jueves, 26 de mayo de 2016

20ª de San Isidro en Madrid. Dos espectadores de tronío juntos en Las Ventas: El Rey Emérito y el rey del toreo / por J.A. del Moral




Dos espectadores de tronío juntos en Las Ventas: El Rey Emérito y el rey del toreo

J.A. del Moral · 26/05/2016
Fue la nota más sobresaliente de la vigésima corrida de la feria isidril. Me hubiera gustado ser testigo directo de la muy larga conversación que mantuvieron los dos monarcas a propósito de cuanto sucedió en este festejo que empezó con una gran polémica, previa a la función, a cuenta de los 12 toros de Jandilla – la ganadería anunciada – que habían sido rechazados en un prolijo reconocimiento y sustituidos finalmente por un descompasado, enorme y absolutamente fuera de tipo envío de El Vellosino. Su absoluta falta de raza además de su escasísima fuerza enervó a los miles de personas que abarrotaron la plaza. Con semejante material, El Juli hizo todo lo que pudo y esta vez bastante más correctamente que en su nefasta actuación anterior solo que fallando con la espada, lo que le privó de cortar una oreja del cuarto, imagino que con los de 7 radicalmente en contra. Miguel Ángel Perera, muy en su papel de torero especialista en la quietud y en el temple, no pudo redondear sus dos labores muleteras y también mató mal. Y Alberto Lopez Simón decepcionó grandemente a muchos de sus incondicionales partidarios de Madrid, especialmente con el más que manejable y enterizo sobrero de Domingo Hernández, uno de los dos que El Juli se había traído en su maleta por si acaso… Debió maldecir Julián su mala suerte por no haber podido torear un animal de su ganadería favorita. Manes del maldito destino


Madrid. Plaza de Las Ventas. Miércoles 25 de mayo de 2016. Vigésima de feria. Tarde nublada aunque agradable con lleno total.
Cinco toros de El Vellosino, grandullones con alguno abisontado como el espantoso semoviente que hizo de sexto que fue devuelto y sustituido por un sobrero de Domingo Hernández, también grande aunque más en tipo que los lidiados anteriormente y que, a la postre, fue el que dio jugo más aceptable. Los demás se comportaron similarmente: huidísimos de salida hasta llegado el último tercio en el que resultaron generalmente nobles aunque con la fuerza muy justita y prontamente rajados. De éstos, el más grato y duradero fue el cuarto.
El Juli (ciclamen y oro): Pinchazo hondo trasero y dos descabellos, silencio. Pinchazo, estoconazo muy trasero y descabello, ovación con discrepancias del sector que no había cesado de vociferar y de batir palmas de tango.
Miguel Ángel Perera (turquesa y oro): Estocada baja saliendo perseguido, silencio. Pinchazo y bajonazo, silencio tras algunos pitos.
Alberto López Simón (esmeralda y oro): Estocada trasera y dos descabellos, aviso y palmitas. Estocada tendida, aviso y silencio.

Bien en la brega Javier Ambel Magnifico en banderillas Curro Javier y, simplemente bien, Vicente Osuna y Domingo Siro.

Los tres espadas brindaron sus primeras faena a S.M. El Rey Emérito Don Juan Carlos I que estuvo acompañado por la Infanta Elena y por el matador de toros Enrique Ponce.


No soy yo uno de los que tanto aman el toro grande ande o no ande como vengo diciendo machaconamente desde que unos cuantos críticos de importantes medios de difusión nacional lograron, tras pertinaz campaña, que quienes entonces mandaban en el toreo y en España legislaran la exigencia de que las reses para las corridas de toros aumentaran uno o, aún mejor, dos años de edad, un palmo y medio más de altura y 100 o, muncho mejor, 150 kilos más de peso.


Todavía vive uno de los insensatos que ahora es el que comanda el equipo de comentaristas de las corridas que televisan los de la Movistar tras muchos años de hacerlo para los de Prisa y su “Canal +”. Por cierto, todos ellos víctimas en sus días de tamaña barbaridad, porque no son precisamente periodistas, sino ex-matadores de toros, algunos figuras del toreo en sus mejores años. O sea que, cornudos donantes, y ellos saben por qué lo digo..Y, encima, antiguos apaleados por su actual jefe… Esto está siendo como para mear y no echar gota… Claro que, debo reconocer, que la realización de estas retransmisiones es sencillamente maravillosa y eso tapa la inaguantable verborrea de los ex y del ínclito que les dirige.

