lunes, 25 de junio de 2018

La marquesa de los toros blancos: "Los toreros de hoy son figuras, pero de mazapán y de pitiminí" / por Emilia Landaluce


La marquesa de Seoane recorre en Land Rover la finca en la que viven los jaboneros. JOSÉ AYMÁ

  • Doña Mercedes Picón y su hijo Tomás Prieto de la Cal cargan contra toreros y empresarios a los que culpan de haber permitido un monopolio de la monotonía en la fiesta nacional
  • Su ganadería es el último reducto de los feroces veraguas
  • ÁLBUM: Mercedes Picón, marquesa y ganadera


La marquesa de los toros blancos: 
"Los toreros de hoy son figuras, pero de mazapán y de pitiminí"


Emilia Landaluce
Doña Mercedes, ¿qué le pareció lo de Orgullito [el toro de Garcigrande que indultó el Juli en Sevilla]? «Una vergüenza. No se puede indultar un toro al que no se le ha dado ni tres puyazos. Un toro demuestra que es bravo en el caballo. Y lo que pasó en Sevilla fue...». Un Nórit como dicen los aficionados del polémico siete de Las Ventas. «Eso, eso».

Mercedes Picón Agero, marquesa de Seoane y su hijo Tomás recorren en Land Rover La Ruiza, la finca onubense en la que viven como Dios los 650 ejemplares que componen la ganadería Prieto de la Cal, último reducto del legendario encaste Veragua. En 1941, el abogado vallisoletano Tomas Prieto de la Cal [Tomas padre], adquirió los toros que los Domecq habían descartado porque la rebeldía característica de los Veragua no se adecuaba al toro que perseguían para su ganadería. Ese mismo año, compró a Marcial Lalanda el hierro que antes había pertenecido a Florentino Sotomayor. El torero había tenido que matar sus toros para tener comida durante la Guerra Civil.

El característico gen jabonero se empezó a imponer en el encaste a principios del siglo XX, cuando el duque de Veragua introdujo un excepcional toro de esa capa en su ganadería. Desde entonces, la mayoría de los ejemplares del encaste son blancos aunque también hay melocotones y negros. La ganadería Prieto de la Cal mantiene una personalidad propia, en parte por la negativa de sus propietarios a plegarse a lo que denominan la dictadura. «Se ha llegado a una entente cómoda en la que sólo hay tres o cuatro ganaderías, ocho o nueve toreros y tres empresarios. Es el monopolio de la monotonía. La última vez que lidiamos en Las Ventas fue en 2008. Este año teníamos una corrida para Madrid. Vinieron a verla pero no se la llevaron. ¿Por qué? Hoy en día se confunden kilos y los cuernos con el trapío. Se pretende sustituir la casta por envergadura. Los toros que están de moda son como un coche muy aparente pero sin motor. Un veragua se crece en el ruedo y exige un buen lidiador. Lo da todo en el capote, en el caballo -ese de ahí, le digo que aguanta seis puyazos-, contra los burladeros. Y en el último tercio va bien 30 pases», explica Tomas Prieto de la Cal. La marquesa apostilla el discurso de su hijo: «El problema es que ahora se piensa que la muleta es lo más importante y que el caballo es un mero trámite. Por eso, soy incapaz de ver una corrida entera. Esas faenas de 200 pases no hay quien las vea. Además son tan previsibles...».

Los botes del Land Rover no turban el discurso de doña Mercedes. Tampoco su característico peinado, obra de una peluquera de Sevilla que tras su jubilación solo peina a la marquesa y a un grupo de presas. Su edad es un misterio hasta para su propio hijo. En 2007, según El Correo, tenía 91 años.

La ganadería Prieto de la Cal vivió su época dorada cuando en el escalafón dominaba Luis Miguel, Domingo y Pepe Dominguín... Después llegó Antonio Ordóñez que también viviría su particular idilio con los veraguas. «Esos eran figuras porque sabían torear todo tipo de toros. Los toreros que mandan hoy... Pues serán figuras pero de mazapán, capullitos de alhelí y rosas de pitiminí. Desde hace más o menos 30 años, los toreros tratan de imponer una dictadura en las empresas para hacer un espectáculo de ballet a su gusto. Y eso no es ser figura». Doña Mercedes recuerda cientos de anécdotas. «Los toreros estaban hechos de otra pasta. Se levantaban y se acostaban hablando del toro y en vez de jugar al golf, jugaban al frontón. Muchos días al amanecer se presentaban los Dominguines gritando "Topri, Topri [así llamaban a Tomás padre], ¿te acuerdas de aquella corrida que tenías [por ejemplo] para Bilbao? Pues te has quedado sin ella. Nos la llevamos nosotros porque toreamos con el Litri y ese tío se quiere poner el primero". Los toreros querían llevarse nuestras corridas para demostrar que eran los mejores».

