martes, 23 de julio de 2019

Ojeda: La última leyenda / por Álvaro R. del Moral



Paco Ojeda es un mito vivo, la última leyenda del toreo, uno de los más grandes que hayamos visto. Su tauromaquia ilumina la cultura; sus obras permanecen en la memoria y ya son patrimonio de todos.
Ojeda: La última leyenda
  • El coloso de Sanlúcar de Barrameda cumple cuatro décadas de alternativa

Álvaro R. del Moral
Ayer lunes se cumplió la efeméride. Francisco Manuel Ojeda González, Paco Ojeda en los carteles, suma su cuarenta aniversario de alternativa. La tomó en el Puerto de Santa María de mano de El Viti, que le cedió un toro de Núñez llamado ‘Rompeplaza’ en presencia de José Luis Galloso. Fue el 22 de julio de 1979. Ojeda había llegado a aquel doctorado veraniego como estrella novilleril pero, también, algo forzado por las circunstancias y los apoderados del momento. El inminente matador sanluqueño no se reconocía a sí mismo como torero.

 “Decían que así no se podía torear. Me emparejaron con Pepe Luis Vázquez sin demasiado sentido y hubo algunas cosas más que no iban conmigo. Era como enjaular a un animal de la selva. No me sentía libre, no podía hacer lo que yo quería y sentía. El estado anímico y moral siempre ha sido fundamental para mí. Necesitaba estar a gusto conmigo mismo para funcionar en plenitud. Me afectaban cosas, a lo mejor tontas, pero necesitaba que ciertos factores estuvieran en orden en torno a mí”, rememoraba el diestro sanluqueño en una larguísima e inolvidable entrevista concedida al autor de estas líneas con motivo de la concesión del I Premio Nacional de Tauromaquia.

Paco desapareció del mapa después de aquel lujoso doctorado portuense. Volvió a los paisajes sin horizontes, a misma tierra en la que había nacido, entre Sanlúcar y La Puebla del Río. “Yo nací en Quintanilla, en la Marisma, en una chocilla. Así me lo ha contado mi madre. Entonces no había lo que hay hoy: si va a ser niño o niña, ecografías... había que parir corriendo”. Retomó el diálogo con el agua salitrosa, el palmito, el regatón, los espartales y los lucios pero, sobre todo, con aquellas vacas palurdas de Alventus que le sirvieron para crear un singular lenguaje taurino. 

Paco no aprendió a torear, inventó su propia Tauromaquia en la soledad de aquellos predios.

Búsqueda interior

Con el dinero que le había quedado compró una hectárea. Retomó la búsqueda en su interior, la comunicación con las bestias, la definitiva llamada de la naturaleza.

 “Volví a mis orígenes, a reencontrarme conmigo mismo. Necesitaba buscar mi yo, el torero que yo quería; no el que querían los demás. Necesitaba sentirme moral e íntimamente torero porque cuando me puse a serlo para los demás me perdí. Había vuelto a mi campo, a mi caballo y empecé de nuevo con el conocimiento de lo que no quería ser. Eso me sirvió para superar algunos obstáculos”. 

Ahí comenzó ese reencuentro íntimo pero, sobre todo, un desbordante afán creativo que aún tenía que dictar sus capítulos más hermosos. 

Es que la soledad es bruja. Me inventaba de todo. Volví a torear vacas de noche para mí y llegaba por la mañana a casa y cerraba los ojos y pensaba: que me lleven al cielo...”. En ese punto se propuso torear a su caballo y lo consiguió. Pero había que cumplir más retos: “Me propuse torear uno pero no se trataba de meter en la muleta al que fuera dócil y amigo mío; me propuse hacer embestir a otro y lo conseguí, a cual mejor. Son satisfacciones que me llevo en la vida. La vida no es eterna y si no te buscas cosas así no merece la pena...”

Ojeda: La última leyenda
Imagen de Ojeda toreando a su caballo.

