martes, 29 de octubre de 2019

¡Buenos días, Excelencia! / por Pedro Sostres


Franco, a la salida de la Basílica del Valle de los Caídos, es llevado a hombros por sus nietos y biznietos. Entre ellos, Luis XX, rey de Francia.


En el rictus de la ministra,estaba la derrota de la Guerra Civil y la vergüenza de que se os murió en la cama.

¡Buenos días, Excelencia!

Pedro Sostres
El Manifiesto, Madrid, 28 de octubre de 2019
La izquierda le debía a Franco un funeral de Estado y ayer se lo dio, pretendiendo humillarlo pero convirtiéndolo otra vez en el centro de la política española. Asomó el Caudillo de vuelta. ¡Buenos días, Excelencia! Y en el rictus de la ministra, de pobre acomplejada, estaba la derrota de la Guerra Civil y la vergüenza de que se os murió en la cama. Los tres representantes del Gobierno, en pie frente a la Basílica, con su cara que quería ser seria y era de miedo, el mismo miedo que os dio mientras rigió nuestro destino, parecían bolos puestos allí para que la familia Franco jugara con ellos. Eran la pequeñez del Estado laico frente a la Gracia de Dios. La escenografía que eligieron como insulto fue una rendición. Otra vez cautivos y desarmados.

No cada día sale Su Excelencia a pasear, ni mucho menos en helicóptero. Y sí, claro, fue propaganda electoral, pero de Vox.

Por mi parte le agradezco muy sinceramente al presidente Sánchez las imágenes que Televisión Española nos brindó, y la narración, por llamarlo de algún modo, de Xabier Fortes. Uno de mis pesares era no haber podido vivir ni un instante de franquismo, y ayer pude finalmente pactar con la Historia viendo aquel No-Do fascinante, y la devoción que aquellos noticiarios profesaban por el Caudillo resucitó intacta en el trato inevitablemente reverencial, y temeroso del Señor, que tuvo la hagiográfica retransmisión.

El helicóptero elevándose ante la Cruz, pero manteniéndose, respetuosamente, por debajo de su altura, fue la metáfora de una plegaria atendida y de cómo en el Cielo juegan los ángeles: por encima de los hombres, sobrevolándonos, mirándonos y perdonándonos; y por debajo de Dios, que a todos nos ama y para todos tiene abiertos sus brazos.

El Caudillo os volvió a ganar, también como siempre. O, por decirlo de un modo menos inexacto, volvisteis a perder y la derrota es el único destino que conoceréis mientras os ciegue la rabia y el odio y vuestro absurdo afán de tratar de explicar al hombre sin su alma y al mundo sin su Creador. Se os leía el viejo miedo en la cara, como un libro de Historia que vuelve a repetirse una y otra vez, y de nuevo protagonizado por la misma miseria moral que os llevó al naufragio en el 36, y a su réplica en la fiesta de ayer, en la que volvisteis a proclamar, queriendo negarlo, el Misterio de la Fe y me regalasteis, ni que sólo fuera por unas horas, lo más parecido a lo que debió de ser la Formación del Espíritu Nacional y que yo tanto lamentaba no haber podido conocer. Quisisteis exhumarlo y lo resucitasteis. Quisisteis vengaros y le escribisteis un poema de amor. Quisisteis los votos y ahí estaba la sombra de Vox, calculando el próximo salto en las encuestas.

Mientras contemplaba, cautivo y desarmado también yo, en el sofá de mi casa, el espectáculo que tan boyantemente vuestras cámaras ofrecieron, tuve la sensación de que os debía una disculpa y ahora humildemente os la ofrezco. Si alguna vez os traté con severidad, no tuve que haberlo hecho. En adelante sólo tendréis mi compasión y mi ternura, porque el daño ya os lo hacéis vosotros, y nadie mejor que vosotros.

Francis Franco lo dijo al terminar el glorioso homenaje: “No es lo que esperábamos, pero ha estado bien”. ¿Quién, sin ser un ingrato, podrá desde lo ayer, volver a insultar a Pedro Sánchez?



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