miércoles, 26 de septiembre de 2018

LA FUERZA DE LA PALABRA / por BENJAMÍN BENTURA REMACHA



Después de “La Pañoleta”, Rafael fundó el tablao flamenco “El Duende” con su suegra, Pastora. Y, finalmente, “Gitanillos”, barrio de Salamanca, calle de Claudio Coello, en donde Laureano sentó cátedra de relaciones públicas.

LA FUERZA DE LA PALABRA

BENJAMÍN BENTURA REMACHA
Tengo montado en el gimnasio de mis años mozo un arduo combate que dura ya todo lo que ha durado mi carrera profesional. Me consoló saber que Camilo José Cela también se ufanaba de sus peleas diarias con la gramática, cosa que algunos de los que se consideran escritores de moderno cuño han soslayado con el empleo de palabras gruesas, fuertes, de las de los muleros que pretendían  que los mulos tiraran del carro lleno de sacos de trigo y que hasta se vanagloriaban de soltar algún juramento que otro cuando en los pueblos de la España resucitada se multaba ese juramento con un duro, cinco pesetas. No intentaba corregir al columnista Ignacio Ruiz-Quintano por su equivocación del cartel y la fecha en la que decía que Curro Romero se negó a matar un toro en la plaza de Las Ventas del Espíritu Santo en julio de 1987 y acompañado en el paseíllo por Antonio Chenel “Antoñete” y Rafael de Paula. La realidad es que el hecho insólito se produjo veinte años antes, en mayo de 1967, que en el cartel le acompañaban a Curro Rafael Ortega  y Sánchez Bejerano y que el impacto en el ambiente taurino hispano fue tremendo. ¿Los perjudicados? Rafael Ortega, que le hizo una gran faena al primero de la tarde y le cortó las dos orejas, y Sanchez Bejerano, oreja en el tercero, en su segunda actuación en  Madrid tras la confirmación de su alternativa. Todo esto lo explicaba yo en la carta que le dirigí al director de ABC y que se ha publicado el día 23 de este mes de septiembre. Y con ello no pretendo ni espero que ello vaya en desdoro del prestigio literario y periodístico de Ruiz-Quintano, al que tenemos que agradecer los aficionados y profesionales del toro que, de vez en cuando, haga una incursión en este campo tan olvidado por casi todos los medios de comunicación de España y recordado con frecuencia para combatirlo y negar la evidencia de que Iberia es una piel de toro extendida desde el  Mediterráneo al Atlántico, añadidas las tierras francesas de La Camarga y Las Landas, Portugal y buena parte de América. No será fácil acabar con el toro, pero hay muchos interesados en romper España y muchos dineros para promover campañas animalistas que exigen con más ahinco residencias para perros que para ancianos. El combate se presenta duro y constante.

El artículo de Ruiz-Quintano del 19 de septiembre de este año estaba dedicado a la memoria de Laureano, un señor de Puertollano, barman de alcurnia, que ejerció su maestría  en “Gitanillos”, un lugar que, como su nombre indica, era patrimonio de los hijos de Rafael Vega de los Reyes. Yo conocí al segundo de los Gitanillos de Triana. El primero fue “Curro Puya”, el verso profundo y barroco de la “Verónica Eterna” fundida en bronce gitano, Francisco Vega de los Reyes. Hubo antes otro “Gitanillo”, Braulio Lausín, de Ricla, Zaragoza. No era gitano pero trabajaba con un tratante de mulas. Tuvo que añadir lo de Ricla para no confundirse con los  sevillanos de Triana. No había confusión porque lo caló da carácter. Curro Puya murió en 1931. Rafael no siguió mucho tiempo tras el suceso de Linares y, a principio de los 50 del siglo pasado, montó en Madrid, en la calle Jardines, entre Virgen de los Peligros y Montera, un colmado, “La Pañoleta”, en el que convivían Rafael, Pastora Imperio, su hija Rosario Rojas, esposa de Rafael, y sus churumbeles. “Gitanillos” vino después, ya en los 60 y con otro ambiente. Dicen que Rafael cantaba flamenco. No lo sé. Sí sé que Curro Romero y Antonio Chenel grabaron un disco de villancicos flamencos y Rafael Vega de los Reyes les acompañó con palmas, oles y el “tirititay, tay, tay” consabido. Habría que ver los días que se juntaban Caracol, Pastora y Rafael en el colmado de “La Pañoleta”, cerca de “la playa” de la calle Sevilla, paseantes de todos los gremios toreros, el quiosco de “los iguales” del picador “Melones”, “La Tropical” “Riesgo”, “Marfil”, “El Gato Negro” o “el Chino” de “La Alemana”, refugio de los Dominguín, Núñez de Arce, donde alternaba Marcial Lalanda, calle de la Cruz hacia la plaza de Canalejas, el “Lhardy” del homenaje a Manolete en la Carrera de San Jerónimo y el viaje hacia los toros por la calle de Alcalá, Cibeles, la Puerta de Alcalá, primera plaza de toros de obra, luego, más hacia la carretera de Aragón, la segunda plaza y ya la tercera, que ha llegado hasta nuestros días, en la misma dirección, la de Las Ventas del Espíritu Santo, el Nuevo Madrid sin accesos el año1931. Hasta finales del 34 no se inauguró oficialmente el nuevo circo taurino. Después de “La Pañoleta”, Rafael fundó el tablao flamenco “El Duende” con su suegra, Pastora.

Y, finalmente, “Gitanillos”, barrio de Salamanca, calle de Claudio Coello, en donde Laureano sentó cátedra de relaciones públicas. Rafael Vega de los Reyes murió el 24 de mayo de 1969 en un accidente de carretera a la vuelta de una fiesta en la finca de Luis Miguel Dominguín de la provincia de Cuenca, camino de Valencia. Con él falleció también el matador de toros venezolano Héctor Álvarez, esposo de Pastora Vega, una de las hijas de Rafael.

Me preocupa la palabra. El toro tiene sus muchas palabras, su particular lenguaje que ha enriquecido el hablar de los españoles. Coger el toro por los cuernos. Atarse los machos. Ver los toros desde la barrera. Me rebelo cuando oigo en televisión que “el toro coloca la cara”. ¿Qué va a hacer si la lleva sujeta al cuello? O que “Fulano se acarteló”. ¿En qué diccionario aparece ese verbo? Antes, en los tiempos de S.M. El Viti, se decía que el de Vitigudino sobaba a los toros antes de iniciar su toreo al natural. Qué cosa tan fea: sobar. ¿Y lo de catafalco y azabache? ¿Por qué no ataúd? Mejor, negro.

A un joven y prometedor comentarista de toros, nieto del más clásico de los clásicos que en el toreo han sido, le leí el otro día una crónica en la que usaba el manido “acartelar” y añadía otro curioso termino verbal: “Colofonar”. ¿Poner el colofón a una cosa?  Pues lo voy a poner ya a mi escrito sin olvidar que Iván García “majó un gran par de banderillas en el quinto de la tarde” el día del mano a mano de Logroño entre “El Juli” y Urdiales. Majar, majar, se majan las aceitunas. Al final todo se hace VIRAL, cómo la epidemia de gripe de hace cien años, la que impidió que ese año se dieran toros en Zaragoza por el Pilar. Este pudo pasar lo mismo, pero esta vez por otro tipo de virus .

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