sábado, 26 de agosto de 2017

Ponce reinventó el toreo / Por Paco Mora




Ponce, una vez más, a rayado a tal altura como lidiador y como artífice del mejor toreo, que lo suyo parece, más que sapiencia, valor, gusto y alambicada técnica, pura e increíble brujería. La puerta grande de Vista Alegre se ha abierto una vez más para quien reinando hace más de un cuarto de siglo en su ruedo, parece que no vislumbra siquiera su techo como torero de leyenda.

Ponce reinventó el toreo

Paco Mora
AplausoS / Foto de Arjona
Enrique Ponce reinvento el toreo, Cayetano lo vistió de dignidad y Ginés Marín dio un paso más hacia la cumbre, en la séptima de la Aste Nagusia bilbaína, con una corrida de Victoriano del Rio trufada de dificultades. Un encierro de prueba para los tres matadores que se entregaron en cuerpo y alma a un público que supo entenderlos, incluso por encima de la anécdota.

Decir que Ponce ha superado sus propias marcas sería una pobre descripción de su grandeza en el cuarto toro de la tarde. Aquello fue la sublimación de una milagrosa tauromaquia que ha elevado al de Chiva a superar todas las condiciones que debe tener un torero para pasar a la historia como un superdotado del arte de torear. Las dificultades parecían auténticas barreras infranqueables para alcanzar el triunfo. Pero Ponce, una vez más, a rayado a tal altura como lidiador y como artífice del mejor toreo, que lo suyo parece, más que sapiencia, valor, gusto y alambicada técnica, pura e increíble brujería. La puerta grande de Vista Alegre se ha abierto una vez más para quien reinando hace más de un cuarto de siglo en su ruedo, parece que no vislumbra siquiera su techo como torero de leyenda.

“Si yo renunciara a mis convicciones no valdría nada ni como torero ni como hombre”, dijo Cayetano respecto a su decisión de que sus hombres de plata colocaran los rehiletes envueltos en los colores de la bandera española, entre la bronca de un sector de la plaza que cuando ve esos colores parece que ha visto a Satanás. Los banderilleros cumplieron como buenos, sobre todo Iván García que colocó un par extraordinario de ajuste y exposición. Con el ambiente en contra, Cayetano se hincó de rodillas y se la jugó con el tercero, primero de su lote, y convirtió los pitos en aplausos y ovaciones. 
Pese a matar el segundo envite se le pidió la oreja, aunque no con la fuerza suficiente para que Matías sacara el pañuelo. Pero la lección de hombría y dignidad quedo flotando en la plaza durante toda la tarde. 
El brindis a Juan Carlos I, que presenció la corrida acompañado de la Infanta Elena y su hija, también fue el de un torero y un hombre con raza. Todo ello le costó cruzar el ruedo entre pitos al finalizar el espectáculo. Era la venganza de Don Mendo de los que habían quedado en ridículo por su valor para hacerles frente a ellos y a los toros.

Ginés Marín anduvo toda la tarde muy firme y decido, interpretando un toreo clásico y de calidad, sin la mínima concesión a la galería. En sus dos oponentes dio la medida de un torero que crece y está llamado a ocupar un puesto importante en el toreo. Al sexto “victoriano” le plantó cara, y el estoconazo con el que lo echo patas arriba le valió una oreja de ley. Tarde muy ilustrativa de cómo está el país. Hay que acordarse de Ortega y Gasset…

“Si yo renunciara a mis convicciones no valdría nada ni como torero ni como hombre”, dijo Cayetano respecto a su decisión de que sus hombres de plata colocaran los rehiletes envueltos en los colores de la bandera española..

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