viernes, 19 de enero de 2024

Atlético, 4; Real Madrid, 2. La importancia de los zapatos / por HUGHES


Y Jude, don Jude, dijo algo que otra España no le habría entendido, pero que esta España que no vieron los siglos sí entendió: "What the fuck is this?"

Pues muy fácil, Jude, is the Spanish Cup with the spanih committee and mister Cuadra the referee.

Atlético, 4; Real Madrid, 2. La importancia de los zapatos

HUGHES

Pura Golosina Deportiva

En los prolegómenos y en las inmediaciones, hubo cánticos de "mono" contra Vinicius y agresión a un periodista, aunque nada de eso entró --o no se advirtió-- en de la narración del partido.

"Otra forma de entender la vida" se leía mientras sonaba el himno rojiblanco, que volvió a sonar en el minuto de silencio.

Koke, eterno capitán local, llevaba consigo una importante cara de velocidad que presagiaba una larga noche por delante. En el trío arbitral formaba una jueza de línea. Otra conquista social de nuestro país.

El Madrid salía con su 4-4-2 que a ratos es un 4-2-2-2 y a veces, en lances como de nostalgia, ráfagas de 4-3-3. Esa cualidad de acordeón permitía fijarse en que entre los delanteros y los pivotes jugaban Bellingham, posible Balón de Oro, y Modric, Balón de Oro efectivo. El resultado, sin embargo, no fue para tanto. También Raúl y Cristiano llegaron a coincidir en el mismo equipo.

Muy pronto se reveló el partido. Rodrygo cogió la pelota y fue rodeado inmediatamente por cuatro rivales. Parecía una de esas imágenes grabadas desde un balcón. Esos pressings como pandilleros son la señal de un equipo correoso, trabajado y trabajoso. Simeone es como Pedro Salinas pero al revés: "Y es que quiero sacar de ti tu peor tú. Ese que no te viste y yo te veo".

Simeone ve lo peor y trata de lograrlo. Por eso va de negro. Es un enterrador del fútbol.

El público pitaba a Vinicius como si fuera un exjugador que hubiera dejado miles de millones en las arcas del club.

En el campo había atentados estéticos. El pelo de De Paul era como el de Bo Derek en Bolero y Carvajal, quizás por imitación de sus nuevos compañeros de vestuario, iba parciamente rapado aunque parecía un niño rescatado de la inclusa.

El Madrid tuvo su primera gran ocasión pronto, en el minuto once. Bellingham hizo una obrita de arte en muy poco espacio en el área rival. Obrita por lo diminuto del preciosismo, por la nanotécnica empleada. Se fue de dos, con un juego de pies digno de Doncic, luego de De Paul y chutó al larguero. Hubiera sido un golazo comparable a grandes acciones en territorio rojiblanco: el gol de Raúl, la danza de Benzema o el chupinazo de Cristiano.

Pero no fue. Una pena, porque Belligham hizo otro partido muy bueno, superlativo, pero le faltó un punto de suerte y que los compañeros le viesen. Muchas veces no le ven. El da un balón y no le devuelven ni el balón ni el melón. Controla con uno, dos toques, se zafa, se va, ve al compañero, echa a correr y... y no se la vuelven a dar. Está necesitando, echando en falta la pared, cerrar la pared.

El único que le vio fue Modric, en un pase largo hacia su banda. ¿Justificaba eso la alineación de Modric? Modric no estaba en defensa y al ataque llegaba tarde: llegaba Vinicius, llegaba Rodrygo, llegaba Bellingham y, al final de la película, llegaba Modric jadeante.

El equipo se rompía un poco ahí a la hora de correr, se hacía 4-2-1-1-2 con ese primer 1 parpadeando...

Al cuarto de hora ya se veía que la mayor intensidad era local.

A los 20 minutos, el partido se adentraba en una fase de espeso sopor. Se notaba, por tanto, la mano del Cholo. La firma. Era un partido de autor.

El Madrid había tenido un palo y diez minutos después, Oblak le paró un tiro a Rodrygo tras genial pase picado de Vinicius, una suerte que no le conocíamos, una especie de chip al borde del área.

El Madrid atacaba con largas carreras de Bellingham. Su zancada era potente y uniforme. Era como ver galopar a un caballo.

El Madrid estaba conservador, echado atrás, y atacaba con contragolpes. La carrera de Vinicius, canalizador del ataque tradicional, se sustituía por la de Bellingham buscando a Vinicius.

El Madrid parecía bien posicionado en ese momento. Seguro, pero con presencia arriba. Esa capacidad para coger 'buen sitio' parece obra de Ancelotti, de su experiencia para graduarlo, como el padre dueño de la decisión sobre dónde colocar exactamente la toalla en la playa; pero también es algo que permiten los rapidísimos jóvenes del Madrid, a los que Modric sigue ya con la mirada.

No había sufrido el Madrid grandes aprietos, ni siquiera pequeños, cuando marcó Lino ganando a Carvajal. En la jugada coincidían un mal despeje de Rudiger y el poco acierto de Lunin.

Oblak había parado, Lunin no. Y el partido se le podía poner muy mal al Madrid porque se alcanzaba ese momento en que el Atlético, bullendo, eufórico, pasa de equipo de fútbol a compañía de teatro especializada en Sófocles. Ahí estuvo Lino dándolo todo. La amarilla se la llevó Vinicius, diría (no vi la repetición) que por posar su dígito en el cuerpo inviolable de Cuadra Fernández, cosa que ciertamente no se debe hacer.

De lo que sucedió por allí salió una falta; se sacó y Oblak, al ir a despejar, se la metió dentro dándole de puño como al revés, con un giro de muñeca parecido al de Ruiz Mateos contra Boyer.

El gol pareció de Vinicius, de tanto como lo celebró.

