miércoles, 16 de octubre de 2019

La hombría de Miguel Ángel Perera / por Paco Cañamero



Miguel Ángel Perera, quien resultó herido grave por el sexto y lo primero que hizo al llegar a la enfermería y ser atendido por una parte del equipo médico fue decir que siguiesen todos con Mariano de la Viña para salvarlo; que él y sus heridas, tenía una pierna abierta en canal, podían esperar. Y aquí otra vez nos descubrimos ante este torerazo extremeño que engrandece con su capacidad y ennoblece, con hechos como el de Zaragoza, la Tauromaquia.

La hombría de Miguel Ángel Perera

Paco Cañamero
Glorieta Digital, 15 octubre, 2019
Brindo por los toreros y por esos ángeles de la guarda que son los cirujanos taurinos. Por sus lecciones de vida en la entrega al arte del toreo, un ejemplo para la sociedad. Brindo por el gran peón Mariano de la Viña, que a estas horas las noticias sobre su estado ya son más esperanzadoras y también las de Gonzalo Caballero, que de nuevo a vuelta a vivir el drama de una gravísima cornada. Y me descubro ante Miguel Ángel Perera por su enorme lección y hombría en la enfermería de Zaragoza. Y por todos los banderilleros y profesionales heridos en este sangriento final de temporadas. ¡Por ellos!

Ha sido duro este puente del Pilar, si ya el mundo taurino vivía con la congoja sobre el estado de ese valiente llamado Gonzalo Caballero, el bucle se rizó aún más en la tarde del domingo, en la puerta de la enfermería de Zaragoza cuando las noticias eran confusas y el fantasma de la muerte de Mariano de la Viña volaba entre los presentes, hombres curtidos y hechos se encomendaban a la Virgen del Pilar por la salvación del torero tan gravemente herido. Entre ellos, con la mirada perdida y apretando los puños Jocho II, quien en el estío de 1988, cuando aún soñaba con el oro y era novillero de postín, sufrió una horrorosa cornada en el pueblo de Sabiote, por tierras de Jaén, en la víspera que en la plaza de Almería cesase el grito ¡que viene Manili!, que hacía furor en esas fechas tras sufrir el de Cantillana, que disfrutaba del pastel de las ferias, una tremenda cornada por un Albayda que le abrió las entradas. Jocho II, entonces emparejado con Ponce en muchos carteles novilleriles, salvó la vida milagrosamente y acabó, años después encuadrado de lidiador en la cuadrilla de él de su amigo Ponce. Amigos que hoy rezan para que Mariano de la Viña, que ha regresado de la muerte, se recupere para la vida normal.


En esa enfermería de la plaza de Zaragoza, que en la tarde del domingo era el centro de todas las miradas, mientras se trataba de salvar la vida a Mariano de la Viña, con el doctor Val Carreres protagonizando otro histórico momento que engrandece su trayectoria, se produjo otro hecho digno de la mayor admiración y por quien hay que descubrirse. El protagonista es Miguel Ángel Perera, quien resultó herido grave por el sexto y lo primero que hizo al llegar a la enfermería y ser atendido por una parte del equipo médico fue decir que siguiesen todos con Mariano de la Viña para salvarlo; que él y sus heridas, tenía una pierna abierta en canal, podían esperar. Y aquí otra vez nos descubrimos ante este torerazo extremeño que engrandece con su capacidad y ennoblece, con hechos como el de Zaragoza, la Tauromaquia. Perera, que momentos antes había protagonizado uno de los momentos más impresionantes de la temporada al rastrillar la sangre de Mariano de la Viña, que teñía de rojo las arenas de Zaragoza, ha vuelto a poner en el tapete del toreo, su inmensa dimensión, su categoría de figurón y su infinita humanidad. Por hechos como el suyo hay que descubrirse, porque gestos como el de Perera son los que hacen del la Tauromaquia una fiesta única.

Y ahora que Zaragoza vuelve a estar en la pomada por otra grave cornada que devuelve a aquellos tiempos previos a la cubierta y cada final de temporada, por La Pilarica, en esa plaza eran habituales los tabacazos, de nuevo hay que volver a aplaudir a esta dinastía de la familia Val Carreres, ángeles protectores de los toreros y tantas vidas han saldado. Desde el patriarca Val Carreres, al actual, por medio queda una larguísima lista de toreros que le deben la vida, desde Antonio Bienvenida, Jaime Ostos (en 1962, un año antes de la gravísima de Tarazona, donde también fue salvado por el doctor Val Carreres), Miguel Márquez, Palomo Linares, Tomás Campuzano, Ortega Cano, Juan Ramos… más recientemente la brutal de Padilla.

Porque esta dinastía de los Val Carreres suma su nombre a la grandísima lista de cirujanos taurinos que han honrado tanto la profesión, ejemplo de Máximo García Padrós (fiel heredero de su padre, don Máximo García de la Torre, quien ser mutilado de Guerra no le impidió ser un colosal galeno), que estos días también es noticia por salvar la vida a Gonzalo Caballero, al igual que hizo antes con tantos toreros. Son nombres gloriosos de la cirugía taurina, pero sin olvidar a otros muchos que, en los más remotos rincones del país, son ángeles de los toreros y siempre están prestos y preparados para atajar las cornadas.

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