viernes, 25 de mayo de 2012

MADRID: 14ª de Feria. ¡La Virgen de Guadalupe! / Por José Ramón Márquez

 

La Virgen de Guadalupe en el capotillo de Diego Silvetti

¡La Virgen de Guadalupe!

José Ramón Márquez

Lo bueno que tiene esto es que hoy te vas a Las Ventas, después del atracón de arte y de cultura de ayer, y  lo de hoy te parece un corridón. ¡Qué toros, los Cuvis!, que a esos no hay que decirles ¡Ehe, toro! para que se arranquen, que a esos lo que hay que decirles es  ‘cuvi, cuvi, cuvi...’ como cuando echas de comer a las gallinitas, pitas, pitas.

Si lo de ayer fue un bromazo tremendo el que se pegaron a costa del sufrido público, lo de hoy no le fue a la zaga. Ayer la lió el gordito de la Puebla, el michelín que escacharra los pelucos, que entre el aceite que llevaba en la cabeza, como para llenar una churrera, y el que hacía perder a sus más denodados y blandos seguidores, convertía lo de andar por los pasillos de la Plaza en deporte de alto riesgo, por lo escurridizo del piso. Luego resulta que se medio pegó el gordete con Lozano por un quítame allá unos quites, que la verdad sea dicho, desde la localidad ni nos enteramos, aunque siempre andamos mirando todo lo que pasa por aquí y por allá. La sangre al parecer no llegó al río, pero, desde luego, si el Lozano le da una colleja al Arbuckle del arte y la cultura, se le habría escurrido la mano sólo del litro y medio de aceitazo que llevaba el tío untado en el pelo, que se unta eso porque le habrán dicho que con eso la cosa queda mucho más artycultura.

Si el ganado de ayer fue una basura inmunda a la que cuesta una barbaridad llamar corrida de toros, a lo de hoy le pasa casi lo mismo. Puestos a buscar algo positivo podemos señalar que, al menos, este año salieron al ruedo seis de la divisa anunciada, y no como el año anterior, que sólo salieron dos yuntas; luego, como echaron a dos por deficiencia zootécnica notable, resulta que al final se lidiaron los mismos del año anterior: dos yuntas, que es la medida de Cuvi para Madrid. Sobre lo de los aprobados y los suspensos, ahora que andamos en época de exámenes, bien es verdad que con las mismas razones que la ciencia veterinaria admitió la zootecnia de los seis infelices cuvis que hoy pisaron la arena de Madrid, podría haberlos mandado de vuelta al Grullo, que hay que ver la corrida que aprobaron las eminencias de la morfología y, sobre todo, compararlo dentro de poco con lo estrechos y lo zootécnicos que se van a poner nada más que aparezcan en los dominios del Ilmo. Sr. D. Florito los ganaderos que ya nos sabemos.

Hoy no debía ser la cosa de mucha cultura porque no vinieron a la andanada ni Don Fernando ni su Crispín, que ellos son quienes nos dan, con su sola presencia, la medida de la artycultura de cada tarde. A cambio tuvimos la fortuna de estar junto a un anónimo aficionado mexicano de buen juicio y de gran educación que tampoco veía nada claro lo del arte y la cultura, que a veces se tiene suerte con la gente que aparece por la andanada.

En la compañía se tuvo suerte, pero ahí se acabó la racha, porque ni Castella, ni Luque -cuyo padre me invitó a un café en cierta ocasión-, ni Diego Silvetti, ni sus cuadrillas, ni sus picadores consiguieron hoy ponernos en pie. Hay que decir que el anónimo mexicano me explicó que la cornada de Castella del otro día no era una cornada sino que se clavó el estoque en la violencia del golpazo, y que por eso la sangre dejó de manar tan pronto, que si le mete el cuerno hoy no habría estado en Madrid. Me dijo que había fotos en Internet en las que esto se veía perfectamente. Como muchos espectadores no tienen tan buena información como mi nuevo y fugaz amigo, le recibieron al torero con una buena ovación llena de sensibilidad y educación en homenaje a la falsa cornada o autopuñalada.

Castella hizo lo único reseñable de la tarde en el inicio de la faena de muleta a su segundo, al que recibió con las ya clásicas pedresinas y luego siguió haciendo un cambio de mano, la trincherilla, el pase del desprecio y un pase de pecho, y como en seguida el toro se le viene, resuelve con gracia con un molinete y uno por bajo. Una fantasía en los medios, que cosecha sinceros aplausos. Luego, cuando hay que ponerse a torear, pues ya estuvo en lo de todos, en lo de siempre, que ya es cansino volver a poner lo mismo casi todos los días. Si a ese segundo, que no se paraba, le llega a matar, revienta la Plaza, que era digno de verse cómo bramaba la gente, porque la clave era que el tontibobo de Fusilero, número 49, no cesaba de regalar sus embestiditas de imbécil a Castella y ya se sabe que toro en movimiento es igual a bramido de gusto, que a lo mejor está cambiando el concepto y cuatro indocumentados no nos hemos enterado de que ahora torear consiste en todo ese mareante ir y venir sin ton ni son del toro y en el circular invertido, que no faltó. Cuando el Castella se fue a por el estoque, el toro estaba tan fresco como para volver a empezar la faena, y le quedaban lo menos veinte tandas más, porque esta nueva forma de toreo debe ser algo así como el pilates ese, que haces ejercicio, pero no te cansas, o lo que sea.
 
Luque es un torero malísimo y sin el más mínimo interés. Le hemos visto mil veces sin haber ido a verle a él ni una sola. Una temporada en Madrid, si no recuerdo mal, mató catorce toros, y ni saludó una sola vez desde el tercio. Los revistosos le cantan su capote y es verdad que lleva un pedazo de capote que  si lo ve Gárgoris Dragó, se hace con él otra carpa. Con el capote yo no le he visto jamás hacer nada distinto a lo que yo mismo hubiese podido hacer, salvo acaso, un par de verónicas en Sevilla en San Miguel. Hastío total de Luque en sus dos toros y la tauromaquia igual a la de todos por bandera. No sé cuándo vuelve a Las Ventas, pero me temo que pronto.

Diego Silvetti es torero de dinastía y su padre fue un torero de un gran valor. Por eso no se entiende que el hijo se venga a doctorar con los cuvis, que es como un  doctorado en la Universidad de La Laguna. No hizo nada y no dijo nada, y me guardaré una cosa fea que hizo y no la diré en homenaje a mi anónimo compañero mexicano de la andanada, por la ilusión que me hizo escuchar su acento, tan musical.
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