jueves, 18 de octubre de 2018

Feria del Pilar 2018: el adiós de un héroe / Por Eduardo Acerete



Análisis de un abono cuya valoración no deja mal sabor de boca. El presidente D. Antonio Placer devolvió la la seriedad que se había perdido en los últimos años. Faena contundente de Álvaro Lorenzo. El Juli, en su encerrona, se encontró con un toro de Los Maños que le hizo sudar y sufrir como no ha padecido en toda la temporada. Talavante se fue inesperadamente.

Feria del Pilar 2018: el adiós de un héroe

Eduardo Acerete
No sabíamos si tendríamos feria. La primavera parecía invierno y la plaza de Zaragoza, y su afición con ella, se tuvo que enfrentar al cierzo y a las tempestades de un sistema que algunos afirman que no existe. Las exigencias del que quiere más, de a quien nada le vale sino encuentra su bolsillo lleno, parecían augurar el peor de los futuros a una plaza tocada durante años por malas gestiones de ganaduros. Tribunales, recursos, denuncias, sorteos y pocas ganas de que nadie diese toros si las arcas de cada uno no engordaban.

Pero así, contra viento y marea y con una cautelar que pretendía dar vida a la plaza, se organizaron en poco menos de un mes los festejos de ambos ciclos. La desaparecida, por este año, feria de San Jorge y la del Pilar casi se solaparon en un sola, separadas solamente por una semana de inquietudes. Y lo hicieron generando ilusión, con unos carteles en los que podían verse notables ausencias como la de Roca Rey que prefirió terminar su temporada en un festival en Sevilla; la de un impredecible Morante; o las de los toreros del empresario de Madrid que, después de las trabas a los trámites de nuestro pliego, no aparecieron en los carteles.

Todo empezó con una interesante novillada de Aureliano Hernando de la que se cayó Miguel Cuartero por una lesión campera que venía de largo. El principal aliciente de aquella primera tarde de toros, el novillero de la tierra, se había ido, pero aún así, las ganas de toros de la afición maña, poblaron los tendidos. Poco había, en cambio, que rescatar de aquella tarde si no hubiese sido por el ganado. Al día siguiente, y cerrando el miniciclo, la corrida concurso nos dejó momentos de interés en las manos de Chacón. Algo de ella rescatamos. Y es que el juego de los toros presentados a la cita mejoró si cabe el saldo ganadero de los tres últimos años, pese a que alguno, como el toro de Prieto, careciese de la presentación y dignidad mínima para lidiarse en esta plaza. Aunque, en general, lo que se dice bravura no hubo mucha, quizá sólo la presentada por el tardo sexto en el caballo pero al que no pudimos ver en la muleta de Pepe Moral, que atesoró una tarde hacia abajo.

De domingo a viernes la expectación continuaba abriéndose más porque el tramo pilarista se iniciaba con la siempre esperada novillada de Los Maños. Una novillada con juego y a la que Adrien Salenc consiguió arrancar dos orejas de un buen novillo. El sábado 6, en cambio, comenzaba la que ha sido la principal tónica de esta Feria: las retiradas. Venía a dejar los ruedos Juan Bautista, en plaza de primera, sin tampoco mucho ruido, e intentando dejar sobre el ruedo motivos para su recuerdo. Pero en la notable corrida de Montalvo quien iba a dar otro toque de atención era el joven Álvaro Lorenzo, una de las pocas ilusiones que parecen abrirse entre la cada vez más hastiada afición. Dos orejas y una faena contundente que, desde luego, le harán figurar en todas las quinielas para los premios de la feria.

El lunes la empresa intentó solventar lo malo de la fecha con una corrida que, al menos, atrajese a partidarios de quienes se vestían de luces. Una tarde de aragoneses en la que al buen juego de los toros de El Pilar se sumó la retirada sorpresiva de Ricardo Torres, en un arrebato de honradez que quedó sellado en sus palabras. Suerte en la vida, torero.

La tarde de García Jiménez, en un miércoles tomado por muchos habituales como descanso ante el cartel presentado, el toreo se esfumó de la plaza y el tiovivo emocional, peñista y partidario, calentó a quienes siguen acudiendo a ver al David del Granada a la par que helaba la afición de los habituales. Nada sacamos de lo que hicieron David Fandila, López Simón o un desdibujado Ginés Marín al que nada mal le ha de sentar el invierno. Una tarde, además, en la que le tocó a Don Antonio Placer sujetar a la plaza, como haría en adelante, devolviendo la categoría y la seriedad que se habían perdido en los últimos años. Y es que la labor de Placer fue admirable de principio a fin, con algún borrón como un inválido no devuelto el viernes, pese a las diatribas y gritos que parte de la prensa ha vertido sobre él. Zaragoza es un plaza de primera. Casi nos la matan pero estamos empeñados en que vuelva a su ser.