Pero sigamos con la corrida de marras y con la nefasta exigencia del toro grande ande o no ande. Tan perjudicial medida ha ido llegando hasta lo de ayer: una corrida de pesos, de medidas y de proporciones gigantescas. Y esos animales de ninguna manera pueden comportarse como corresponde hacerlo a las reses bravas.
El caso fue, además, muy escandaloso porque los que estamos metidos en esto del toreo desde los medios de comunicación – yo gracias a internet porque los que se forran más o menos no me dejan escribir en ningún medio de papel debido a mi insultante independencia –, supimos desde antier que en los corrales de Las Ventas había un lio de campeonato con los toros que había mandado desde sus campos extremeños Borja Domecq, el mayor de los hijos de don Juan Pedro Domecq Diez, aquel admirable e inolvidable gran señor, gran ganadero y gran poeta al que se debe la pervivencia más larga de la historia en la cría de reses de lidia.
Estoy seguro de que varios de los toros rechazados por los facultativos habrían dado bastante mejor juego que los que ayer salieron al ruedo venteño. ¿O no?

Pero también estoy seguro de que El Juli lleva ya demasiado tiempo aliviándose excesivamente en su dictatorial intención de mandar absolutamente en todo para preservar la máxima comodidad posible dentro del riesgo que siempre tiene ser torero en cualquier circunstancia. Pero los abusos se pagan muy caros y ayer lo comprobó don Julián a pesar de que hizo un notabilísimo esfuerzo para torear como hacía tiempo no le veíamos – hasta pegó muy bien ligados pases relajado y derechito como una vela – sin que ello le sirviera para calmar a sus pertinaces reventadores que fueron a por él como vulgares hienas.

Mas para colmo de las desgracias, ninguno de los toros que le correspondieron lidiar a don Julián fue devuelto a los corrales y, por tanto, ni siquiera pudo catar a ninguno de los dos sobreros que se trajo bajo el brazo pertenecientes a la ganadería de su altísima predilección: la celebérrima de don Domingo Hernández (o Gracigrande).

Dentro de tanta desgracia, El Juli podría haber cortado una oreja del cuarto toro de la frustrante jornada. La tenía muy bien ganada contra viento y marea de los sietemesinos y con la mayor parte de los espectadores convencidos de su indudable maestría y ayer por su buen hacer. Pero pinchó y todo se fue a freír espárragos.

En la pena, penita pena, participaron Miguel Ángel Perera y el más esperado de la tarde, Alberto López Simón. Miguel Ángel estuvo muy en su papel, la verdad sea dicha, de torero serio por fuera y por dentro porque es de los que más quietos y más cerca torean con el imprescindible añadido del temple.


Alguien informado por persona importante y muy cercana al diestro extremeño, me dijo nada más ocupar mi localidad habitual que Perera había estado a punto de quitarse de esta corrida como tenía derecho de hacerlo por el cambio de todo el ganado previsto. Pero, bueno, se arrepintió. Y en qué hora, pensaría tras lo que pasó. Y pasó que se pasó mil pueblos cuando su segundo toro se vino abajo y recurrió al consabido arrimón, solo que durando demasiado, durando más que una de esas series de televisión que llevan años y años y años sin que se atisbe mínimamente el final.

Qué penita y qué dolor, verdad Miguel Ángel… Tú que has sido durante años el héroe de Las Ventas por antonomasia y que desde tu prolongado “noviazgo” profesional con El Juli, no te ocurren más que desgracias. Haz la guerra por tu cuenta, tío. Hazla así y veras como todo te cambiará a mejor.


Y ahora la mayor decepción que muchísimos – yo desde luego que no – padecieron ayer. Fue lo de López Simón quien, tras quedar inédito con el tercer toro, tuvo la gran suerte de que el sexto – pareciome un producto del cruce de un bisonte con una hipopótama – fuera devuelto y que le echaran uno de los dos sobreros que se había traído El Juli. Y encima que fuera el mejor o al menos el más aprovechable de la tarde.

Pues bien, el tal López Simón al que se esperaba como agua de mayo tras sus triunfales heroicidades de la pasada temporada, resultó algo así como esos grandes globos que se pinchan nada más volar…
Yo lo esperaba porque le vengo viendo desde que empezó esta temporada y no pasa de un vulgar imitador de José Tomás en sus estudiados paseos de tortuga que hasta dan ataques de risa por su falsedad, como tampoco de un vulgar pegapases a las ordenes del ese gordo sujeto que le sigue allá donde vaya por el callejón apuntándole lo que tiene que hacer como si estuviera representando el Tenorio de Zorrilla sin saberse el papel. Su muy decepcionante actuación con el último toro de la tarde fue como si la plaza se hibernara repentinamente.
¿Y este era el misterioso mesías que tenía que venir?… ¡A ver, a ver, que me traigan un taxi…¡

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