viernes, 17 de febrero de 2012

La ganadería de toros de lidia y su importancia en la naturaleza y el medio ambiente / Marcos Antonio Garfías

Diego Silveti durante un tentadero en su tierra natal

Ponencia del ganadero mexicano Marco Antonio Garfias.
La ganadería de toros de lidia y su importancia en la naturaleza y el medio ambiente

El curso del II Coloquio Internacional "La fiesta de los toros: Un patrimonio cultural inmaterial compartido", que se ha celebrado en la ciudad mexicana de Tlaxcala, el ganadero Marco Antonio Garfias presentó una ponencia acerca de la importancia del toro de lidia en la preservación del medio ambiente y la naturaleza. La ponencia, titulada "La evolución de la ganadería de toros de lidia y su importancia en la preservación de la naturaleza y el medio ambiente", aborda una tesis conocida y compartida por todos los criadores. Sin embargo, esta ponencia nos permite acercarnos a la explicitación que de este punto de vista se hace en México, segundo país en importancia en cuanto se refiere a la cabaña de bravo.
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Arq. Marco Antonio Grafias de los Santos

La Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO, celebrada en París, Francia, en el año de 2003, significó la aprobación unánime por todos los representantes de los países participantes en la salvaguarda de las manifestaciones culturales de carácter inmaterial, como muestras intangibles del talento y de las tradiciones humanas, siendo una oportunidad para proteger, preservar y defender la fiesta taurina por constituir un patrimonio cultural con características especiales, que ha contribuido a la creación de toda una parafernalia alrededor del toro de lidia, que además de constituir un acto ritual espectacular, ha sido fuente de inspiración para todas las artes incluyendo literatura, danza, pintura, escultura, fotografía, arquitectura y cinematografía, contribuyendo a consolidar el sentimiento de identidad y a conservar el entorno ambiental donde se cría y se desarrolla el toro de lidia.

Esta fiesta única ha subsistido y evolucionado desde sus orígenes míticos en la cultura mediterránea hasta el toreo actual, llega al “nuevo mundo” durante la época virreinal como llegó el idioma, la religión y la cultura de España, y adquiere tradición y arraigo en la época independiente, tomando cartas de identidad propia y esplendor en el siglo pasado en México, por lo que representa un patrimonio cultural que es necesario salvaguardar y proteger por constituir un espectáculo que proporciona sensaciones y vivencias que pueden llegar a ser indescriptibles y tocar las fibras más íntimas y sensibles del espectador, además de proporcionar trabajo a una gran cantidad de personas que colaboran en la organización de la fiesta y en la preservación y el cuidado del campo bravo y del toro de lidia.

Una de las razones principales de la permanencia de la fiesta es la supervivencia del toro de lidia, especie animal que subsiste gracias a la fiesta brava y que juega un papel preponderante al interactuar con el ser humano, para crear un espectáculo único y excepcional que rememora el culto al dios-toro, que tiene sus raíces profundas en la cultura del mar Egeo, donde todavía se conservan tradiciones ancestrales en la isla de Lesbos, Grecia, donde se elige cada año al mejor toro de la isla y se le alimenta especialmente durante todo un año, para llegado el momento adornarlo con guirnaldas de flores y ser conducido a donde es sacrificado en público, distribuyendo su carne en comunión entre los asistentes.

El toro de lidia posee características genéticas específicas de acometividad y bravura desde antes de su nacimiento, identificándolo como un animal especial; como dice el filósofo Francis Wolff: “el toro de combate es el único animal doméstico que para satisfacer las finalidades humanas para las que ha sido criado necesita que no se le domestique. Ha de ser criado lo más «naturalmente» posible”.

El toro de lidia vive además en total libertad por más de cuatro años con una gran calidad de vida; más del doble que los novillos de otras razas de carne dedicados a engorde, que mueren a una edad temprana, los cuales son castrados y confinados a corrales, sin libertad de movimiento, por aproximadamente noventa días, tiempo en que son cebados y mandados al rastro para ser descabellados y desollados al instante; a esta misma edad un novillo bravo es llevado del campo a la plaza de tienta de la ganadería para su examen, en donde se prueba su bravura ante el caballo y su comportamiento en las “colleras”, que es la forma como entre dos personas a cuerpo limpio, con una rama en la mano, pueden proceder a retirarlo del caballo sin torearlo; acción que constituye, sin duda, una tarea difícil de apreciación para un ganadero de bravo, para calificar el grado de bravura y calidad en la embestida del eral. Las vaquillas son tentadas toreándose, para percibir las condiciones especiales de su desempeño y de acuerdo a las características que se hayan detectado, poder decidir su destino final como madres, apareándose con un determinado semental.

