lunes, 22 de enero de 2024

Apuntes al natural: Toro grande, torero chico / pot Francisca García


"..La naturalidad, la planta armónica, el aire juvenil y la gracia de Paco Camino que hizo de su toreo un goce estético al ejecutar las suertes con profundidad y belleza, puede ser canon ideal. La hondura de sus naturales o la plasticidad de sus trincherazos son imágenes que se quedaron fijas en la mente del espectador que un día los contempló y serán otros, tocados por el don del dificilísimo arte taurino, los nuevos modelos del mañana, cuando sus excelsos lances, su valor convertido en arte supremo, atraigan a futuros diestros, porque la Fiesta seguirá y seguirá.."


Apuntes al natural: Toro grande, torero chico

“Toro grande, torero chico” Así comienza el poema que Manolo del Águila, escribió pensando en el diestro Paco Camino del que ambos éramos grandes admiradores. Me presentó al añorado poeta, Pepe Richoly, amigo del alma, el guitarrista almeriense, tocado por la gracia, gitano, generoso y genial que ostentaba todos los apelativos buenos que empiezan por la letra G. Pepe Richoly, Manuel del Águila y el gran pintor Jesús de Perceval, tres personalidades fascinantes fueron durante casi cincuenta años el alma, santo y seña del arte que se respiraba en la luminosa Almería de mi recuerdo. Gocé de la amistad de estos tres genios que me han venido a la memoria con el poema “Toro grande, torero chico”.

Manuel del Águila quería reflejar en aquellos versos la importancia que para la estética del toreo tiene la estructura física del torero y en esos términos alababa la estética torera del niño sabio de Camas que, además reunía todas las condiciones físicas necesarias para ser una figura. No era ni alto ni bajo, el término medio y las suertes que ejecutaba tenían esa plástica que aunaba tantos condicionantes para ser ideal.

No se trata de tener las proporciones del hombre de Vitruvio de Leonardo Da Vinci para triunfar en los ruedos, pero depende de estas, el toreo que se basa en la estética, en las maneras del diestro y en la elegancia que emana de sus movimientos. Una agradable apariencia física, (la belleza nunca estorba), influye en las cualidades ideales del torero artista.

Es bien cierto que han triunfado en el arte taurino hombres que no tenían la planta armónica, de gracia a que aludimos. Ahí está para el recuerdo Nicanor Villalta, quizá el mejor torero que ha dado Aragón. Un hombre demasiado alto con un cuello larguísimo, que suscitó mofas al principio de su carrera, precisamente por sus rasgos físicos. Toreros altos, triunfadores, hay muchos, por supuesto. Yo admiré a Luis Miguel Dominguín, matador de buena planta, por su dominio, por ser un torero largo, elegante, inteligente y buen conocedor de las reses, pero a su toreo quizá le faltaba un poquito de alma, bien por la facilidad con que afrontaba todos los lances o por su estatura que le daba ventaja.

Los toreros demasiado altos, a mi entender, tienen en su perjuicio que con ellos el toro siempre parece de poca alzada, bajo de agujas, se ve más pequeño de lo que es y el resultado del encuentro no es todo lo plástico que podemos admirar en un buen torero de estatura mediana. Es lo que pasa con El Cid, con Uceda Leal, con el jovencísimo novillero Mariscal Ruiz que pese a su buena escuela, pienso que tiene el hándicap de ser muy alto y espigado con 1,90, que a sus dieciséis años aún tiene tiempo de seguir creciendo. El más alto de los toreros de este siglo posiblemente sea Israel Lancho, que mide casi dos metros. Matador que siendo bien joven dejó los trastos de matar hace ya doce años, cortando dos orejas y rabo, con colofón en la enfermería de la plaza de su tierra natal Fregenal de la Sierra.

Repito, no es condición indispensable la mayor o menor estatura para brillar en el toreo. Ahí está frente a los de gran altura, Diego Urdiales, el pequeño gran torero riojano que saca preciosos lances, y faenas de gran calado. Aunque precisamente por su corta estatura, su esfuerzo será mayor para ejercitar las suertes sobre todo cuando se enfrenta a un “buen mozo”. El arte taurino se basa en el dominio del hombre frente a la fiera y cada vez con más incisión en hacerlo de la manera más artística posible. Es así que el mundo de los toros a través de la historia, ha concitado a todas las bellas artes: literatura, poesía, música, pintura, escultura, fotografía… y es que al torear se puede crea belleza y la belleza está vinculada a la armonía, el equilibrio y la proporción. Cuando se dan estos componentes se logra la perfección y el fenómeno atrae a todas las artes. Por esto y otras cosas es tan difícil triunfar como torero. 
Cuando digo torero, no me refiero solo a los espadas, sino a los toreros en general a quienes se les escudriña desde todos los ángulos, pues la plaza es redonda, salvo excepciones, y no queda un lugar escondido al espectador. En ese escenario se puede valorar todo. Nada escapa al ojo humano: el cuerpo, los gestos, el terno a vestir, el ritmo en el andar, el porte…cualidades algunas que se tienen o no y de no ser así muy difíciles de adquirir.

Luego el torero tiene que estar en forma y eso se nota muchísimo. La preparación física que tanto deben trabajar en los meses de invierno es fundamental para el buen porte, para potenciar los reflejos, para reaccionar con velocidad. El torero no puede descuidar su cuerpo, necesita una preparación muy fuerte para poder aguantar lo que se le viene por delante en la temporada. Necesita un cuerpo ágil, dentro de una estructura física adecuada, que es la que habla por él y la que provoca tantas veces la expresión ¡Tiene planta de torero! O como dijo “El Guerra”: “ser torero y parecerlo”
Las condiciones para pisar el ruedo están encabezadas por la plenitud de facultades, Morante de la Puebla dicen que se ha puesto en forma y ha adelgazado para enfrentar la nueva temporada. Algo que no le ha venido mal pues iba haciéndole falta. No tengo ni que aventurar que cuando llegue el momento, los novilleros y matadores que habrán estado velando las armas en el periodo invernal, saldrán prestos en cuerpo y alma para dar lo mejor de sí mismos. Inteligencia y pundonor para ir paso a paso fabricando su suerte, con la venia de Dios y de los empresarios.

La naturalidad, la planta armónica, el aire juvenil y la gracia de Paco Camino que hizo de su toreo un goce estético al ejecutar las suertes con profundidad y belleza, puede ser canon ideal. La hondura de sus naturales o la plasticidad de sus trincherazos son imágenes que se quedaron fijas en la mente del espectador que un día los contempló y serán otros, tocados por el don del dificilísimo arte taurino, los nuevos modelos del mañana, cuando sus excelsos lances, su valor convertido en arte supremo, atraigan a futuros diestros, porque la Fiesta seguirá y seguirá. 
La admiración hacia estos hombres sacrificados en la lucha y con tesón por llegar a la cima, nunca desaparecerá. Los espectadores de hoy y los del mañana seguiremos buscando la estética, máxima aspiración en la lidia del hombre contra el toro bravo. Es la razón de ser, así lo pienso, que mueve la contemplación y perseverancia de la Tauromaquia: el conseguir la sublime belleza como el fin último.

Francisca García

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