lunes, 23 de mayo de 2016

Madrid.- Décimoquinta de mi Feria, que a efectos de toreros (con El Cid y con Ureña) ha terminado hoy (a salvo de lo que El Cid haga con los victorinos) / por José Ramón Márquez



La cueva de Alí Babá

"... Lo que Ureña planteó hoy en Las Ventas es la pura constatación de que se puede hacer lo que tantos correveidiles dicen que es imposible, la negación de la dañina tauromaquia juliana, la del falso poder; lo que hizo fue entroncar con el toreo grande que, a toda costa, hay tanta gente empeñada en erradicar..."


 Décimoquinta de mi Feria, que a efectos de toreros (con El Cid y con Ureña) ha terminado hoy (a salvo de lo que El Cid haga con los victorinos


Hoy, después del descanso del sábado, tocaban los toros de Martínez. No del Martínez de Colmenar Viejo, cuyo hierro era una eme mayúscula en letra inglesa, los Martínez de Gallito del 3 de julio de 1914; hoy eran los Martínez y Martínez, don Daniel, que pacen en Elche de la Sierra y que nada tienen que ver con los descendientes del mítico Diano. Estos toros de don Daniel, o por mejor decir de la Sociedad Limitada Las Ramblas Toros, entran por derecho propio en el nutridísimo pelotón de los “eliminando lo anterior” y, como no podía ser de otra forma, la vacada se formó a partir de vacas de Salvador Domecq y toros de El Torero, juampedritis que te crió. Lo que pasa es que don Daniel Martínez y Martínez se compró sus juampedreces en el año 90 del siglo pasado, hace veintiséis años, y a estas alturas haría falta un equipo de los buenos de la policía científica para rastrear en lo que echó a la Plaza don Daniel esta tarde algo que se asemeje a lo que en su día compró. No insistiremos en nuestra idea de que la diversidad de encastes del siglo XXI vendrá de esta legión de ganaderos que un buen día se compraron sus juampedreces y luego todo se les fue de las manos.

Estamos la mar de acostumbrados a que las corridas de Las Ramblas no se lidien enteras. Si no recuerdo mal, fue hace un par de años que sólo vimos dos de los seis que se habían anunciado. Hoy hemos visto cuatro, o sea que la cosa va bien. Para completar la corrida original hubo que echar mano de Buenavista (dime de qué presumes y te diré de qué adoleces), que hizo cuarto y, antes, dada la incapacidad de mantenerse en pie con un mínimo decoro que demostró el tercero, con un sobrero castaño listón de Julio de la Puerta, Riguroso, número 31, que, a la postre, fue el mejor toro de la corrida para el torero.

Para la lidia y muerte a estoque de los citados toros de tres ganaderías distintas hicieron el ritual paseo los matadores El Cid, Paco Ureña y Fortes (que es el torero malagueño que antes se anunciaba Jiménez Fortes).

El primero era un castaño que atendía por Simplón, número 17. Ya desde que salió comenzó a hacer cosas raras, frenándose de manera extraña en el capote que le tendió El Cid. Uno por las alturas dijo que el toro estaba reparado de la vista y en seguida Faustino vociferó también, desde el 7, que el toro estaba reparado. No es por llevar la contraria, pero el toro no estaba reparado, lo que tenía es muy mala leche y se orientaba rápidamente a causa, posiblemente, de su mansedumbre de boyancón. El tal Simplón no humilla ni aunque le des con un mazo y El Cid comienza su faena sobando al toro con gran oficio y mejor disposición a la media altura. Le templa muy bien en esos primeros momentos de la faena, consiguiendo que el toro no le enganche el engaño. Luego se coloca, el medio pecho y la pata adelante, y le cita al natural robándole cuatro pases monumentales, pura explicación del pase regular: el toro sometido y toreadísimo, la muleta tirando de él con la fuerza de una grúa, el pase rematado a la cadera y la impecable ligazón. Extraordinaria serie en la que Manuel Cid ha toreado con hondura, mando y clasicismo; a continuación da otra serie igual, si se quiere de menor intensidad al no ir el toro tan toreado, posiblemente porque el animalejo ya pensaba en huir, que es lo que realmente quería hacer, y luego ya la cosa se va diluyendo principalmente por las pocas ganas de acometer de Simplón. Lo mata de estocada dentro del toro, lo que antes se llamaba estocada baja. Su segundo era el Buenavista, Facilón, número 17, en el que algo vería el matador para brindarlo al público. El trabajo de El Cid con Facilón tenía más que ver con el torero contemporáneo que con los naturales que le había dado al primero. Sin estar exageradamente por afuera se coloca en el hilo del pitón y va enhebrando sus pases: los derechazos, los naturales, los de pecho, pero como el toro no tiene una embestida vibrante la labor no cobra vuelo. Lo mata de estocada dentro del toro, lo que antes se decía estocada desprendida.

