miércoles, 23 de octubre de 2019

Diego Ventura escribe una carta abierta a la familia Lozano



Porque de señores del toreo está cargada la familia Lozano, mis compañeros de camino en estos últimos cinco años tan difíciles, tan intrépidos, tan importantes y tan inolvidables para mí. La vida es camino. Un camino constante. Y el camino se hace más fructífero cuando te acompaña en él alguien de la grandeza humana y taurina de don Pablo Lozano.

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Tras tomar un nuevo rumbo empresarial, Diego Ventura escribe una carta abierta no sólo a su apoderado, Pablo Lozano, sino a toda la familia toledana.

Diego Ventura escribe una carta abierta a la familia Lozano


Madrid, martes, 22 de octubre de 2019 
Cinco años es mucho tiempo en la vida de un torero. Más aún cuando se desarrollan en un contexto tantas veces a la contra y, aún así, se encaran retos como nunca antes nadie y se convierten en hitos. En cimas, en cumbres alcanzadas. Pero nunca solo. Un torero nunca camina solo. Lo hace en compañía de gente fundamental que cree contigo en esos retos y que contigo los convierte en hitos. La gente que conmigo vivió tanto durante los últimos cinco años comparten apellido y sangre. Pero no sólo eso: también una filosofía de vida, una manera de estar y de hacer en el toro. Tan exclusivas cada vez más por tan infrecuente cada vez más. Señorío le llamo.

Porque de señores del toreo está cargada la familia Lozano, mis compañeros de camino en estos últimos cinco años tan difíciles, tan intrépidos, tan importantes y tan inolvidables para mí. La vida es camino. Un camino constante. Y el camino se hace más fructífero cuando te acompaña en él alguien de la grandeza humana y taurina de don Pablo Lozano. El don siempre por delante para nombrar a un señor del toreo y de la vida. ¿Cómo agradecerle, maestro, tanta enseñanza, tanta sabiduría y la inmensa suerte de conocerle en la corta distancia y así disfrutarle? Mis respetos siempre, don Pablo. Como para ti, Luisma. Contigo fue la primera conversación, el acuerdo para caminar juntos, el apretón de manos, la presencia cercana por más que la exigencia de apoderar a una figura histórica como El Juli no nos haya dejado compartir todas las tardes, tantas tardes de toros. Pero siempre estabas antes y después de ellas, siempre pendiente, siempre cerca. Como un torero necesita.

Eso y que como torero le traten. Entendiste pronto lo que necesitaba, Luisma, lo que mi carrera requería y merecía y así defendiste ambas cosas desde la total implicación y con el empeño como máxima de que se respetara el sitio y las formas que nos corresponden. Fue duro, ¿verdad, Luisma? Pero apasionante también. Y hermoso. Y fortalecedor. Por eso siento que has marcado un antes y un después en mi carrera. Tú, Luisma, y tú, Pablo. Mi escudero, mi sombra, mi apoyo. La compañía inmarcesible, leal, incondicional. La mesura y la educación, la bondad y el equilibrio. La seriedad. El señorío, insisto. Tan a la baja en estos tiempos en los que el apoderamiento de un torero tan poco se entiende como el acompañamiento del hombre como lo haces tú. Hemos sido un equipo, Pablo, y todo lo logrado, lo logramos juntos. Juntos subimos cada peldaño y cada pendiente y juntos alcanzamos cada meta. Y han sido metas altas, ¿verdad, Pablo? ¡Gracias por tanto, apoderado!


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