En el descanso, el periodista Juan Carlos Rivero, que cómicamente rima con certero, entrevistó a Luis Tosar, al que podría decírsele lo de la canción: "Qué bonitos ojos tienes debajos de esas dos cenas". El actor no estaba ahí casualmente; su misión era anunciar una entretenida película, seguro que de gran neutralidad, sobre unas personas que recogen "migrantes" en alta mar. Su compañera de reparto, informaron, es Blanca Portillo.

La segunda parte comenzó con un Madrid entonado a punto de lograr el ansiado último pase. Lo pudo conseguir Camavinga en un avance, eso que ahora se llama una ruptura. No lo consiguió y además se llevó una amarilla por protestar.

El Atlético tenía la famosa intensidad (bien que hacía) y el amor por el teatro y el Madrid tenía la canción protesta y las amarillas. Quejarse hubiera sido en balde y al poco, además, marcó Morata en lo que pareció error o insuficiencia de Lunin. El gol había llegado en el 57, un poquito antes del momento en que Ancelotti mueve el cotarro. El Madrid tenía que ir arriba, arriesgar un poco más, y entraron Brahim y Kroos. Después lo haría Tchouaméni.

Ancelotti tuvo pocos planos, la cámara era para Simeone, pero le pillaron una cara, que no le habíamos visto, dedicada a Vinicius en un fallo de cuestionable tacón. Fue una cara de incomprensión y no poco espanto.

Cuando pensábamos en Vinicius y el punto de maduración, el puntito de maduración que le falta, reparamos en que Cuadra Fernández estaba haciendo un arbitraje demencial. Tarjetas por protestar o, salomónicamente, en un lance entre Brahim y Hermoso. Ningún control del juego, ninguna modulación.

Las bandas del Madrid estaban secas y por dentro era imposible jugar. Hasta a Bellingham le costaba zafarse, recibir, respirar.

Brahim empezó a hacer diabluras por la derecha, las que Modric no había podido ni sugerir, y en una de ellas, Rodrygo tiró al palo, el segundo de la noche.

Los entrenadores cambian a partir del minuto 60 y poco después, los árbitros malos empiezan a sacar las tarjetas. A partir del 78, Cuadra decidió sancionar las patadas, los agarrones, las faltas. Entró en el juego cuando ya esas tarjetas no iban a condicionar nada.

El Madrid se iba al ataque y el Atlético respondía en contragolpes, Casi vencido, Lunin paró uno de ellos, muy meritorio, aunque fuera a Morata, y con ello se redimió y provocó un relámpago divino que recordó la Ley de Fútbol: el Atleti ha perdonado y lo pagará; y efectivamente, al instante empató el Madrid con jugada de trenza entre Vinicius y Bellingham, que asistió a Joselu. De nuevo, la incipiente sociedad entre las dos figuras del Madrid.

Vinicius repitió el hic et nunc al público, al parecer a unos aficionados madridistas allí presentes, pero Simeone pudo pensar que se dirigía a la grada ultra local (aquí la palabra se utilizaba y ha dejado de utilizarse, aplicándose a todo lo demás), cosa que le sublevó. Si el campo hubiera estado electrificado, Simeone hubiera quedado achicharrado.

El gol, de todos modos, tuvo su intriga. La sensación es que al gol le pasaron hasta el Turnitin y un análisis de las emisiones del CO2 empleado.

Además de mucho fútbol, Bellingham dejó un momento importante. Le sacaron una amarilla completamente incomprensible. No solo injusta sino cruel, neroniana, auténticamente estalinista. Y Jude, don Jude, dijo algo que otra España no le habría entendido, pero que esta España que no vieron los siglos sí entendió: "What the fuck is this?".

Pues muy fácil, Jude, is the Spanish Cup with the spanih committee and mister Cuadra the referee.

El partido era una final. Más para el Atlético, intensísimo, que para el Madrid, que sin embargo respondía. Simeone pedía cosas a la grada constantemente, como Mick Jagger.

Era la hora de los valientes y de los calientes. Vinicius ya estaba on fire. Con menos ayudas en el marcaje, se empezaba a ir, y a punto estuvo de meter un gol de coz, salvando un balón que salía como Cruyff en aquel gol memorable.

Si Bellingham tenía a dos encima, y Vinicius tres y Rodrygo cuatro, o había 17 rojiblancos allí o el Madrid no había movido del todo bien la pelota.

Estábamos en otra prórroga. Son muchas las medias hora que nos ha robado Simeone. En el minuto 100, Vinicius perdió un balón y le llegó a Griezmann, que ganó la línea de fondo y fusiló a Lunin con un zurdazo muy colocado. Nadie salió a enmendar el error de Vinicius, un delantero, lo que delata cierto desbarajuste. Pero el gol de Griezmann fue de los que metía Messi.

El Madrid aun reaccionó y en el 110 marcó Ceballos en jugada anulada por fuera de juego de Bellingham. De primeras lo parecía, pero los pies no distaban mucho, si es que distaban. El VAR ofreció una imagen ya clásica: una foto fija con dos líneas, una rosa y otra azul, muy pegadas. En realidad, un pegote bicolor, sin constancia del balón, ni mayor abundamiento.

El Madrid siguió intentándolo, incluso con balones altos a Brahim, y tuvo alguna ocasión más, pero volcado y descosido (cautivo y desarmado) recibió una contra fulminante de Riquelme. El 4-2 que Lunin no evitó.

Un buen portero, un portero hecho, es como unos buenos zapatos. Ya puedes ir de Armani, que sin ellos...

Simeone, enloquecido, se enajenó, se subió en un señor, se apiñó con los chicos, mientras Ancelotti lo encajaba todo en la gran sabiduría de su arco superciliar.


Otro modo de vestir de oscuro

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