En esta selección previa de novillos y vaquillas de lidia se deben tener en cuenta: la conformación física, la línea genética (padres, abuelos, etc.) y ciertas condiciones de comportamiento y proceder que son muy importantes de percibir y registrar en una tienta: su temperamento, su bravura, su docilidad y su clase, la aptitud para humillar a la hora de tomar el engaño, que embista con son (o ritmo), que sea emotivo y “transmita”, que no salga suelto o con tendencia de irse a las tablas, que repita con largo recorrido, estando fijo en el engaño.

Con base en esta selección previa es que el ganadero de lidia ha logrado a lo largo de los años una evolución en la embestida del toro: de áspero y brusco a un toro con las cualidades necesarias para la interpretación del toreo actual, sin perder su bravura y acometividad.

La evolución de la cría del toro de lidia en México se debe a la selección que se ha logrado llevar a cabo por varias generaciones de ganaderos que importaron, durante el siglo pasado, vacas y sementales desde España, que lograron mejorar notablemente la ganadería brava.

Destaca dentro de estos ganaderos Don Antonio Llaguno González, quien fundó en 1899 con su hermano Don Julián la ganadería de San Mateo, con vacas criollas.

Después de varias corridas que resultaron un fracaso, en el año 1908, con el consejo e intermediación del matador español Ricardo Torres “Bombita”, adquiere de la ganadería del Marqués de Saltillo en España, las primeras cinco vacas y dos sementales de lidia, para posteriormente adquirir en el año de 1911 diez vacas más de la misma procedencia.

Don Antonio fue de los primeros en México en sistematizar y practicar las técnicas genéticas y el registro en libros del ganado bravo a partir de las teorías de las leyes de la herencia del padre Gregor Mendel, publicadas en 1865, las cuales influyeron en el método empleado para que a partir de un puñado de dieciséis vacas y dos sementales importados desde España, se pudieran seleccionar básicamente tres ramas o razas con características definidas, que han servido para la conformación actual, en los últimos cincuenta años, de la mayoría de grandes encastes de ganado bravo mexicano. Don Antonio, en un momento dado, recurrió a la consanguinidad para poder fijar ciertos caracteres genéticos que le permitieron lograr inmortalizar grandes sementales: “Vidriero”, “Conejo” y el legendario “Guantero”, que han pasado a la posteridad como especímenes base de la ganadería mexicana para lograr una gran descendencia que ha permitido inmortalizar muchas de las grandes faenas de la fiesta en México.

Con la materia prima de calidad del toro mexicano, hacia los años cuarenta del siglo pasado se inicia la época de oro del toreo en México, en la cual se consolida la fiesta taurina en nuestro país.

La interpretación a la que se ha llegado en el toreo contemporáneo no es sólo producto de la evolución del toro, sino también de la transformación de la práctica depurada de la lidia moderna, la cual produjo una auténtica revolución en la interpretación del toreo, inaugurada en España, a principios del siglo XX, por José Gómez Ortega “Joselito”, Juan Belmonte y Rodolfo Gaona, quienes sentaron las bases para lo que surgiría años después en nuestro país, cuando se inicia la época de oro del toreo mexicano, consolidando la forma personal de interpretar el toreo, con diestros que han formado dinastías: los Silveti, los Armilla, los Garza, los Pérez, los Solórzano, los Rivera, los Arruza y, por supuesto, el Ranchero Aguilar, Manolo Martínez, entre muchos otros, quienes dieron la pelea al mismo nivel que los mejores diestros españoles del momento, y salvo la crisis de las últimas décadas por la falta de nuevos valores, se empieza a vislumbrar una nueva época de auge con la reciente aparición de jóvenes valores, en donde las escuelas taurinas han tenido un papel preponderante para el resurgimiento de la fiesta en México.

