domingo, 12 de marzo de 2023

Los toros en Cádiz (I) / por Juan José Zaldivar


"...Hay que recordarlo, aunque sea a gritos, que los toros, esos sañudos y fieros, son de España privativos, un privilegio, y la ferocidad, que los ganaderos transformaron en bravura y nobleza, de lo que aquí se crían en sus abundantes dehesas o cortijos y salitrosos pastos de la Baja Andalucía, tanto como el valor de los españoles, son dos cosas tan notorias desde la más remota antigüedad. Con ello estoy diciendo que el toro bravo y las corridas de toros forman parte de nuestra propia identidad..."

Los toros en Cádiz (I)
Juan José Zaldivar
Dr. en veterinaria  
El título de este primer capítulo nos obliga a ofrecer al menos un ejemplo que confirme  lo que decimos: los toros silvestres son fieros y una vez privados de su libertad, tremendamente agresivos. El toro de esas características  lo tenemos históricamente documentado. Para ello tendremos que dar marcha atrás al tiempo, hasta llegar al año 1578, para toparnos con los valiosos documentos que nos relatan la fiereza extra-ordinaria de uno de los toros, mezcla de castas navarra,  y  andaluza primitivas, corrido en la famosa función real de toros ofrecida al rey don Sebastián de Portugal, cuando desembarcó en la ciudad de Cádiz, camino de sus conquistas africanas, donde perdería su vida en la batalla de Alcazarquivi. Durante los días que permaneció en Cádiz el Rey lusitano manifestó su deseo de conocer los juegos de cañas rostro a rostro, típicos de Jerez de la Frontera y famosos en Europa, prohibidos en aquellos días en la ciudad por la rivalidad creada entre dos familias jerezanas, los Dávilas y los Villavicencios, enemistad que se saldó con la muerte de un contendiente. Al historiador Hipólito Sancho debemos el conocer las diferencias entre los Juegos de Cañas de Jerez y los del resto de España.

El duque de Medina Sidonia aceptó montar el citado espectáculo al monarca portugués en la Plaza de la Corredera de Cádiz y don Sebastián supo valorar la diferencia de estos peligrosos juegos jerezanos, distintos a los de a grupas vueltas que se practicaban en toda España, incluida la propia ciudad de Cádiz y en El Puerto de Santa María. La Plaza de la Corredera estaba situada delante de la ciudad medieval amurallada, actualmente  el barrio del Pópulo, que muy pronto se extendió hacia dos ermitas, la de Santa María y Santiago, a los que se accedía por la Puerta de Tierra, o Arco de los Blancos y por la Puerta de Poniente o Arco de la Rosa.

Plaza de toros de madera inaugurada por Isabell II en Cádiz en 1862Era, sin duda, la plaza más grande de Cádiz, y su frente principal lo formaban las Casas del Cabildo, apoyadas en la muralla de la trimilenaria ciudad, delante de la Torre de la Pólvora, y junto a ellas, el Hospital de la Misericordia hacia un lado y la Alhóndiga, Pósito del trigo, la Casa de los Gobernadores, el almacén de las armas, la Cárcel y  la Puerta de la Villa, o del Mar, con su capilla de la Virgen del Pópulo, hacia el otro, según descripción de la evolución urbanística de la ciudad de Cádiz. Dicha  plaza sólo tiene tres lados, el cuarto es la playa de dorada arena y el mar, convertida hoy en el puerto de la ciudad. El nombre de «corredera», le vino de la costumbre de correr en ella los toros desde los tiempos de la reconquista, si bien tenemos noticia de que en la ciudad de Córdoba se construyó otra plaza con el mismo nombre en 1863, en el barrio de la Anarquía, según el modelo de la plaza mayor castellana, especialmente diseñada para espectáculos taurinos. Según el conde de las Navas, la propia conquista de Cádiz, el año 1260,  fue celebrada, por el rey Alfonso X el Sabio, con Fiestas de Cañas y Toros.

