martes, 15 de noviembre de 2011

Carlos Albarrán 'El Buñolero', Chulo de toriles de Madrid Por José Ramón Márquez

El Buñolero, por Zuloaga

A Zuloaga debemos el relato, recogido por Cañabate, de las cuitas que le hacía pasar Currro Cúchares a Albarrán cuando le pedía que le trajese el estoque de descabellar:

- ¡Carlitos, dame la espá de descabellar! ¡Anda, deprisa, que si no este marrajo me va a dar que hacer!
- Y yo le llevaba la espá. Pero él, en lugar de venir a cogerla, no se separaba de la cara del toro.
- ¡Ven acá, Carlitos, que no te va a pasar ná, que estoy yo aquí para hacerte el quite si se fija en tus hechuras!
- Y yo iba con la espá. Y cuando me veía a su lao obligaba al toro a arrancarse y yo tiraba la espá y salía de naja, como usted supondrá. Y Cúchares se reía a más y mejor y el público también.

Carlos Albarrán 'El Buñolero'
Chulo de toriles de Madrid

José Ramón Márquez
Publicado en El Rastrillo Taurino, Septiembre 2011

Uno de los personajes más singulares en el Madrid Taurino del siglo XIX, cuya vida abarca los últimos años de la Plaza Vieja de la Puerta de Alcalá y muchos de los de la Plaza Nueva de la Fuente del Berro fue el chulo de toriles de ambos circos taurómacos, famosísimo personaje llamado Carlos Albarrán, más conocido por su apodo de ‘El Buñolero’, cuyo reinado sobre el cerrojo de la puerta de los chiqueros de Madrid abarcó desde el de Fernando VII hasta el de Afonso XII.
Había nacido en Madrid el 28 de noviembre de 1819, siendo bautizado en la parroquia de san Marcos. Durante sus años mozos practicó el oficio que le valió el apodo. A la edad de veinte años le contrataron en la plaza de la Puerta de Alcalá para arrastrar las tripas de los caballos y para entregar las banderillas a los toreros y ahí comenzó su relación con la plaza, que duraría hasta el fin de sus días. Antes había probado a ponerse delante de los toros, ajustándose como banderillero en las cuadrillas de principiantes capitaneadas por Gabriel Caballero, Patolas, y Manuel Vidales, el Pintor. Salía, según su propia confesión, algunas veces a poner banderillas a novillos embolados o en mojigangas, pero sea por miedo, por falta de facultades o por ambas cosas, decidió que aquello no era lo suyo y ‘cuando me percaté de que no servía pá torero, me agarré al cerrojo’

Sobre su estilo de banderillero, nos queda el relato del escritor Luis Pinto Casanovas, Marronazo, recogido por Cossío: “Era de ver las grandes ovaciones que recibía cuando entrando a parear, como disparado y sin fijar al morucho, ponía un gran par de banderillas en la arena, midiéndola alguna vez con su persona torera”.
Volvió brevemente a los buñuelos, a los que él llamaba ‘muñuelos’ y cuando, en 1843, se retiró de chulo de toriles el célebre mono Ramón Bonilla, Ramoncillo, tomó Carlitos Albarrán bajo su responsabilidad el cerrojo de los chiqueros para no soltarlo ya hasta su jubilación en 1903, tras sesenta años de servicio. Se dice que dio salida a más de dieciocho mil toros, que intervino en más de tres mil corridas y que fue testigo de la alternativa de ciento y un matadores de toros, desde Cúchares hasta Vicente Pastor.

Refiere don Antonio Cañabate que Carlitos Albarrán ‘recogía la llave al alguacilillo dándole un recorte con la montera con una gracia que a veces arrancaba una ovación. Y la puerta del toril la abría templándola para que el toro no se ofuscara con la rápida inundación de luz y saliera con toda su pujanza. Y en ocasiones el toro, de un testarazo, terminaba con la suavidad’

El Tato de una estocada arrancando.

Durante buena parte de su vida estuvo afincado en el barrio de Chamberí y después, ya anciano, en el de La Prosperidad. Tuvo diez hijos, de los que murieron seis, catorce nietos y dos biznietos. Él fue quien abrió la puerta para que saliesen a la arena los toros que acabaron con la vida de Pepete, de Llusío, de El Pollo, de El Espartero. Él soltó los toros a Desperdicios, a Cayetano Sanz, a Lavi, a Cúchares, a Cara Ancha, al Gordito, a Bocanegra, a Hermosilla, a Lagartijo, a Frascuelo. Todos a los que don Natalio Rivas llamó ‘Toreros del Romanticismo’ mataron los toros que les soltó el Buñolero, igual que los grandes picadores de esa época: Chola, el Naranjero, el Francés, los Calderones, Charpa, los Trigo, Chucho o Juaneca. Los menguados emolumentos que cobraba, se completaban con la generosidad de los toreros:

-Tato, Cúchares, Hermosilla... daban media onsa.

