domingo, 19 de mayo de 2019

San Isidro'19. Pablo Aguado nos regala un huevo de Fabergé en un "Tapado" de Montalvo, y José Ramón Márquez su magistral crónica.


Pablo Aguado en Madrid
Tener algo que decir y decirlo: el toreo

La dimensión de lo que esta tarde ha planteado Pablo Aguado es descomunal porque pone frente a los ojos de tantos muchachos engañados que andan por esas escuelas taurinas, por esos centros taurinos de alto rendimiento, la verdad inmutable del toreo hecho con los más simples mimbres: la verdad, la naturalidad, la personalidad, la torería... el tener algo que decir y decirlo: el toreo. 

Fotos de Andrew Moore
La corrida de hoy no había despertado, a priori, la más mínima expectación. Cuando se anunciaron los carteles del bombo y el platillo (el bombo para Roca y el platillo para Julián) y al abonado se le dió la oportunidad de no sacar obligatoriamente algunas corridas, la del día 18 de mayo de 2019 fue una de las que con más insistencia fue dejada de lado por los aficionados, y bien que se arrepintieron bastantes de ellos tras tener noticia del rotundo golpe en la mesa que dio Pablo Aguado en la pasada Feria de Abril sevillana, tanto que el paisaje de hoy había cambiado respecto de lo de otros días, con un buen número de abonados sentados en asientos distintos de los suyos, pues habían decidido adquirir la entrada a la que en su día renunciaron, con la sana intención de no perderse la crucial comparecencia de Aguado en Madrid. El resultado de esto es que hoy la Plaza presentaba un aspecto más propio de San Isidro que lo que llevamos viendo en los festejos precedentes, en los que ha habido más cemento del que a uno le gustaría ver.

Los que compraron la entrada acertaron, a fin de cuentas ahí no había apuesta sino entrega a los designios de Domb, y los que se olieron la tostada de que Aguado venía con fuerza y se hicieron con un boleto, fueron recompensados convenientemente en el último asalto, el sexto toro, con el que un Pablo Aguado pleno de serenidad ha dictado una declaración de intenciones que es de un valor totalmente revolucionario, pues atenta de manera frontal contra lo que cada día se predica como "toreo" y, peor aún, como "toreo bueno", desde los habituales púlpitos dedicados a las fake news, a la mixtificación, a la ceremonia del engaño y la confusión que la crítica -cada vez menos crítica, cada vez más propaganda- lanza desde sus prescindibles púlpitos de papel, de televisión o de internet. 

La dimensión de lo que esta tarde ha planteado Pablo Aguado es descomunal porque pone frente a los ojos de tantos muchachos engañados que andan por esas escuelas taurinas, por esos centros taurinos de alto rendimiento, la verdad inmutable del toreo hecho con los más simples mimbres: la verdad, la naturalidad, la personalidad, la torería... el tener algo que decir y decirlo: el toreo

Pablo Aguado pone frente a los ojos de esos muchachos la incuestionable, la dura realidad de que el toreo no está al alcance de todo el mundo, que esto no es una Facultad donde te dan el título de Licenciado en Historia del Arte, porque en el toreo hay cosas que las da Dios y otras que se pueden aprender, y lo de Aguado no hay escuela que lo enseñe. De igual manera que Pablo Aguado sacó de la corrida a Roca en Sevilla, en una terrible, impotente y pura aceptacion de la realidad de que él jamás puede estar a esa altura, hoy en Madrid ha vuelto a anonadar, poniendo su verdad frente a la afición, entre la cual se contarían sin duda un buen número de jóvenes aficionados que jamás habrán visto antes torear de esa manera, con esa despaciosidad, con esa sencillez de no darse importancia, con esa gracia, y que desde el día de hoy entenderán mucho mejor de qué hablamos cuando pronunciamos los nombres de Antonio Bienvenida, de Pepe Luis, de Manolo Vázquez o de Pepín Martín Vázquez.

El inicio de la faena de Pablo Aguado al sexto de la tarde, Tapado, número 50, un colorado chorreado en verdugo de Montalvo, es una joya de orfebrería, un huevo de Fabergé de esos que coleccionaban los zares de Rusia, un compendio de gracia y sinceridad absolutamente inusitadas en estos días que corren donde la vulgaridad, el despatarre, la inclinación, el toreo de ángulo o de alcayata se nos quieren vender como valores superiores. 

Aguado desde la más natural verticalidad hace venir al toro desde el 5 hacia el 6 donde él le espera y le recibe sin violencia, sin buscar quebranto, con cuidadito guía la embestida portando la muleta en la derecha, tanteando las condiciones del toro, le gana distancia, le da otro suavísimo a la media altura y se cambia la muleta de mano mientras el toro está acabando de girarse, pura gracia, para empalmar con un pase por alto y, a continuación, un soberbio natural del que sale andando y en seguida remata con el pase de pecho. No se puede hacer con más torería un inicio de faena. A continuación, cuatro con la derecha, ¡y vaya manera de agarrar la muleta!, delicadísimos y el precioso remate con un cambio de mano de pura inspiración. 