La ganadería de toro de lidia representa una actividad muy importante en la preservación del medio ambiente de cada región donde está ubicada, conservando las condiciones naturales originales sin cambiar el uso de suelo, protegiendo la vegetación endémica y preservando la fauna silvestre existente, dándole sustentabilidad permanente a su vocación natural como agostadero, llevando a cabo prácticas de conservación como el sistema de rotación de potreros, que hacen más eficientes la producción de pastos, invirtiendo en obras de infraestructura especiales y necesarias como cercas, abrevaderos y saladeros (con sal adicionada con minerales) localizados estratégicamente para conducir al ganado a sitios poco frecuentados.

Para lograr el estricto control genético del hato se debe contar con potreros subdivididos donde se puedan mantener de 35 a 40 vacas, cuando menos durante la temporada cuando hay buenos pastos, que es de julio a diciembre, época en que se padrean los sementales, y así tener la certeza en el registro que se lleva para determinar qué cría es de determinado semental.

El 85% de las ganaderías de bravo está en terrenos de agostadero ubicados en la zona semiárida del centro de México, donde una preocupación en el pasado año fue la escasísima precipitación pluvial que se presentó (de un 5 a un 10% del promedio anual), la cual nos tiene afrontando una situación de crisis sin precedente a todos los que vivimos del campo, por lo que se está teniendo que recurrir a la alimentación suplementaria del ganado, además de la transportación y reparto de agua en pipas a los abrevaderos.

La explotación irracional de los recursos naturales ha llevado a culturas completas a su desaparición, lo cual nos demuestra que se requiere de una consciencia colectiva que propicie una explotación racional y equilibrada, implementando un manejo “holístico” de los agostaderos, en los cuales se establezcan alternativas integrales de explotación sustentable con un equilibrio entre la flora, la fauna y los recursos minerales, además del monitoreo constante de los agostaderos. Desgraciadamente, estas condiciones son difíciles de implementar en los predios de propiedad colectiva del área semidesértica del altiplano, donde se practica, por lo general, una ganadería extensiva, la cual resulta perjudicial a largo plazo. Es necesario incrementar las medidas efectivas por parte del gobierno para su regeneración y reforestación con programas de ajuste, limitando la carga animal de los potreros.

En la actualidad es normal apreciar en esta zona grandes extensiones, carentes de cercos e infraestructura ganadera, muchísimas abiertas al cultivo, las cuales están expuestas a la erosión pluvial y eólica que está provocando que la frontera de la desertificación vaya ganando terreno, tardando decenas de años en volverse a repoblar de pastos cuando se regeneran.

A partir de hace cerca de veinte años, el gobierno ha empezado a tomar medidas para revertir la tenencia de la tierra de uso agrícola de propiedad social, aplicando programas como el PROCEDE, que otorga en propiedad la tierra ejidal que anteriormente pertenecía a la nación, y subsidiando acciones de reforestación, conservación de suelos y reforestación de la vegetación endémica de la región en todos los agostaderos, cuyos resultados, por experiencia personal, pueden tardar muchos lustros en restablecerse.

Es necesario que el uso de la práctica racional y sustentable se generalice con el ejemplo en otras explotaciones de propiedad particular y colectiva, siendo la forma como la ganadería de toros de lidia contribuye de manera fundamental a poner el ejemplo en la práctica del uso racional del campo para su conservación y mejoramiento, con un clima cada día más atípico, extremoso, irregular e impredecible.

En el caso de mi experiencia personal, como ganaderos de bravo hemos podido conservar por más de sesenta años el estado de los potreros como agostaderos con toda su vegetación original, conservándose actualmente como una de las pocas reservas forestales, con distintas variedades de Nopal (opuntia), al centro de lo que se denominó el “Gran Tunal” en el altiplano central de México, lugar donde se refugiaban los indígenas nómadas chichimecas en la temporada de producción de la tuna (fruto del nopal) desde tiempos prehispánicos.

Por último, la fiesta de los toros es un espectáculo excepcional que está profundamente arraigado en el gusto y la sensibilidad de nuestra sociedad, donde el espectador, con algo de suerte viendo torear a Morante de la Puebla, puede presenciar un ritual donde interactúan un ser humano y un animal salvaje en un ensamble mágico, pleno de colorido, belleza, valor, destreza y arte, en que el tiempo se dilata por momentos al grado de que pareciera que lo estamos soñando y que admiramos extasiados cómo un ángel bajado del cielo, vestido de luces borda el toreo, con maestría, sensibilidad y lentitud eterna, algo tan real como surrealista, tan fugaz como perdurable, que permanece por siempre en la memoria colectiva.

Muchas gracias.

Tlaxcala, enero de 2012
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