En la época en que D. José María Herreros fue Administrador de la Plaza de Madrid el Buñolero fue, además, su ordenanza, añadiendo ésa ocupación a la que ya venía desempeñando referente al reparto y fijación de carteles no solo de los relativos a las corridas a verificarse, sino también los avisos de la Empresa que se fijaban ‘en los sitios de costumbre’, en expresión de la época. Con este cometido obtenía también algunas gratificaciones en especie que le daban en los establecimientos de vinos en los que colocaba los carteles.



Se ocupó también junto con Antonio Box, Antoñeja, y El Medrano de la tarea de organizar mojigangas, funciones cómicas con novillos que, en los tres primeros tercios del siglo XIX, tuvieron gran éxito entre el público y cuyos títulos eran tan sonoros como: ‘El médico y el enfermo’, ‘Congreso de gitanos’, '


El mayor percance de su vida ‘torera’ lo sufrió el día 1 de julio de 1860 en la Plaza de la Puerta de Alcalá. Se lidiaron esa tarde cuatro toros de don Vicente Martínez y otros cuatro del señor Marqués de Saltillo. Uno de los Saltillo, el toro Tejón, negro bragado y corniabierto, saltó al callejón cerca de la puerta de Madrid, próximo al sitio donde estaba el Buñolero, tomando viaje hacia él. Ante la imposibilidad de resguardarse, trató de huir subiéndose al tendido 1, pero cuando estaba agarrado a las maromas para trepar, el bicho hizo por él y lo derribó. De todo lo que le podía haber hecho, sólo le ocasionó la rotura del brazo izquierdo en el tercio superior, de la que tardó bastante en curar. Al toro lo liquidó
El día 14 de junio de 1896 tuvo el honor de franquear la puerta a un tocayo suyo, el toro Buñolero, número 44, de Ibarra, negro zaino y delantero de cuerna a quien Ricardo Torres Bombita se encargó de enviar al otro mundo.
También hizo Carlitos sus pinitos en la escena. Fue contratado junto con El Medrano para intervenir en el estreno de “El padrino del nene o todo por el arte”, sainete cómico con música de Manuel Fernández Caballero y letra de Julián Romea, en el que interpretó su propio papel. El estreno tuvo lugar el día el día 29 de noviembre de 1896 en el Teatro de la Zarzuela con gran éxito. En ‘El Liberal’ firma la crítica ‘Desde la barrera’, al estilo de las críticas taurinas, el mismísimo Don Modesto, don José de la Loma.
Gozó de la amistad de Ignacio Zuloaga, el Pintor, que le retrató en 1901, cuando el torilero contaba la edad de ochenta y dos años, con el traje de luces que se ponía para las corridas, con más años que él, negro y con el oro de una tonalidad ‘que daba gusto pintarlo’.

A lo largo del tiempo su sueldo fue cambiando desde los 20 reales por corrida de sus principios hasta los tres duros, la mitad de esa cantidad en las novilladas, de sus últimos tiempos. Fue un hombre dulce y afable que mantuvo a su innumerable prole con sus menguados ingresos y que no duda en aportar 20 reales de vellón, su sueldo entero, en la media corrida extraordinaria celebrada el 24 de octubre de 1865 a beneficio de los pobres coléricos de Madrid.

En la corrida celebrada el día 2 de agosto de 1903 descorrió por última vez el cerrojo del chiquero. El último animal al que franqueó la salida al ruedo fue el novillo Chimeneo, de don Antonio Guerra, de Córdoba, berrendo en negro, botinero y delantero de pitones, que mató Manuel García, Revertito, por cogida de Emilio Soler, Canario al recibir de capa a su primero. En la siguiente corrida que se celebró, el día 9 de agosto, recogió las llaves del toril de manos del alguacilillo, pero ya no abrió el portón. En atención a sus largos años de servicio se le mantuvo de por vida su estipendio, que siguió cobrando regularmente al día siguiente de cada corrida. Su sustituto fue el puntillero y jefe de monosabios Antonio Sierra. Falleció en Madrid a las cinco de la mañana del día 27 de febrero de 1910, a los noventa años y tres meses de edad.
A la vuelta de la esquina están ya José y Juan. Con ellos llega el toreo moderno.
Vía: Festivales de EspañaLas lavanderas del Manzanares' o ‘Los gallegos toreros’ Antes había sido también el encargado de conducir las traíllas de perros con que se azuzaba a los toros mansos y de utilizar la media luna para desjarretar los toros que no podían ser muertos a estoque por su matador y, cuando se abolió tal práctica, se encargó de exhibirla desde la barrera en símbolo de que el matador de turno no había podido acabar con la vida del toro, equivalente a lo que en nuestros días sería el tercer aviso[1].

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