Aguado se ve obligado a recolocarse a la salida de cada uno de los redondos, pues no acaba de rematar el pase hasta el final, pero la manera en que templa la embestida, la forma en que se trae al toro y lo hace pasar pegado a su cuerpo, su voluntad de torear despacio llegan al tendido con enorme fuerza y se le jalea la serie con mucha pasión. A continuación una serie con la izquierda compuesta de cuatro o cinco muletazos, de nuevo hechos a base de suavidad y personalidad y rematada con torería y gracia. Luego, otra serie con la derecha e idénticos argumentos, acaso de menor intensidad pero con el público entregado es el preludio a lo de la espada, sobre lo que echaremos un poco de cal viva, porque la verdad es que esta desapacible tarde de sábado no fue, en modo alguno, la tarde de los ases de espadas. Ignoro cómo se verá la faena de Aguado en la TV, para los aficionados que gustan de eso, pero desde este momento aseguro que es imposible que las cámaras -y mucho menos la deprimente cuadrilla que comenta las cosas- hayan sido capaces de reflejar el estado de gracia de la Plaza en este segundo toro de Pablo Aguado, señalado de manera espectacular con los silencios que han antecedido al inicio de las series, esos impresionantes silencios de Madrid que son realmente sobrecogedores.

Hoy Pablo Aguado ha presentado netamente sus credenciales y, pese a ciertas imperfecciones que su faena haya podido presentar, pese a ciertos enganchones y falta de colocación o de remate, es conveniente juzgarle por el soplo de frescor que traen sus modos y evaluar el conjunto de su actuación desde la óptica de lo desusado de su propuesta, de su firme resolución de torear a cámara lenta, de la cadencia de sus muletazos, de su elegante naturalidad, de su personalidad tan a contraestilo de lo que en estos tiempos se estila, de la promesa, en fin, que contiene su toreo respecto de las grandes tardes que puede darnos.

El resto de la tarde ha resultado perfectamente ajustado a lo que se esperaban los que optaron por no sacar boleto para esta corrida: un Ginés Marín anegado en la más vulgar concepción del neotoreo, jaleado por la masa acrítica y recompensado con una barata orejilla en el toro que se movió e ignorado por los mismos en el toro que no se movió, habiendo presentado idénticos argumentos en ambos, y un Luis David que no ha sido capaz de ponerse y aprovechar el toro bueno -su primero- y ha optado por hacer el esfuerzo en la segunda parte de la faena al malo sin que nadie se lo tuviese en cuenta. 

En cuanto al ganado, era el que va herrado con los dos círculos del viejo hierro de Trespalacios, que en la actualidad corresponde a la ganadería de Montalvo, que dice el programa que está compuesta de toros de Martínez y de toros de juampedro, llevados por separado. Y lo mismo es hasta verdad, pero ponemos la mano en el fuego que de los seis que salieron -uno expulsado por feblería congénita-, ninguno era de Martínez, si se refieren a la antigua ganadería colmenareña, que si acaso se refieren a los sobaos Martínez entonces la cosa ya puede cambiar de manera sustancial.
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Fotografías de Andrew Moore
Tapado, Tapadito, Tapadete

un compendio de gracia y sinceridad absolutamente inusitadas
en estos días que corren donde la vulgaridad, el despatarre,
la inclinación, el toreo de ángulo o de alcayata se nos quieren vender
como valores superiores

 
Pablo Aguado, de marfil y oro
Pinchazo y bajonazo (silencio). Estocada-guardia, dos pinchazos (saludos)

 
la verdad inmutable del toreo hecho con los más simples mimbres:

 
la verdad, la naturalidad, la personalidad, la torería

 
de igual manera que Pablo Aguado sacó de la corrida a Roca en Sevilla

 
en una terrible, impotente y pura aceptacion de la realidad
de que él jamás puede estar a esa altura

 
hoy en Madrid ha vuelto a anonadar

 
El inicio de la faena de Pablo Aguado al sexto de la tarde, Tapado,
número 50, un colorado chorreado en verdugo de Montalvo

 
es una joya de orfebrería, un huevo de Fabergé
de esos que coleccionaban los zares de Rusia

Cuando has dicho en Madrid lo que tenías que decir

 Ginés Marín, de azul marino y oro
Estocada. Aviso (oreja). Pinchazo y estocada contraria (silencio)

anegado en la más vulgar concepción del neotoreo

 
jaleado por la masa acrítica y recompensado
con una barata orejilla en el toro que se movió

 Luis David, de malva y oro
Estocada al encuentro (petición y vuelta)
Estocada desprendida (silencio)

 
Guernica montalvés

 
Sé que pasó algo en la plaza (desde luego, no iba por él)
Me he roto por momentos
Luis David

Sin aire, todo hubiera sido más rotundo
Ginés Marín

 ponemos la mano en el fuego que de los seis que salieron
-uno expulsado por feblería congénita-, ninguno era de Martínez

no ha sido capaz de ponerse y aprovechar el toro bueno -su primero-

y ha optado por hacer el esfuerzo en la segunda parte de la faena al malo
sin que nadie se lo tuviese en cuenta

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