martes, 27 de junio de 2017

FANDIÑO: SE FUE UNO DE LOS GRANDES / por Antolín Castro


Quizá por ser Zaragoza, final de temporada, 
se logró verles esbozar una sonrisa

Y ¿qué es ser grande? Para la mayoría la respuesta puede ser muy simple: uno que sea figura, uno que lidera el escalafón, uno que ha ganado mucho dinero, uno que está en boca de todos… No, para nosotros un grande, en cualquier actividad, es aquél que entrega su vida, la vivida y no solo la que pierde, en aras de conseguir, por el camino más recto, un ideal. Ese ejemplo en el mundo del toro, sin duda, tiene un nombre y es el de Iván Fandiño.


FANDIÑO: SE FUE UNO DE LOS GRANDES

Han pasado ya diez días, necesarios para escribir no desde el dolor, si no desde la más profunda reflexión. En este mundo del toro en el que, como se ha demostrado, se muere de verdad, también se suelen dar esos equívocos tan habituales que suelen hacer grandes y buenos a todos los que caen en la arena.

No siempre es así, cosa por otro lado totalmente lógica, pero con Iván Fandiño no hay ninguna duda. Se ha ido uno de los grandes, de los de verdad. Nadie que haya dejado su vida en el toro puede ser pequeño, pero en el caso del torero de Orduña, no nos equivocamos, ha muerto uno de los considerados grandes.

Y ¿qué es ser grande? Para la mayoría la respuesta puede ser muy simple: uno que sea figura, uno que lidera el escalafón, uno que ha ganado mucho dinero, uno que está en boca de todos… No, para nosotros un grande, en cualquier actividad, es aquél que entrega su vida, la vivida y no solo la que pierde, en aras de conseguir, por el camino más recto, un ideal. Ese ejemplo en el mundo del toro, sin duda, tiene un nombre y es el de Iván Fandiño.

Grande ya era cuando pesaba cien kilos y supo sacrificarse para rebajar 25 y adquirir la figura propia de un torero. Ahí ya demostró raza y ganas de ser. Suelo decir que el presente de indicativo del verbo querer es: yo hago. Qué duda cabe que Iván conjugaba perfectamente ese verbo de querer.

Más tarde, una vez que el vestido de luces cabía en su cuerpo, continuó queriendo llegar arriba y llegó, pero no apoyado por una gran empresa o un glamuroso apoderado; no, lo hizo con un amigo que se llama Néstor García, que no pertenece a ninguna de las familias tradicionales del mundo del toro de toda la vida y, además, luce calvicie. Vamos que el tupé del apoderado no le iba a conseguir los contratos.

Pero resultó que igual que él era el tal Néstor y juntos fueron escalando el Himalaya que representa el escalafón de matadores de toros, trufado desde siempre con los protegidos, de los elegidos para la gloria en ese reparto que nadie sabe dónde te entregan las credenciales. No hubo tregua ni descanso, toros duros, plazas duras y compañeros duros: la pelea al más alto nivel. Les aseguro que desde ahí lo normal, lo más lógico, es no llegar a ninguna parte. Pues Fandiño llegó y lo hizo solo con el apoyo de Néstor. Llegó a encabezar el escalafón. 

Una proeza casi imposible de repetirse. Es un milagro que se juntaran dos voluntades tan fuertes para, una vez marcado el objetivo, alcanzarlo. Esa es la grandeza de la que yo hablo. Eso es ser un grande. Con ayuda de los poderosos, con los medios que ellos te proporcionan -llámense ganaderías para el triunfo y contratos intercambiados con sus colegas- pueden conseguir ese puesto muchos mediocres. Alcanzarlo solo con un sherpa calvo -perdóname Néstor la licencia que me tomo para remarcar vuestro éxito- el mérito es solo de quien escaló tan grande montaña. Subir hasta la cima en helicóptero no puede merecer que a nadie le llamen grande.

Grande entre los grandes fue Iván Fandiño. Su hazaña es solo propia de los elegidos, sí pero los elegidos para realizarla con sus propias fuerzas, por sus propios medios, sin siquiera contar con más apoyo que el jalear de los aficionados. Hasta en eso tuvo que pagar un canon, cuando tras de escalarlo todo, muchos le ‘ayudaron’ para que rodara montaña abajo. 

Tras quitarse el polvo de tan brutal caída, inició de nuevo la preparación, física y mental, para volver a subir a la cima. El destino, camuflado en un toro de Baltasar Ibán, le cortó el camino cuando de nuevo ascendía. El final no pudo ser más doloroso, pero tampoco más grande. Sólo logró quitarle de en medio, precisamente, el único al que le tenía dado el permiso, un toro. Los demás le apartarían, pero nunca lo lograron, ni lo hubieran conseguido jamás. 

Se fue uno de los grandes. Máximo respeto al héroe. 

Foto: Muriel Feiner

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