Resurrección taurina

El 25 de agosto de 1982, mientras en España sólo se hablaba de fútbol, llegó la confirmación de alternativa después de dos años prácticamente en barbecho. La mayoría ya le había olvidado pero hubo un taurino providencial, Juanito Belmonte, que no perdió la fe en el antiguo Latero, su apodo de las primeras novilladas. Era una de aquellas corridas para trances desesperados que se organizaban en el verano madrileño, con los tendidos poblados de turistas. El padrino de la ceremonia fue su paisano José Luis Parada y el testigo, Gallito de Zafra. En los corrales se había enchiquerado un encierro de Cortijoliva. El toro de la confirmación, llamado ‘Canastillo’ sí sirvió para rubricar la mejor noticia: había llegado un tiempo nuevo al toreo. “En esos momentos –rememoraba el diestro sanluqueño- yo ya estaba encaminado a hacer lo que yo quería. A partir del segundo retorno sabía perfectamente lo que perseguía y ya nadie influía en mí en torno a lo que quería hacer. Y pude llevarlo a cabo. Empecé en Madrid con el toro de Cortijoliva: era la fiera que yo buscaba para domarla. Ése era el toro y ése fue el desafío”.

Estaba a punto de aparecer en su vida José Luis Marca y el famoso maletín que sirvió para sellar un apoderamiento que acabaría convirtiéndose en relación familiar. “Él nunca interfirió en mi toreo y lo supo ver. Otros apoderados de mis principios no lo vieron así, no querían entender mi forma de torear: que si codilleaba, que si esto, que si lo otro... ¿pero hay algo más bonito que traerse la fiera y sentir su calor cerca?”, rememoraba Ojeda. 

De la mano de Marca afrontaron el reto definitivo, ese mismo 1982: encerrarse con seis toros en la plaza de la Maestranza en la tradicional corrida de la Cruz Roja para cerrar la temporada. Ojeda ya estaba en boca de todo el toreo y entre la confirmación madrileña y la encerrona otoñal se sucedieron nuevos triunfos: con los toros ensabanados de Osborne en El Puerto; en la antigua feria de la Vendimia de Jerez; en Barcelona, Béziers, Nimes y en la sevillana feria de San Miguel.

 Pero el remache llegó en ese gesto del doce de octubre.El de Sanlúcar estuvo cumbre con los toros escogidos de Manolo González; les cortó cuatro orejas y abrió la Puerta del Príncipe rubricando su definitiva eclosión como figura histórica del toreo.

De la consagración al eclipse: la faena de ‘Dédalo’

Hay otras fechas marcadas a fuego en la vida taurina de Paco Ojeda. Pero hay que retroceder a la Feria de Abril de 1983. En su primera corrida, alternando con Curro Romero para dar la alternativa a Curro Durán, volvió a abrir la Puerta del Príncipe. Desde ese mismo momento era primerísima figura pero en el segundo compromiso, la tarde del 19 de abril, se produjo un hecho imperceptible que suponía la abdicación de Paquirri en favor del sanluqueño. Romero volvía a ser el cabeza del cartel que completaban el recordado diestro de Barbate y el propio Ojeda. Se lidiaban toros de Juan Pedro Domecq. Paquirri, en gesto que no pasó de largo a los más avezados, renunció a su turno de quites en el toro de Ojeda después de amagar dos veces. El coloso de Barbate había entregado el cetro...

Después llegarían otros trasteos inolvidables, como el llamado ‘Pronunciamiento’ de Málaga, o una tarde mágica en el Corpus granadino. Ojeda se mantuvo en la cumbre del toreo hasta 1988, año en el que dictó su más hermosa antología taurina enfrentándose a ‘Dédalo’, otro ejemplar de Juan Pedro Domecq que ya pertenece a la mitología del toreo. Algunos meses antes, en la Goyesca de 1987, se había encerrado con seis toros de Álvaro Domecq dejando para la historia del propio festejo su grandiosa faena al toro ‘Bulería’. Pero aquel 15 de abril de 1988 se pasó otra raya.

El cartel, estrella de la Feria de Abril, reunía los nombres de Curro Romero, Paco Ojeda y Espartaco. En la taquilla no quedaba un solo papel y en los corrales se había encerrado una corrida de Juan Pedro Domecq. Los analistas de la época profetizaban que el cetro del toreo estaba en juego en ese festejo. Pero esa batalla no iba con el camero que se marchó de la plaza, impasible, con la habitual cosecha de pitos. El duelo se dirimía entre Espartinas y Sanlúcar de Barrameda; era el choque del amable Aljarafe sevillano y la Marisma más feraz. La irrupción de Espartaco tras la famosa faena al toro ‘Facultades’ de Manolo González en la Feria de Abril de 1985 ya le había situado a la cabeza del escalafón. Pero la batalla de Ojeda no pertenecía al mundo de las estadísticas. Su lucha era distinta, pertenecía a un íntimo impulso creativo; a la reafirmación de ese nuevo lenguaje taurino que estaba reinterpretando los propios fines del toreo.

