domingo, 24 de abril de 2016

Si Cervantes levantara la cabeza / por Federico Jiménez Losantos


Diputados con algunos de los actores en el espectáculo organizado en el Congreso esta semana 


"...Tres cosas más habrían molestado, sin duda, al soldado Cervantes. Una, que el Secretario de Estado de Cultura, Duguesqulin Lassalle, diga que se celebra poco su cuarto centenario "para no politizarlo". ¿Cómo se atreve el Don Julián del PP a privar de su honra al que se jugó la vida por su Patria y su Dios; que sufrió cautiverio en Argel por no querer pasarse al Islam, a trueque de convertirse en esclavo del Turco; que creó para nuestra Patria y la Libertad las palabras más hermosas escritas en lengua alguna?..."


Si Cervantes levantara la cabeza

Si don Miguel de Cervantes Saavedra levantara la cabeza un par de días y se volviera luego a su fresca tumba para pensar qué ha sido de su patria cuatro siglos después de que la muerte se lo llevara, seguramente llegaría a la conclusión de que la muerte, aunque ingrata y sin cura, es muy necesaria para curar de espanto, propio y ajeno; y que el descanso, siendo eterno, nos quita para siempre de muchos disgustos. En rigor, de todos.

Naturalmente, Cervantes habría estado muy contento de que, cuatro siglos después, se le recordara en todo el mundo, gloria a la que aspiró, si bien es lugar común que en España se le recuerda poco. Yo creo que eso lo dicen los que lo leen menos, porque el recuerdo de un escritor es su lectura, no su momia ni sus retratos, amablemente falsos. Y no hay mejor prueba que la mamarrachada montada en las Cortes para celebrar su memoria. Un Cervantes que nada se parece al retrato que en su obra nos da él mismo, ya que era gordito y moreno, se encaramó a la Presidencia del Parlamento y desde allí, con aspecto de salchichero cumplido de Valdepeñas, asistió a las gracias de José Mota, cómico célebre en sus papeles de rústico pero del que no se tienen noticias de orden filológico, filosófico, teológico o novelístico.

Los políticos elogian lo que no han leído

Lo que hicieron los titiriteros en la sede de la Soberanía Nacional fue la típica astracanada contra el Gobiernopara pedir, mediante la preceptiva injuria al PP, que les bajen los impuestos, pese a su acreditada condición de estafadores en la venta de boletos y su sectario desprecio a la nación y a la lengua de España, de cuyas libertades se mofan y cuya tiranía promueven.

Claro que más le habría asombrado a Cervantes que ni el ministro de Cultura, ni el Presidente de las Cortes, ni los políticos de bulto, ni el autor del bululú supieran cuál es el nombre real de Don Quijote en su novela, tan importante para la comprensión del caballero y sus disparatadas aventuras que, en el maravilloso capítulo de su muerte, él mismo, como prueba de su razón y de su salvación, nos dice que ya es Alonso Quijano, El Bueno. Pues ni Quijote ni Quijano, ni Mancha, ni Beltenebros: los promotores del fasto en homenaje a Cervantes, nunca lo cataron. Y si alguno lo hizo, lo olvidó.

De esta paradoja sacaría Cervantes la conclusión que ya puso negro sobre blanco en El Retablo de las maravillas, donde unos timadores dicen que sólo los judíos, conversos o que no son cristianos viejos dejarán de ver las cosas que van a mostrarles, fenómenos que deberían mover a espanto si, en efecto, aparecieran en su mágico telón. Cuando alguno ha llegado tarde al espectáculo y dice que no ve nada de lo que allí se dice, se le grita: "¡Ex illiis est!", o sea, judío. Y la mayoría, claro, disimula. Cervantes adivinó la política-espectáculo de hoy, con el telón mágico de la televisión y el timo inquisitorial de lo políticamente correcto (ayer, el nihil obstat de herejía) que hace que todos finjan ver lo que no ven y recordar lo que nunca han leído.


¿Cómo se despolitiza al "Manco de Lepanto"?

Tres cosas más habrían molestado, sin duda, al soldado Cervantes. Una, que el Secretario de Estado de Cultura, Duguesqulin Lassalle, diga que se celebra poco su cuarto centenario "para no politizarlo". ¿Cómo se atreve el Don Julián del PP a privar de su honra al que se jugó la vida por su Patria y su Dios; que sufrió cautiverio en Argel por no querer pasarse al Islam, a trueque de convertirse en esclavo del Turco; que creó para nuestra Patria y la Libertad las palabras más hermosas escritas en lengua alguna?

Otra, que tras combatir a los muslimes en Lepanto y padecerlos en Argel, España tenga hoy dos millones de musulmanes que, en su mayor parte, no manifiestan intención alguna de convertirse o de asimilarse a nuestras costumbres, sino devolvernos a la tiranía mahometana que tras ocho siglos de Reconquista conseguimos expulsar de nuestro suelo.

Y otra, saber que en Barcelona, "archivo de cortesía", se persigue al modesto abarrotero, aguador o vinatero que pone sobre la puerta de su establecimiento su nombre en lengua española. Para esto resucitaría a Don Quijote y apalearía a los malandrines y follones enemigos de España, si bien la mayor cosecha de mojicones y, con la ayuda de Rocinante y aun del rucio de Sancho, de coces, la reservaría a los traidores que en la Corte no defienden a esos compatriotas nuestros que padecen persecución por usar de la lengua que desde Cervantes es el aire vivo y eterno de nuestra Nación.

Así que, visto lo visto, Cervantes concluiría que, aunque triste como relató "puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte", es la muerte remedio de todo, lo bueno y lo malo, lo noble y lo ruin, y es gran lección de Alonso Quijano El Bueno, de Urganda La Desconocida y de tantas criaturas de su magín que han sido, son y seguirán siendo solaz de españoles y extranjeros, que bueno es morir de viejo para no morir de pena.

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