miércoles, 16 de mayo de 2012

MADRID: 6ª Feria: Orgía de Arte y Cultura / Por José Ramón Márquez


Julito Aparicio currándose el "nicho" currista de la almohadilla
Y es que, como dijo Miguel Muñoz, de jamón también se harta uno


Orgía de Arte y Cultura

José Ramón Márquez

Madrid, 15/05/2012.-
Hoy, el patrón de los madriles, el querido San Isidro, y como homenaje a su imborrable memoria, la empresa, que está en todo, nos obsequió solícita con la presencia en el ruedo de los primos de los bueyes de don Iván de Vargas. Antes, la gente elegante se había pegado un agasajo postinero con la crema de la intelectualidad bajo la carpa de la cultura, la carpa del carpe diem, la carpa de Gárgoris Dragó, que está dispuesto a llenarla a golpe de talonario con cualquier conferenciante que se deje y que le diga que, por lo menos, ha ido una vez a una plaza de toros. Ahí, en la carpa aquella, se ha ido formando una simpática y familiar coyunda entre los del diario El Mundo y los peperos de diversos encastes, todos a una para enaltecer como se debe a la cosa cultural que, como me decía un hispanista norteamericano el otro día en Valencia, esto de los toros sólo se puede defender desde la cultura, a lo que yo le respondí que me parecía de perlas eso, pero que yo creo que esto se defiende muchísimo mejor lo primero con toros y después con las invenciones que se les vayan ocurriendo. Conversaciones de carpa, tristes carpeos, en fin, que, como dijo el clásico ‘Carpas, qué lugares’.

Hoy nos echan los susodichos toros de El Ventorrillo, con todo lo que eso significa. Dicen ’procedencia juampedro’ y digo yo que cuando Juan Pedro, desde el otro mundo, haya visto lo que hacen con su procedencia se habrá llevado un disgusto padre, porque no puede ser que dediques tu vida de ganadero a lo de crear el toro artista, el toro armónico, el toro de diseño, y al cabo de unos años salgan esos escuerzos con esos tiparracos, con esas cabezas, que en vez de un encierro aquello parecía una redada, con esos mastuerzos, esos sacos de descaste, de mansedumbre, esos bichos totalmente sacados del tipo, negación palmaria de lo que es el trapío, que no tiene nada que ver con el peso. Puede ser que el Chief Executive Officer (CEO) de Edificaciones Tifán S.L., que son los propietarios de este Ventorrillo, no esté poniendo, con esto de la crisis, toda su atención en los tentaderos; puede que al hombre se le hayan mezclado las notas de los impagados con las de las becerras o que se le haya combinado la presentación del power point para la Junta de Accionistas con las líneas y las familias y se haya liado un desbarajuste morrocotudo. Algo debe haber pasado en El Ventorrillo para que lo que por su origen debería ser bajo de agujas, de encornaduras poco exageradas, de cuello largo y pecho poco ancho, se haya transmutado en un batiburrillo de animales de su padre y de su madre, que es difícil saber a cuál dar el premio de consolación al más feo.

De los seis Ventorrillos, el primero se quedó inédito por lo que luego se verá, el segundo fue un compendio enciclopédico de mansedumbre, el tercero no pasaba y tiraba unos derrotes de quitar el hipo, el cuarto aguantó como un titán el más salvaje tercio de varas de lo que llevamos de temporada en Madrid, el quinto reiteró los argumentos de mansedumbre de su supuesto hermano, en un grado algo menor, y el sexto embistió a cabezazos y miraba más que un voyeur en una cabina.

Para dar fin de los pupilos de Tifán S.L. se encartelaron Julito Aparicio, Curro Díaz y Eduardo Gallo.

Julito Aparicio es cada vez más Julito y cada vez menos Aparicio. Es difícil practicar la rechifla con un torero que ha firmado una de las mejores faenas de la historia de Las Ventas, como hicieron los que le saludaron con una cerrada ovación al acabar el paseo y le despidieron a almohadillazos, aunque eso no es nada nuevo, que hace dos mil y pico años al Señor le recibieron en Jerusalén con palmas y ramos de olivo y a los cuatro días lo clavaron a un madero. Con respecto a Julito, lo piadoso es decir que Julito no está para torear, lo inconveniente es decir que es un torero que nunca molesta en un cartel, lo práctico es señalar que a lo mejor hoy ha encontrado un camino de broncas y almohadillazos que le permita seguir un tiempo en esto, y lo decente es decir que no se puede hacer una dejación absoluta de las funciones que tiene encomendadas durante la lidia de sus toros y de los otros. A la muerte del primero y a la vista de lo poco cultural que había sido la cosa, la señora alcaldesa y unos zascandiles que la suelen acompañar abandonaron su palco.

Curro Díaz se vio frente a dos bueyes y no pudo dejar a la concurrencia ni un sólo átomo de su clase y de su finura. No es torero de pelea y se desesperó persiguiendo a sus bueyes por el redondel. Antiguamente se cruzaban apuestas entre los aficionados, usando al toro como bola de ruleta, sobre el tendido en que este doblaría; hoy en los dos de Curro Díaz la ruleta estaba amañada, pues para ellos la puerta de chiqueros era el mágico agujero por el que los infelices bueyes pensaban que podrían volver a los prados de Los Yébenes.

Gallo vuelve a Madrid con una gran decisión, que el público le reconoce. Era su primero un toro que embestía a oleadas, levantando la cabeza y parándose. En toda su faena a ese toro, Gallo quiso siempre mantenerse firme, recibiendo dos aviesos recados de parte del malhadado Cervato, número 74. En su segundo, un toro que embestía a cabezazos, que miraba más de la cuenta, que a la primera de cambio se quería ir suelto y que se paraba en el centro de la suerte, planteó con toda lógica la faena más por fuera, con buena disposición. Mantiene su cartel. Lo mismo que el domingo día 6 Gallo brindó un toro a un calé, hoy brindó otro a un ministro.

Fue el tercio de varas hoy algo más variado que lo que es cada día. El primero de la tarde derribó con estrépito el penco que montaba Jesús Vicente, infiriéndole una buena cornada al aleluya; se creó entonces, entre que se retiraba ese caballo y salía el reserva, una gran confusión, con los monos haciendo de recortadores y citando al toro, sin que los del plumero en la cabeza ni el delegado de la autoridad dijesen nada, aparentemente. Luego, en el cuarto, David Prados le arreó al toro lo que no está en los escritos, el animal tomó dos tremendas varas con la cabeza metida debajo del peto y sin cesar de empujar, llevando al penco desde el tendido 4 hasta el 7 mientras el picador se ensañaba en castigar fortísimamente al toro, que hizo una gran pelea, aunque la finalidad del picador fuese sólo la de acabar con el toro, cosa que no consiguió; en ese toro, con las banderillas, Ángel Otero, cuerpo de peón en una estampa de La Lidia, estuvo muy torero en sus dos cuarteos. En el tercero, José Ney Zambrano puso dos buenas varas, en la primera agarrando muy bien al toro y midiendo el castigo y en la segunda, en la que el toro se le viene de largo y le hace un regate, le enganchó a la perfección y le sujetó con majeza y torería.

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