada para el toreo. Cada vez es más difícil llenar una plaza porque el abanico de ocio es muy amplio, pero no creo que la fiesta esté en crisis ni en riesgo de desaparición. Hay buenas ganaderías, grandísimos toreros y una buena afición; ocurre que, a veces, sopla viento en contra y nos desubica, pero nada más”.

“Me preocupan, claro que sí, los movimientos antitaurinos, y no tanto por el toreo, sino por la sociedad. No sé adónde nos quieren llevar con el pensamiento único. Llegará un día en que comeremos un filete de carne con un espejo retrovisor por si alguien intenta atacarnos por detrás. Yo digo que un salmón no puede operar una vesícula, y ha venido a este mundo para acabar en una sartén. Y el ser humano debe amar a los animales, claro que sí, pero no hasta el punto de sacarles un carné de identidad”.


“Mientras tanto, yo me refugio en la lectura y escritura. Y me explico. Yo fui un mal estudiante. Estudiar era como un castigo. Yo abría un libro y las letras empezaban a moverse, se apilaban, se hacían una montaña y tenía que cerrarlo. Después, me casé, y mi mujer comenzó a insistir, hasta que un día, hace ya veinte años, al final de una temporada en la que había toreado muchas corridas, nos tomamos unos días de vacaciones y me convenció para que me llevara un libro, La isla del tesoro, una novela de aventuras. Cuando abrí aquel libro, la montaña se me hizo más pequeña y noté cómo me emocionaba. Ese fue mi primer libro, y recuerdo que me sentí conmovido. Ahora leo un poco de todo, y admiro a los escritores por su capacidad para imaginar, contar cosas y darles sentido. Y yo me he convertido en un lector peculiar. Con un lapicero subrayo lo que me interesa y las frases las escribo en folios. Ahora, soy yo el que tiene montañas de letras”.

“La lectura me ha descubierto muchos enigmas que para mí no tenían explicación, y he llegado al convencimiento de que leyendo se mejora como persona. La palabra tiene un peso fundamental en la historia de la humanidad. Tiene más poder que las armas, que solo sirven para matar. La palabra tiene siempre la última palabra. Creo que sí”.

(Asegura Juan Mora que no se considera un maestro (“ese apelativo es demasiado para mí; solo soy una persona con muchas ganas de aprender, y me gusta más ser enseñado que enseñar”), ni un referente del toreo (“solo un torero, que no es poca cosa”). Dice ser feliz (“mientras tenga ganas de aprender y evolucionar”), y ¿honesto? (“creo que sí; si toda una vida dedicada al toreo no me ha servido para ser una buena persona o, al menos, intentarlo, no habría merecido la pena vestir el traje de luces”).

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