Por su interés y para enriquecer el tema, hacemos  mención de la interesante obra: Cádiz, Origen del Toreo a Pie (1661-1858), publicada en Cádiz en el 2002, refiriéndose a las corridas celebrada en su plaza de La Corredera,  el historiador Guillermo Boto Arnau, cita que de una forma general se acepta que fue el cambio de dinastía de los Austrias a de los Borbones y, muy especialmente, la aversión de Felipe V a las fiestas de toros, la que produjo la retirada de los nobles de esta afición. Muchas corridas a caballo, tanto en Madrid como en provincia, se debían a la celebración de acontecimientos reales, bodas o nacimientos de príncipes.  Otras estaban votadas por los ayuntamientos para celebrar fiestas locales o ceses de epidemias por la intercesión de algún santo. Algunas por  acontecimientos familiares de la nobleza local o victorias de nuestras armas.

Se dice así, que la retirada de los nobles dejó en manos de los chulos y pajes que los acompañaban, el cubrir estos festejos. Esta es en síntesis, la historia oficial del  inicio del toreo a pie. Sin embargo, Boto Arnau asegura que no fue así. En esto estamos completamente de acuerdo, ya que el  inicio del toreo de a pie está inmerso en el arranque de una fascinante evolución, teniendo mucho que ver la decadencia progresiva de los enfrentamientos entre los caballeros cristianos, a modo de entrenamiento, para mantenerse en forma, a los nobles que nutrían los ejércitos –bajo órdenes circulares de la Corte, que llegaban de los Cabildos Municipales de toda España, surgiendo así en seis ciudades, en diversos años, la Reales Maestranzas de Caballería, de las que sólo persisten cinco: Sevilla,  Granada, Ronda, Valencia y Zaragoza. La de Jerez tuvo una efímera vida (Cfr. Hipólito Sancho)-, una vez terminada la reconquista. Ya no tenían contra quien enfrentarse. Irrumpieron entonces en  los juegos de cañas y toros, primeros pasos del rejoneo más primitivo. A ellos acudían especialmente la nobleza y poco sitio había para el  populacho.

Y así, de la mano de la adopción de la monta a la jineta, aprendida de los árabes, hizo que se manejaran mejor los caballos,  dirigidos ahora con las rodillas llevando las piernas flexionadas y las manos más libres, permitiendo la aparición del rejoneo en los albores del siglos XVII. En Cádiz, apenas queda documentación local anterior a 1596, debido a la destrucción provocada ese año por la flota anglo-holandesa; por ello no existen noticias de las fiestas de toros y cañas anteriores a esa fecha. Sin embargo, como hemos citado, en la obra Historia de Cádiz y su provincia, de Adolfo de Castro, se relata la corrida celebrada en honor al rey lusitano don Sebastián, diciendo:

«Llegó a Cádiz don Sebastián con su potente armada, y en Cádiz fue muy festejado por la ciudad, asó como por don Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia y Capitán General de Andalucía y costas del océano. El regidor don  Luis de Valenzuela Marrufo de Negrón  hospedó en su casa al Rey, el cual desde los balcones presenció una fiesta de toros que la ciudad dispuso en su obsequio. Pendían de las ventanas y de los tablados riquísimas colgaduras: las damas y los caballeros de esta ciudad ostentaban joyas de gran valor: todo para engrandecer más dignamente el festejo en honor de tal alto personaje.

El regocijo público se turbó por un momento por la fiereza –braveza- de uno de los toros que derribó con muerte de sus caballos a dos de los valerosos y diestros caballeros que salieron   al coso y al que hemos bautizado como el Jaquetón de los tiempos antiguos. Los lacayos –chulos- no se atrevían a desjarretarlo -es decir, a acercarse lo suficiente para cortar los tendones de las patas traseras del toro con la media luna-, pues todos huían de su ímpetu horrible, verdaderamente feroz.

De una parte de los tendidos lo silban, de otra le arrojan en vano  la garrocha, de otra le amenazan con lanzas de hierro ancho y cortador, de otra le asestan piedras.  Escarba el bruto feroz la arena, huélela y en su mismo  hocico la levante, bramando horrendamente. Arranca con impetuosa acometida al que ve más cerca y menos cuidadoso; tiembla a su furia el  suelo, espanta y atemoriza su fiereza, desalienta a aquel en cuyo seguimiento corre con la atención puesta en sólo cogerlo, cerrados los ojos, sin reparar en su furor desatinado en  cuanto delante se le ponga.