Rivales

El escenario comenzó a cambiar a finales de los 70. Precisamente poco después de que Tomas hijo heredara la ganadería de su padre. Tenía nueve años y era el miembro más joven de la Unión de Criadores de Toros de Lidia. Entonces, relata su madre, tenía una excelente relación con todos los ganaderos. «Ahora nos consideran unos intransigentes porque queremos hacer las cosas bien. Cuando dicen que hay que renovar la fiesta nosotros respondemos que en el siglo XX se modernizó todo lo que se tenía que modernizar. Nosotros no queremos acaparar las ferias. Lo único que pedimos es un hueco y que se abra la baraja. En la fiesta no es sólo importante el que quiere ver a Ponce y a Morante sino también el que va a las plazas para ver una ganadería como la nuestra. Este año, Roca Rey y Talavante han llenado las Ventas pero también Los Miura o los Victorino. Un torero no puede llamarse figura si no ha lidiado este tipo de toros».

Ganadería Tomás Prieto de la Cal. JOSÉ AYMÁ

El discurso de los Prieto de la Cal parece respaldado por los hechos. Las plazas siguen sin llenarse. «Antes algunos eran capaces de empeñar su colchón un par de días para poder ir a toros. Ahora eso es impensable y no sólo porque los tiempos hayan cambiado. Las corridas se han vuelto previsibles. No hay emoción. Se trata de un espectáculo aburrido porque antes de llegar al tendido ya sabes lo que va a pasar. Lo que hacía que se llenaran las plazas en los años 30, 40, 50 o 60 era la variedad en la ganadería y los toreros. Y el hecho de que hubiera un torero que para dominar al resto quisiera demostrar que era el mejor lidiando los toros más duros».

Los veedores de las principales plazas son habituales de La Ruiza. Muchos acuden a ver los veragua pero la mayoría de los empresarios se niegan a comprar una corrida. «A los que no tragamos, nos eliminan. Así los toreros se acostumbran desde novilleros a un determinado tipo de toro. Y cuando les sale uno diferente no saben qué hacer. Por eso, el sistema castiga al apoderado o al empresario que apuesta por nosotros. Todos los años nos pasa. En 1999, durante la última temporada de El Juli como novillero, la comisión de Bayona, que es plaza de primera, nos compró una corrida. Querían contratar a El Juli pero su apoderado, Victoriano Valencia, les dijo que no tenía nada en contra de nosotros pero que si la corrida no salía buena a él le echaban. El empresario le ofreció el doble de dinero. Pero no hubo forma. Y finalmente, no toreó. Ese día, se cortaron cinco orejas. Pongo la mano en el fuego que si en vez de en Bayona hubiéramos estado en cualquier plaza de España, nos hubieran devuelto los toros. Los apoderados son capaces de perder dinero con tal de no torear nuestros toros».

El Land Rover se acerca a la zona de los sementales. Doña Mercedes comenta un percance que sufrió Tomas hijo hace unos meses. Pensó que uno de sus toros estaba malherido en el suelo y cuando se acercó, se levantó rapidísimo. Tuvo que correr al coche. El semental dejó dos agujeros considerables en la puerta del Land Rover. La marquesa señala un ejemplar de casi 10 años rodeado de vacas. La marisma se extiende en el horizonte. Se levanta un bando de patos. La estampa jabonera no puede ser más idílica.

Los taurinos

«Me parece que los taurinos han trabajado más por terminar con la afición a los toros que los animalistas. La única defensa que tienen la fiesta es precisamente el toro. La manera en la que viven. Eso también nos hace enfrentarnos a muchos ganaderos que piensan que los toros tienen que vivir como una oveja o un animal de establo

Intentamos que el toro viva de la manera más salvaje posible salvo por las obligaciones veterinarias que impone la UE. Tampoco nos gustan las fundas (unos artilugios inventados en el siglo XXI que sirven para proteger los pitones y evitar bajas por peleas). 95 de 100 ganaderos las usan. A nosotros nos parece mal por lo que conlleva. Hay que meter al toro en un cajón de cura y luego se le manipula el pitón. Este toro que ve (y señala un morlaco que observa desconfiado) es más astigordo y ese de ahí (por un melocotón) es más astifino. La perfección del pitón que se ve en las plaza implica cierto manipulación. Tener un toro en el campo con fundas es una barbaridad, es darle mala vida. Nosotros queremos mucho a nuestros toros porque son como de nuestra familia».

Ganadería Tomás Prieto de la Cal. JOSÉ AYMÁ

Doña Mercedes habla con tal vehemencia que da miedo preguntarle qué opina de ese movimiento entre empresarios y toreros para que se elimine la muerte frente al público.

 «Antes los tres tercios eran igual de importantes y el aficionado que pagaba merece verlos. El toro tiene que demostrar que es bravo en el caballo y tener un buen fin con la espada. Tiene que ser algo de poder a poder, de igual a igual. O yo te mato y tú me matas. Ahora quieren que vayamos a una especie de ballet, de señores que van vestidos muy bonito. Eso es acabar con la esencia de la tauromaquia que es el toro».

¿Qué harán si no puede mantener la ganadería en las actuales condiciones? «Pues dejaríamos sólo algunos por el placer de tenerlos. Pero sería una tragedia que se perdiera la casta de los veragua».

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