El diestro de Sanlúcar se vistió aquella tarde con un traje marino de la sastrería madrileña de Fermín orlado con un inusual bordado de avispas idealizadas. Había dado la vuelta al ruedo después de lidiar al segundo pero en los corrales esperaba ‘Dédalo’. Era un ejemplar serio, alto, largo y vareado, astifino. La crónica publicada en el número 11 de la efímera y recordada revista Toros’92 -imprescindible testigo del devenir taurino de finales de los 80- recogía los pormenores de aquel trasteo revelador, definido como “un nuevo concepto taurómaco”. Aquella crónica, firmada por José Carlos Arévalo, señalaba que “el torero domó al toro y le robó todo su terreno, por lo que el animal debía corregir su sitio, yendo y viniendo sin que el hombre renunciara al suyo”. La crónica se adentraba en la propia filosofía del toreo de Ojeda: “La ley belmontina del parar, templar y mandar se corregía y aumentaba con la consagración del sitio como concepto fundamental del toreo”. Ojeda, decidido a rubricar su obra, se tiró a matar o morir: “Se pasó de la emoción artística a la dramática, y de ésta, en la suerte de matar, a la emoción trágica”.

Paco le cortó las dos orejas a ‘Dédalo’. Ya se había consagrado la absurda dictadura aritmética que fijaban tres despojos para abrir la Puerta del Príncipe, que quedó cerrada. El propio Ojeda había sentenciado un día que los reglamentos están para los que no saben de toros. Seguramente, aquel día, algunos no se enteraron de nada. El torero se marchó ese mismo año del toreo sin demasiadas explicaciones después de una corrida veraniega en Marbella. Volvería algunos años después pero su breve e intenso reinado escaló su mayor cumbre aquella tarde de abril. Ya era un torero de época, de muchas épocas. Ojeda volvería al toreo en 1991 y aún sería capaz de dictar algunas páginas inolvidables pero aquella faena, treinta años después, permanece en la memoria colectiva, condensada en la magistral fotografía icónica de los Arjona. La imagen retrata al genio sanluqueño con la pernera destrozada y la zapatilla en la mano. De alguna manera, esa temporada había empezado y terminado el mismo 15 de abril. El propio Arévalo, en un resumen posterior, explicaba que “nunca una faena habrá marcado, en los cortos e infinitos minutos que dura, el paso de una época a otra del toreo”. Tenía razón.


¿Cuál era el alma del toreo de Paco Ojeda?

Hay que partir de los secretos de la Marisma, del don de comunicación con los animales: “Quería encontrar una cercanía, unos terrenos prohibidos. Ésa era mi guerra...” Ojeda invadió terrenos que, hasta entonces, parecían inviolables. Cambió los fines del toreo, absorbiendo y extrayendo la bravura en cada muletazo. Su toreo pasaba una raya inalcanzable cuando se producía en comunión con reses especialmente temperamentales. “Eso es lo que da la emoción. Yo me he encontrado toros con ese punto de fiereza a los que le he quitado la muleta de la cara al cuarto muletazo. Ésa es la diferencia: no se trata de que el toro vaya y venga sino de pararlo en medio y ponerlo a andar otra vez. ¿Y eso cómo es? Pues hay que tirar la moneda y esperar a que salga cara o cruz. Por eso es tan difícil. Sin esa cara o cruz sólo hay tanteos hasta saber si te puedes poner pero nunca será lo mismo. Evidentemente, tienes que tener una intuición especial para saber si te puedes poner o no pero lo bonito, la verdadera emoción está ahí, en ser capaz de cortar y frenar una embestida y ponerla en marcha otra vez. La gente no tardaba en verlo...”.

En cualquier caso, hay una circunstancia que no siempre se ha cantado. Es la condición de gran artista, la faceta de creador, la capacidad de llenar plaza con su mera presencia. 

Yo no era el valiente que ganaba una batalla. Cuando estaba ahí empezaba a crear y a componer porque lo sentía así. Paraba una embestida, la ponía a funcionar otra vez pero componiendo, sintiéndolo. No se trataba de ponerse allí y decir aquí estoy yo. Yo quería crear una obra, la interpretaba para mí y el que sabía verlo era muy afortunado porque le llegaba antes que a mí”. 

Paco Ojeda es un mito vivo, la última leyenda del toreo, uno de los más grandes que hayamos visto. Su tauromaquia ilumina la cultura; sus obras permanecen en la memoria y ya son patrimonio de todos.

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