sábado, 22 de junio de 2013

Sobremesa con César Rincón en Casa Salvador / Por Ignacio Ruiz Quintano



Sobremesa en Casa Salvador

Ignacio Ruiz Quintano

Abc

Madrid, 23/06/2013.-
En la vida de uno, cuando más parece que las cosas que importan se apagan, hay un regalo caído del cielo que hace que la luz vuelva.

Me ocurre con Alberto Salcedo Ramos en el periodismo, y en el toreo, en su día, me ocurrió con César Rincón.
Se me pone el vello de puntas –dice, abrumado, Rincón, porque le decimos que, para nosotros, él nos vino como un regalo del cielo.

Estamos de sobremesa en Casa Salvador, sobrevolados por los fantasmas de toda la historia del toreo en perpetua consumación fotográfica: el amor y la muerte abrazados por la cinturilla de un haz de luz.

El secreto está en la luz.

Colombiano como Rincón, Alberto tiene dicho que el entrenamiento de un escritor del Caribe consiste en aprender a encerrarse (“en lograr escondérsele a la luz”), y se ufana como escritor de conservar las ganas de agarrar al toro por los cachos, espoleado por un dicho de Hemingway que llamó su atención: “La distancia entre el toro y el torero es inversamente proporcional al dinero que el torero tiene en el banco”.
Pero es que Hemingway no conoció a un torero de la pureza de Rincón, cuya grandeza de época fue que jamás se movió del sitio.

–Se torea desde la esquina o se torea desde en medio de la calle, esperando al tranvía. A mí siempre me tocó estar en medio de la calle.

Es muy emocionante ver a este hombre, que fue un león en el ruedo, explicar, tan educado y pulcro, lo que va de un toro que se viene solo a otro al que hay que llamar en la distancia sin saber qué caso hará del trapo rojo.

La hombría era Rincón delante de un toro arrancado.

Pero en este mundo nuevo lo mismo te sale, como le salió a este hombre en el nuevo aeropuerto de Bogotá, un fanático "engagé" de la secta nueva que te aborda (“¿Es usted César Rincón?”) para injuriarte (“Pues sepa que es un asesino”).

Bogotá (nueve millones de habitantes, dos mil homicidios anuales), donde los muertos son “occisos”, y los charcos de sangre, “lagos hemáticos”.

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