miércoles, 11 de septiembre de 2019

FERIA DE ALBACETE: ¡Qué emoción! / por Alejandro Martínez



Las mismas figuras de las últimas dos décadas con los mismos toros de siempre. ¿Quién puede soportarlo? Cada vez menos aficionados, está claro.

¡Qué emoción!

Ponce y Álvaro Lorenzo cortan una oreja a una mansa y descastada corrida de Daniel Ruiz

ALEJANDRO MARTÍNEZ
EL PAÍS.COM, Albacete 10 SEP 2019 
Una carrera de caracoles tiene más emoción que el espectáculo celebrado este martes en la plaza de toros de Albacete. Sin duda. Entre los toros de Daniel Ruiz, sin un ápice de casta brava en sus venas; la actuación de la terna, especialmente de los veteranísimos Ponce y Juli; y lo fresca que se puso la tarde, aquello fue insufrible. Tanto que, mientras Álvaro Lorenzo aún muleteaba al sexto, muchos espectadores salieron corriendo. Lo milagroso es que no lo hicieran antes.

Las mismas figuras de las últimas dos décadas con los mismos toros de siempre. ¿Quién puede soportarlo? Cada vez menos aficionados, está claro. Un ejemplo: hasta hace no tanto, en Albacete, un cartel con Ponce y Juli era garantía de lleno en los tendidos. Esta vez, la plaza registró algo más de tres cuartos de entrada. ¿Un fracaso? No. ¿Un éxito? Tampoco.

Pero, como en el cine, la misma película repetida hasta la saciedad acaba cansando. Y si ese largometraje apenas cuenta con escenas emocionantes, aún más.

Muy noble resultó la corrida de Daniel Ruiz. Tanto como mansa y descastada. Al llegar al caballo y sentir la puya, todos se dolían y defendían lanzando derrotes con la cara por las nubes. Después, en el último tercio -para el que realmente fueron concebidos- iban y venían, con trote cochinero, humillando más o menos, pero sin un mínimo de transmisión.

Una pizca de clase tuvo el tercero, un cinqueño pasado que perdió las manos en varias ocasiones, pero que le sirvió a Álvaro Lorenzo para enfervorizar al público con un arrimón final en el que se dejó llegar los pitones a la banda de la taleguilla. Entre eso, la quietud de sus zapatillas y algunos circulares invertidos, (casi) todo el mundo se olvidó de que lo que tenía delante era un sucedáneo de toro bravo sin emoción ni fiereza alguna.

No importó que no hubiera rotundidad en el toreo fundamental -instrumentado casi siempre en línea-, ni que la espada cayera trasera y atravesada. La gente pidió las dos orejas. Afortunadamente, la presidenta solo concedió una.

Ese capítulo fue el más destacado del interminable festejo. Ese y el enfrentamiento de parte del público con el director de la banda de música. Éste, como buen aficionado, no encontró motivos para poner a trabajar a sus músicos en la mayoría de las faenas, algo que enfadó a parte de los tendidos. Y también al ganadero, que no paró de hacer gestos desde el callejón solicitando el tachín-tachán. Vergonzoso.

Ya muy tarde, cuando casi se preparaba para ejecutar ese horrible invento suyo de las poncinas, Enrique Ponce escuchó los acordes del pasodoble. Todo tras meter el pico y torear a media altura a un animal muy justo de fondo, que tardeó mucho y no paró de escarbar. Pese a lo irregular de la labor, la estocada letal cobrada al primer intento le valió la orejita de rigor. Menos cómodo anduvo frente al serio y hondo primero, más reservón.

El que sí se marchó de vacío fue El Juli. Tras abreviar con el segundo, un sobrero de la ganadería titular que se acabó rajando, bajó la mano y dio muchos pases frente al quinto, de embestida borreguil. Vulgar, retrasando constantemente la pierna de salida para ligar los muletazos sin cargar la suerte, desafinó con los aceros y se quedó sin trofeo. Pobre.

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