El torismo se daba cita el jueves ante el encierro de Adolfo Martín. Pero de nuevo, como le lleva sucediendo un temporada ya larga, la tarde estuvo marcada por la ausencia de bravura y casta y por un nivel de mansedumbre que empieza a pesar. Aunque en ella, al menos, vimos desplegar un magisterio lidiador a Antonio Ferrera del que muy pocos están provistos. Faena de altura ante un manso con genio en su primero que hizo caminar la tarde cuesta abajo, sobre todo al paso de un Miguel Ángel Perera que cada vez se encuentra más fuera de esto. Fuera, incluso, de sí mismo. Y tarde en la que no dejó mal sabor, por su disposición, Paúl Abadía pese al tiempo que ha estado alejado de los ruedos.

Ponce y su magisterio con un manso pusieron alguna nota de color al aciago viernes en el que Urdiales, después de reventar Madrid, no se encontró a sí mismo y en el que Perera pasó de la abulia a una insulsa y despegada faena que poco dijo. Magisterio de Enrique Ponce que no encontramos, en cambio, ante un primero del Puerto con cierta bravura y que por momentos desbordó al de Chiva, llevándole a perpetrar su versión más ventajista y aparentemente entregada pero carente del fondo de verdad que aúna el criterio de una plaza.

Para el último fin de semana nos esperaban los principales puertos de la Feria. La encerrona de Julián López Escobar y la publicitada despedida de Padilla. El de San Blas vino entregado hasta encontrarse con un toro de Los Maños que le hizo sudar y sufrir como, seguramente, no ha padecido en toda la temporada. De ahí hacia la nada. De ahí hacia la nada más hiriente para el orgullo de cualquier torero. Una gesta por los veinte años en la que mostrar su poder, su conocimiento del toro, y que se quedó en la conjugación de diversas decepciones. Él se trajo los toros. Él expulso a los de Alcurrucén metiendo otro de su amigo Domingo. Él fue el responsable del resultado.

Y el domingo, como colofón de feria, llegaba la despedida del Pirata, del hombre cien veces repuesto y reinventado; del último héroe trágico entregado por el toro. No era momento, seguramente, para esgrimir criterios, medir faenas o imponer fobias. A un hombre que se va con la dignidad de Padilla, que ha hecho de su vida ejemplo, sólo quedaba entregarle un día que recordase para siempre. Y así se hizo. La afición esperó cualquier atisbo de triunfo, cualquier resquicio de victoria por pequeño que fuese, para catapultarlo a los hombros de la gloria por la puerta de la Misericordia. No se amoldó a lo visto en el ruedo, claro que no, pero Juan José Padilla fue de nuevo alzado por la afición que lo vio caer y levantarse, terminando de hacerlo suyo. Que la vida le sea más fácil de lo que ha sido hasta el momento y que no se pierda su ejemplo. Adiós y un abrazo perpetuo, torero. Vino, además, acompañado de un Manzanares que entregó más de lo que tal vez esperábamos en la despedida de un compañero. Tres verónicas y una media ante un novillo -porque fue impresentable la corrida-, que hubieran roto la plaza de darlas otras manos. Y tres tandas de naturales, templados, encajados, elegantes y puros que contrastaron con multitud de series algo faltas de encaje. Pero qué tres tandas. 
Por último, acompañaba Talavante al de Jerez en su despedida sin que ninguno supiésemos que también él nos venía a decir adiós por un tiempo. Maestría y facilidad que se iniciaron con el cartucho de pescao y unas tandas de naturales que fueron ganando en encaje, en verticalidad y en verdad del toreo. Desplantes clásicos hacia el tendido o un final de perfil, al hilo del pitón, muleta atrás y el mentón hundido que terminaron por mostrarnos una faena amanoletada y cerrada por el palo del de Córdoba. Y en su segundo más profundidad y maestría, la cadera rota rematando los muletazos, que bien le habrían ayudado a salir a hombros de no ser por las espadas. Tarde grande del extremeño que tal vez nos costó ver sobre el tiempo pero que, con su marcha, acrecentará la ausencia de pureza que tantas tardes nos ha brindado.

Mucho más pasó y mucho menos. La feria no nos deja mal sabor. Aunque sí que es posible que haya varios debes de la empresa. La mala gestión de los períodos de abono y venta de entradas generaron situaciones inusuales como la ausencia de espacios libres en los tendidos para el cambio de localidad de los abonados o para que fuesen sacados nuevos, mientras salían a la venta, salvo para el día 14, en forma de entradas sueltas. La supresión de dos apartados públicos de interés o el fiasco de una feria de populares que no contempló los llenos de otros años.

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