Paco Ureña no quería dejar pasar su cita con Madrid. Con su cornada envainada se vino a Guadalajara, se tiró ahí la semana entera en el campo y hoy se presentó en La Monumental a explicar de nuevo quién es Paco Ureña, por si alguno no se había enterado. Se fue donde menos le podía estorbar el viento, entre el 5 y el 6, y allí desgranó con entereza y verdad su explicación de su manera de entender la lidia, del toreo al natural en dos series perfectamente encajadas y del toreo en redondo con otras tantas, además de los pases de pecho y los adornos. Y siendo buenas las series y óptimo el conjunto, lo es aún más su disposición a abrazar él solo, contra viento y marea, la causa de la verdad, del cite canónico, del muletazo largo y mandón, de huir del toreo rectilíneo, de torear despacio y pasándose al toro muy cerca. Lo que Ureña planteó hoy en Las Ventas es la pura constatación de que se puede hacer lo que tantos correveidiles dicen que es imposible, la negación de la dañina tauromaquia juliana, la del falso poder; lo que hizo fue entroncar con el toreo grande que, a toda costa, hay tanta gente empeñada en erradicar.

Contaré esto para que se pueda comprobar lo dañino que resulta Ureña para el sistema: al acabar la faena recibo un mensaje de un amigo que ve la corrida por la TV; dice:

“¡Cómo van a por Ureña...! El Gasolino y el Fenicio tildando a Ureña de incapaz y poniendo al toro como si fuese el toro de la Feria”

En su segundo, Ureña principia con el pase del pegolete, que decía el abuelo de Vicente Palmeiro: las inanes verónicas a pies juntos. El toro va desarrollando sus características y éstas no son de lo más halagüeñas, el matador brinda al público, a pesar de todo, y comienza su faena sobando al toro que tiene una complicada embestida, calamocheando y estirando la gaita. Desde un tendido un espectador increpa al torero y éste, lejos de amilanarse como hacen todos o ponerse en plan princesita zaherida, responde a la extemporánea voz con lo único que tiene a mano, colocando su cuerpo en la más pura rectitud del toro y desgranando sus muletazos a despecho del riesgo. Por dos veces el toro le echa por los aires y por dos veces vuelve Paco Ureña a proclamar su verdad, asumiendo de manera muy consciente la dificultad de la situación. Pero es que, además, le funciona la cabeza: en un derechazo en que el toro se frena en el centro de la suerte, el torero, con un levísimo toque, le vuelve a enganchar en el muletazo llevándole hasta el final. Ureña está actualmente en estado de gracia, en ese estado feliz en que a los toreros les viene bien cualquier toro, sea como sea. Hoy en Madrid ha dado un aviso a los jóvenes: no os creáis lo que os dicen, hay otro camino de verdad, de entrega y de compromiso, un camino que muchas veces te llevará al hule, pero también a la gloria. No es necesario que nadie explique las dos actuaciones de Paco Ureña hoy en Madrid, simplemente basta con decir “Ureña toreó” y no hay más.

Fortes tuvo el toro más claro del encierro, el sobrero de Julio de la Puerta. Entre probaturas, así sí, ahora voy, así no, y ahora va a ser, se esfumaron las mejores embestidas de Riguroso y nos quedamos sin que Fortes pusiese en marcha argumentos de peso frente a él. La Plaza estaba aún bajo la impresión de la faena de Ureña al segundo y sopesando si el torero saldría de la enfermería para matar el quinto y Fortes no fue capaz con su muleteo de llevar a las gentes a otros pensamientos. En el sexto, después de asistir a la más bochornosa lidia que se pueda contemplar, ante la que palidecería la capea más pueblerina, llegamos a la famosa ecuación de que, siendo el torero el mismo y el toro de peor condición, las posibilidades de ver algo interesante se esfuman de manera exponencial.

El Cid debe prescindir de Pepe Alcalareño en su cuadrilla. No es aceptable tal inhibición y desgana, demostrada por igual hoy que hace un año. Lo mismo que Boni vio llegado su momento y se fue, Alcalareño no debería ya ir con El Cid.

Podemos decir que, a efectos de toreros, la feria ha terminado hoy. El clavo ardiendo es que El Cid lo quiera hacer con los victorinos. 

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