lunes, 23 de mayo de 2016

Morir en la plaza / Por Jorge Arturo Díaz Reyes.


Manet. Torero muerto, probablemente 1864

"...Qué triste. Ojalá te hubieras muerto ahí mismo Pana. En el ruedo de Lerdo, aquel domingo primero de mayo. Puede sonar cruel, pero no tanto como lo que te ha tocado. Como lo que les tocó a Sánchez Mejías, Curro Puya, Pepe Cáceres…" 

Morir en la plaza

Eso querías. Lo dijiste muchas veces. La última que te oí, durante una entrevista en la televisión española no hace mucho tiempo. Ya no podrá ser.

Qué pena. Estuviste a punto de lograrlo. Hasta lo último. Dando las ventajas de tus pesados sesenta y cuatro años. Tan vividos. Tan estrafalarios. Tan histriónicos. El segundo te cogió brutalmente. Nada. El cuarto solo te atropello, pero caíste mal, sobre la cabeza, tronchando tu cuello y tu ilusión.

Negándote la gloria del épico final. Tirándote a una vida de parálisis completa, desvalido para las funciones más elementales. Hasta para respirar. La más lejana de tu ideal romántico. Lo qué estarás pasando.

Qué injusto. Has debido acabar allí. No había derecho a impedírtelo. Pero quién lo iba a saber. El pronóstico desgraciado solo vino a confirmarse días después, en el hospital. Mientras tanto, la obligación de los médicos era salvar tu vida (como fuera). Lo hicieron, y lo volvieron a hacer cinco días atrás cuando tu valiente corazón se detuvo solo. Dándote la oportunidad de un terminar sereno. Te resucitaron.

¿Para qué? La muerte digna es un derecho, y la dignidad, concepto subjetivo, debería ser decidida por cada uno. La tuya, nos lo dijiste, hubiese sido de luces y en la arena.

Qué triste. Ojalá te hubieras muerto ahí mismo Pana. En el ruedo de Lerdo, aquel domingo primero de mayo. Puede sonar cruel, pero no tanto como lo que te ha tocado. Como lo que les tocó a Sánchez Mejías, Curro Puya, Pepe Cáceres… 

Unos por falta de tecnología médica y otras por mucha. Ya, lo habías repetido, lo digno para ti hubiese sido ese final con estrambote, ahí en la corrida, como Pepete, Espartero, Joselito, Balderas, El Yiyo… pero no tuviste esa suerte. Como no la tuvieron Nimeño II ni Robles.

Qué injusto. Lo digo como médico y aficionado que ha visto morir, bien y mal, a muchas personas y a muchos toros… Tú naciste torero de raza, para jugarte la vida, para morir en la plaza. Te lo merecías y no lo has alcanzado.

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