lunes, 26 de septiembre de 2011

Barcelona: El Rei Va Nu! / Por José Ramón Márquez

El Rei Va Nu!
(Som i serem gent catalana / tant si es vol com si no es vol, 
/ que no hi ha terra més ufana / sota la capa del sol...)

José Ramón Márquez


Allá que se fueron todos a hacerse la víctimas, a la cuchipanda de la libertad y a la defensa de los toros en Barcelona. Bien es verdad que muchísimos de ellos jamás habían pisado en su vida la Monumental, ni maldita falta que les hacía ir allí, pero ahí estaban los hombres con sus buenas voluntades, de las que como sabemos está empedrado el infierno, a echar una mano y de paso vivir el momento histórico, único e irrepetible correspondiente a la semana 38 del año en curso.

O sea, que en Barcelona se juntó todo lo necesario, y lo mismo que en un Belén están las lavanderas, los pastores, los Reyes Magos, la Virgen, San José, el Niño que está en la cuna y el caganer, en Barcelona se juntaron los aficionados de todas partes, los periodistas de postín, unos pocos taurófobos, algún tertuliano de la radio, el July, Manzanares y Tomás y la bandera cuatribarrada, estandarte de los reyes de Aragón, usurpada también por Catalandia, país de pin y pon.

Como se puede suponer, la sensibilidad estaba a flor de piel, pues se había imbuido a las buenas gentes del papel tan crucial que desempeñaban en estas dos tardes de otoñal ‘fin de fête’, en este caso del fin de la fiesta en Barcelona. El resultado es que todo el ambiente estaba trufado de emoción, como la procesión de las antorchas de Lourdes, pero sin los tullidos (1) y, sobre todo, con un gran olor de multitudes. Por lo menos la última corrida sirvió para llenar la Plaza.

¿Y estaba todo? No. Estaba casi todo, porque nadie reparó en que en un espectáculo que se llama ‘los toros’, por lo primero que habría que empezar es por llevar toros a la plaza. O sea, que del Belén que decíamos más arriba, se les olvidó poner, precisamente, al Niño que está en la cuna, en este caso mal comparado, el pobre toro. Y si no hay toro, pues qué decir de todo lo demás.En ausencia del elemento primordial de la llamada ‘Fiesta brava’, lo que se puede suponer es que lo de Barcelona fue el aquelarre de costumbre, que, de forma natural, incluye esa bobada de la suerte de varas, espectáculo bárbaro, inmundo y prescindible en el que se maltrata innecesariamente a las mascotas que los coletas se traen bajo el brazo con el fin de luego poder machacarlas a base de derechazos fueracacho. Porque se debe saber que la finalidad del toreo que practican nuestros esforzados paladines de la libertad consiste en machacar a un pobre bicho a base de trapazos, trapazo va, trapazo viene, poniéndose muy serio, dándose un montón de importancia y marcando posturas para solaz de las damas y de algunos caballeros.

Yo, como es natural, no doy ni medio ardite por ese espectáculo final y travestido, y si los toros son eso, por mí que los prohíban mañana mismo. A uno le gustan los toreros machos y los toros de poder ¡qué se le va a hacer! Y por cierto, habría que echar mano de la hemeroteca para ver cuántos lustros hace que no se da en Barcelona una corrida de toros como es debido, con toros de verdad. A lo mejor el declive de la afición en Barcelona tiene algo que ver con eso, porque parece mentira a lo que hemos llegado, con lo bestia que era esa afición hace apenas cien años. Una pena.

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La tarde del sábado, en la sobremesa de las alubias con perdiz de Piedrabuena, hablábamos del posible resultado de las dos tardes de toros de la Ciudad Condal. Dábamos por seguras las dos orejas de July y de Manzanares y poníamos como cosa difícil el éxito de Morante, tan regordete el hombre y tan fuera de todo como anda. De Tomás teníamos claro que sus harekrisnas y el ambiente en general tratarían de darle dos orejas en su primero y lo que se pudiese encontrar en su segundo para remachar el triunfo, pero que lo importante era asegurarle la Puerta Grande en seguida. Apostábamos también por dos orejas para Serafín Marín en su segundo, toda la emoción a flor de piel en el último toro de la vieja Plaza, y por la nada -signo de su carrera- para Juanito Mora. No nos equivocamos en lo sustancial del asunto, pero la realidad supera las expectativas al menos en dos cosas enternecedoras. La una es lo del juampedro de regalo que convidó Morante en el que según dicen manaron los duendes negros del cante y demás parafernalia morantista a condición de que te creas lo que te cuentan y no hayas visto una sola imagen. La otra es lo de la alguacililla cortando el rabo de la res para dársela a Tomás por su cuenta, que también tiene su cosa graciosa, para que se vea hasta qué punto era imprescindible el rotundo triunfo por tierra, mar y aire de nuestro Comandante de Puesto favorito.

De toreo hoy no hablaremos, pero al decir de los revistosos, Tomás refundó su propio toreo por el sistema de presentar en la Monumental sus nuevas formas, concebidas ya como compendio del toreo contemporáneo. Es decir, que en Barcelona finaliza su viaje personal hacia la total y ya definitiva negación de cualquier ínfimo rastro que en él pudiera quedar de su estilo de aquel tiempo en que le admirábamos.
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(1) El nuevo toreo floreado y a compás abierto de José Tomás podría obedecer a una forma de renquear por la cogida de Aguas Calientes.
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