lunes, 29 de febrero de 2016

LA RIQUEZA DEL TORERO /por Antolín Castro


Frascuelo representa la riqueza de la que hablamos
 o como se le ve en sus fotos

"...No interpretan, ni aspiran, en su profesión a mandar en nada y en nadie que no sea el toro, ese es su mayor anhelo. El toro y su toreo son las únicas columnas donde basarse para llegar al aficionado..."


LA RIQUEZA DEL TORERO

Cuando muchos miden el éxito, el triunfo, en base a lo que gana o acumula un torero, o toreros, hay otros, no tantos, pero sí muy convencidos y convincentes, que la riqueza que acumulan es en base a su torería, a una carrera llena de sueños, de tiempos en los que el ser torero lo representa todo y donde aspirar a ser figura es considerado simplemente decorativo.

No interpretan, ni aspiran, en su profesión a mandar en nada y en nadie que no sea el toro, ese es su mayor anhelo. El toro y su toreo son las únicas columnas donde basarse para llegar al aficionado, sin llegar al equívoco de que ese aficionado o admirador tenga que ser el director de la sucursal bancaria que tienen cerca de casa. No les cabe mayor riqueza.

La riqueza la acumulan en una vida de toreros plena, una vocación y una dedicación volcada desde lo más dentro de su cabeza y su corazón. Ambos, cabeza y corazón, funcionan al mismo ritmo y por sus latidos se adivina que nada tiene que ver con el sonido del dinero, lo suyo es otra cosa. Durante mucho tiempo, meses, años, sin que estén presentes a la vista de los aficionados, éstos creen que puede ser otra cosa la que les colme, pero es tenerlos presentes, delante, ya sea en una plaza o un acto taurino cultural y como por arte de magia, el aficionado recupera su cordura.

¿Y por qué les digo todo esto? Se lo digo porque el pasado jueves compartí coloquio en Valladolid con un torero, Carlos Escolar ‘Frascuelo’. En ese espacio de tiempo se hizo visible la magia de estar junto a un torero. Y si lo fue para mí, no les digo nada de lo que fue para los asistentes, que acudieron en gran número a la convocatoria del Círculo Taurino Vallisoletano. 

Antes de la entrada en el gran salón de actos donde tuvo lugar el encuentro, las cámaras, teléfonos y demás se iban quedando sin batería ante tanta foto solicitada. Y es que por la calle, andando desde el hotel hasta el lugar del acto, cruzando su Plaza Mayor, iba un torero. Su porte y sus andares le denunciaban y la afición que esperaba no fueron capaces de sustraerse a inmortalizarse con el maestro que tenían delante. Como digo, no torea todos los días, ni siquiera todos los meses, pero es torero por la gracia de Dios y todos se dan cuenta nada más verle. ¡Un torero! De los pies a la cabeza.

Luego ya metidos en faena, con el título de ‘El Toreo Eterno’ se pudo comprobar que eso es cierto. Quién es así como torero, como lo es el toreo, lo es para siempre y, lo que es mejor, nadie repara en otra cosa que no sea su torería, andando, toreando o hablando. Todo lo hace en torero.

Riqueza de anécdotas en sus comienzos, de sus impulsos cuando más joven, algunos con resultados no deseados, de su corta relación con Picasso, quien le regaló un dibujo y él generosamente se lo regaló al mozo de espadas, lo que le colocó en el lado romántico de quien la fortuna no la ponía entre sus objetivos prioritarios. De sus momentos de torero, de sus percances, de su periplo en Perú, de su desencuentro con Chopera, de todo, pero todo en torero.

La riqueza del torero, como digo, no se mide por el dinero que se recauda en la carrera, más bien es por todo aquello que te hace ser distinguido y admirado por los aficionados. Toda esa riqueza, de contenidos y anécdotas, fueron deboradas por los asistentes, quienes durante esas dos horas tuvieron la plena sensación de estar delante de un torero rico, que no es lo mismo, en casi nada, que delante de una figura adinerada. El tiempo y las formas de hacer y decir, distinguen a unos de otros.

La riqueza del torero tiene su fundamento, y así se percibe cuando los vemos en la plaza o en la calle, en cuanto adorna su vocación torera y no solamente su cuenta bancaria.

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