domingo, 20 de abril de 2014

El toro y el piano / Por Antonio Caballero





La pluma invitada
El toro y el piano

Remitido de Rubén D. Villafraz
He dicho muchas veces aquí -porque uno se repite: no es como el río de Heráclito, que es siempre un río distinto- que en el toreo todo se repite. Porque -más o menos- ya está inventado todo. Las suertes, las variaciones sobre las suertes, las interpretaciones de las diversas variaciones de las diferentes suertes. El toreo evoluciona, claro está, porque está vivo. Pero ya está inventado.

Lo que está todavía sin inventar es el instrumento con el que se toree. Es decir, el toro.

Porque el instrumento que se una para torear no son los trastos, como pudiera pensarse a la ligera: capote, muleta, estoque. Estos son simplemente prótesis, prolongaciones del cuerpo del artista, comparables, digamos, a la uña postiza o a la púa de cuerno o de metal que usan algunos guitarristas, o al arco del violín. Se puede torear sin muleta: como con un sombrero. Domingo Ortega fue explícito: se torea con la palma de la mano. Y también con todo, claro: también lo he dicho aquí muchas veces. He visto a Manzanares padre torear de tal manera que lo hacía hasta con los pliegues plisados de la camisa de encajes. Es concebible incluso que se pueda matar al toro con la mano desnuda. No sólo fingidamente, como se hace cuando se concede el indulto. Sino de verdad, con un limpio y seco golpe del filo de la mano semejante al que dan los karatecas para partir un ladrillo. Los trastos, pues, no son más que trastos: utensilios, herramientas. Cosas inútiles. Vean ustedes lo que es un capote colgado en el filo de la barrera, por primorosamente plegado y planchado que esté, antes de la corrida, en el tendido de capotes. O una muleta arrancada de la mano del matador, tirada en la arena: una mancha mate y muerta. Cosas muertas. 

El instrumento que toca el torero es el toro, como el instrumento que toca el pianista es el piano. Pero el piano está perfectamente inventado ya. No creo que sea perfeccionable. Ha evolucionado, claro, y en poco se parece un piano de cola de hoy a una espineta del siglo VII o a un pianoforte, un hammerflugel de martillos metálicos como los que tocaba Beethoven o Schubert. Para mejorar el piano actual sería necesario inventar otro instrumento, tan distinto de él como puede ser la guitarra eléctrica de doce cuerdas de la guitarra "seca" clásica. Y ya no sería un piano. 

También ha evolucionado el toro, de acuerdo. Pero no estoy seguro de que haya mejorado, aunque hay quienes sostienen (ganaderos y críticos) que hoy es mejor que nunca. Se habla de la mayor "toreabilidad" de uno u otro encaste del toro moderno, como si entre músicos se hablara de la "pianabilidad" de las distintas marcas de pianos: el Pleyel, el Seinway, el Yamaha que tiene nombre de electrodoméstico y recuerda la definición que le dio Rafael de Paula a un periodista que le preguntaba la técnica de su toreo; ¿yo técnica? "Técnica es lo que tiene el hombre que viene a arreglar la lavadora". El toro ha evolucionado, claro, en función del toreo, y de los públicos. Y no creo que un "victorino" de hoy se parezca mucho a un "saltillo" de Marqués del Saltillo, que fue el fundador del encaste, aunque la estructura general sea la misma: cuatro patas, dos cuernos y un rabo. Sin embargo no es eso a lo que me refiero, sino al hecho de que, como dicen a veces -como repiten siempre- los toreros, "cada toro es un mundo". Cosa que no sucede con los pianos. 

Sale un pianista al escenario de una sala de conciertos, saluda al público con una leve inclinación, y se sienta a tocar. Tiene un piano delante. Puede ser un Gaveau, o un Fischer, o un Yamaha con nombre de lavadora, pero es un piano. Sale en cambio un torero a la plaza, y por muy bien que conozca la ganadería anunciada y los caprichos de su encaste, y aunque con gran detalle le haya descrito su peón de confianza lo que vio por la mañana en el sorteo, no sabe nunca con qué se va a encontrar, con quien va a vérselas. Es como si cuando el pianista se asoma resuelto a interpretar, qué sé yo, una sonata para piano de Beethoven que se sabe de memoria, se topara con un piano radicalmente distinto del de la víspera. Uno con más teclas, o con menos teclas, o con forma de pandereta, o con sonido de trombón. O sin sonido, o con apenas un zumbido como el de una rueca de hilar. O, en vez de un piano, con una pelota de playa. O solamente con la baquetita, y sin piano. 

A los toreros eso les pasa a diario.

Alguna vez se atrevió Domingo Ortega, torero y ganadero, a aventurar la opinión herética de que el toro bravo no existe ni ha existido nunca. Y de que sería bueno para la salud de la fiesta brava buscar otro animal más susceptible de ser toreado. Una especie de piano. 

El problema reside en que el toro, a diferencia del piano, no se puede inventar. Porque está vivo. 

ANTONIO CABALLERO - 6Toros6 - No.795



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