miércoles, 19 de junio de 2019

Iván Fandiño, más allá de la eternidad / por Pla Ventura



Iván Fandiño, más allá de la eternidad

Madrid, 17.06.2019
Hoy, diecisiete de junio, cumplimos dos años sin la presencia física de Iván Fandiño en los ruedos y en la vida. Un toro de Baltasar Ibán –podía haber sido de Juan Pedro- segó la vida de tan magno torero en un pueblo de Francia en el que, como siempre, Fandiño se quería reivindicar allí donde fuere. Como sabemos, el taurinismo le quiso postergar porque apostó más fuerte que nadie en el mundo y, perdió. En aquella apuesta quiso decirle al mundo la grandeza que anidaba dentro de su ser y la que los taurinos querían negarle. ¿Qué hacer? La proeza más grande jamás soñada que, Fandiño, la hizo realidad al encerrarse con seis auténticos toros en la plaza de Madrid un domingo de Ramos.

Fandiño, lógicamente, ante dicha actitud, con la misma quería decirle al mundo lo que los taurinos le negaban, su grandeza torera que, en aquellos momentos, harto de recibir premios por doquier y loas de alabanza por parte de los aficionados, el mundo empresarial querían acabar con él; incluso muchos de sus compañeros le despreciaban porque, como el mundo sabe, jamás torearon con él. Y todo eso lo sabía Fandiño puesto que, miraba a su alrededor y comprobaba la gran mentira que anida en el toreo puesto que, ¿cómo se podía cuestionar a un hombre que lo había sido todo? Es decir, terminar dos años consecutivos como cabeza del escalafón, haber obtenido premios por doquier en España, Francia y América. Aquel vendaval que Fandiño suponía para el toreo, había que frenarlo, como fuere, quitarlo de en medio para que no molestara.

Iván sabía de su grandeza, razón de peso para afrontar aquel reto memorable de los seis toros en Madrid en una fecha en la que, desde siempre, acuden a la plaza un nutrido grupo de aficionados, pero nada más. Y se anunció, con dos cojones, con ganaderías de las que habitualmente se jugaba la vida y con las que tantas veces había triunfado. A priori, en la citada tarde, lleno de no hay billetes, motivo por el cual Madrid le adoraba. Luego, sus enemigos, uno de cada ganadería, no quisieron colaborar en lo más mínimo con el bravo espada que, pese a darlo todo, no tuvo la recompensa del triunfo que soñaba.

Tras aquel “fracaso” los taurinos respiraban tranquilos y felices porque, de alguna manera se lo habían quitado de en medio y, lo que para ellos era más reconfortante, le habían frenado para que no pidiera dinero. Todo un calvario el de aquel año que Fandiño lidió como Dios le dio a entender, pero sabedor de que había perdido en su apuesta. Era, ante todo, como empezar de nuevo; vamos, como si todo  lo logrado con anterioridad no valiera para nada. Pero así se lo hicieron ver. Claro que, el diestro de Orduña nunca desfallecía y, sabedor de todas las trabas que le habían puesto, sabía que no cabía otra solución en seguir luchando a brazo partido, donde fuere y en la plaza que tocara.

Fueron dos años durísimos en que la revancha se la mostraron los taurinos y, los propios toreros que, alguno de ellos que jamás quiso torear con él, el día del sepelio estaba allí para mostrar sus “condolencias”. Todavía, visto desde la perspectiva del tiempo pasado, me sabe a milagro que Iván Fandiño lograra todo lo que consiguió que, como dije, hasta encabezó el escalafón durante dos años siendo triunfador en las principales plazas de España, Francia y América, lo dicen los éxitos allí logrados y los premios conseguidos.

Sus enemigos le tildaron de pelotari, cuando, como torero, era de una relevancia máxima a tenor de sus legítimos triunfos que, discutirlos hubiera sido una canallada, lo que algunos hicieron para darse el gusto de borrar del “mapa” a un hombre honrado que supo cautivar primero a Madrid y, más tarde, a base de torería de la buena, a todo el mundo. Como dije, ahí están los resultados y, lo que es mejor, todo lo logrado lo consiguió enfrentándose a toros encastadísimos, justamente, a los que les huían las figuras del toreo. Ese era su pecado, su triunfo de ley ante lo que los demás despreciaban. Fijémonos que, su grandeza era tanta que, como demostró, no le importó matar una corrida de Baltasar Ibán en un pueblo de Francia, justamente, la que le llevó a la muerte.

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