Viendo el desaire en que iban a quedar los caballeros gaditanos en presencia del monarca extranjero y de tantos señores de Portugal, no  pudo  contener su impaciencia ni sus bríos el huésped de don Sebastián. Monta prestadamente un caballo don Luis de Valenzuela y entra en la  plaza. Ninguno osaba echar la capa a los ojos de la fiera, ninguno tirarle  del cuerno atrevidamente. Era un relámpago en la acometida. Hondo silencio sucede a la vocería de la plebe. Todos tiemblan por la suerte del caballero, y al verlo  en peligro se les oprime el corazón cual si estuviera entre dos piedras.

El toro  corría lleno de heridas, dando bramidos de dolor y levantando el polvo que había pisado. Sus penas ya no quitaban las penas a los que estaban mirando desde los tablados y desde las ventanas, ni menos se contentaban con verlo  tan maltratado, ni se oían palmadas ni voces de alegría. Solamente confiaba en el valor del caballero el  rey don Sebastián. Así lo decía la valiente perspicacia de sus ojos. Túrbase por breve instante el espíritu de Valenzuela: más presto torna a encendérsele, aún más acrecentado, el ánimo generoso.

Teme el animal acostumbrado a ver huir, y se retira; más vuelve al fin a acometer arrepentido de su instantánea vacilación. Recíbelo Valenzuela en su espada, que le atraviesa la cerviz (imagen al pie de la página anterior) con unánime grito de alegría que se levantan  al cielo, en tanto que con los sombreros quitados,  cubiertos  de varias y hermosísimas plumas, todos  los caballeros saludan su valor y su felicidad. Esta narración, nos dice Adolfo de Castro, fue estudiada minu-ciosamente por el historiador Hipólito Sancho que, en un documentado trabajo, la despojó de algunas inexactitudes y demostró que estos errores, raros en el historiador gaditano, provenían de haber citado de memoria al carmelita Jerónimo de la Concepción.

Esos toros maliciosos, astutos, ya no admiten ser más violentos y son a los que menos se les puede perder de vista, porque reaccionan tan inesperadamente, se arrancan cuando    así lo deciden tan descontroladamente, que se les agudiza el sentido de defensa y ataque hasta el punto de desconcertar a todos los actuantes, que no aciertan a entender que un toro pueda variar tanto y tener tantos caprichos violentos.

Y para colmo de males, esos toros tienen una capacidad especial para percibir el temor que generan en la gente, el miedo que muestra cada diestro,  al igual que se dan cuentan de que no lo entienden. Por mucho que sepa un torero lo que puede o no hacer, el toro se anticipa y cunde el miedo, del que nacen las cogidas más trágicas. Todos esas manifestaciones del carácter de los toros forman parte de la Etología, ciencia relativamente nueva, dedicada al estudio de la conducta de los animales, la llamada Animal behaviour, tan en boga desde hace decenas de años por parte de numerosos investigadores sajones.

Hay que recordarlo, aunque sea a gritos, que los toros, esos sañudos y fieros, son de España privativos, un privilegio, y la ferocidad, que los ganaderos transformaron en bravura y nobleza, de lo que aquí se crían en sus abundantes dehesas o cortijos y salitrosos pastos de la Baja Andalucía, tanto como el valor de los españoles, son dos cosas tan notorias desde la más remota antigüedad. Con ello estoy diciendo que el toro bravo y las corridas de toros forman parte de nuestra propia identidad,  que el alma de nuestro pueblo trae grabada una inclinación natural a jugarse la vida enfrentando su astucia e inteligencia para vencer a la fiera, hoy convertida en majestuoso animal, en lances de una emotividad tan cargada de sentimiento religioso que sólo quienes lo sentimos sabemos de su cósmica dimensión, como   la midieron los pocos colosos que el arte de torear ha habido. Ahora, con la implantación de las escuelas, se ha creado un toreo con idénticas formas, pasos y figuras similares, técnicas muy depuradas, pero carentes de emotividad y liturgia anímica. Eso es lo que hay.

La PLaza Real / La Gacetilla Taurina, 2004

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