viernes, 15 de noviembre de 2019

En la muerte de don Luis Sánchez–Urbina



Era un símbolo de la Salamanca ganadera. De esos ganaderos de nacencia que escribieron el importantísimo capítulo que tuvo el Campo Charro durante el pasado siglo en la cría del toro bravo y en su linaje hubo tantos nombres de tronío. Porque don Luis Sánchez–Urbina –conocido por todos como don Luis el del Sierro– estaban emparentado con varias de las familias salmantinas más destacadas de ese mundo.

Don Luis, el del Sierro, un ganadero señor

Paco Cañamero
Glorieta DigitalSalamanca, 15 Nvbre. 2019
Don Luis, siempre tan unido a su hermano Antonio, el titular de Sepúlveda tras la partición familiar y que tanto sufrió su temprana muerte, se supo ganar el don más allá de la tradición que siempre hubo de dar ese trato a los hombres de las grandes casas ganaderas. Don Luis, además, se lo ganó siendo un brillantísimo médico especializado en urología que contribuyó a llevar tan alto la prestigiosa Escuela Salmantina en todos sus destinos profesionales, desde Ecuador hasta su plaza en el hospital Virgen de la Vega, de Salamanca. Y en aquel médico de vocación que sembraba de humanidad su consulta y fue tan querido por compañeros y pacientes, había un ganadero de cuna que supo aprender el viejo oficio de criar toros bravos, arte heredado de don Ignacio, su padre, donde pronto supo enamorarse de la pasión ganadera que llevaba al lado de don Antonio, su hermano, criando aquellos toros anunciados a nombre de Sepúlveda y entonces con sangre Contreras que tanto prestigio lograron.

Porque su alma ganadera siempre vivió en él y la fomentó allá donde estuvo, ejemplo de ello fue en su paso por la república de Ecuador, donde forjó su prestigio de eminente urólogo, pero a la vez también asesoró a varios ganaderos del altiplano a seguir los pasos para alcanzar el éxito. Y hasta se llevó a aquellas tierras a Manolo Cerezo, un vaquero del pueblo de Martín de YeltesMartín del Río, por el que aún sigue conociéndolo mucha gente- que además era picador de toros y pronto se convirtió en una leyenda en aquellas tierras, donde después acabaría poniendo en marcha un próspero negocio de leche.

Después, con la partición familiar que llegó tras la muerte de don Ignacio, ya don Luis fundó su propia ganadería y no tardando muchos años se decantó por el encaste Atanasio Fernández, entonces era el más demandado por los toreros y muy aplaudido por los aficionados. Don Atanasio, en Campo Cerrado, finca muy cercana a Sepúlveda, con base del Conde de la Corte había criado ese toro ideal y tan demandado por las figuras durante décadas. Y con sus atanasios, don Luis alcanzó un nombre muy importante, donde contribuyó a ello su enorme categoría humana, su señorío, la bondad natural de la que hizo gala, valores que supo impregnar a sus hijos y nietos, quienes hoy lloran su marcha, también Julia, su mujer y perfecta compañera en la vida, con la que protagonizó una de las historias de amor más bonitas que se conocen.

Desde entonces, la ganadería de El Sierro siempre fue un pilar del Campo Charro logrando éxitos muy celebrados. Y trascendían aún más porque don Luis era un hombre tan querido, tan entrañable y siempre con el perfecto complemento de Juan Antonio Marcos, un mayoral de lujo con el que bastaba una mirada para entenderse. Con Juan Antonio Marcos, otro gran señor que nos dejó el pasado verano y fue figura en el viejo oficio de conocedor, ambos formaron un dúo de conocimiento y pasión por el toro a la altura de su grandeza humana.

Don Luis, junto a Juan Antonio Marcos, su fiel mayoral

Ahora, en este ecuador de noviembre que ya se embala para San Andrés, con el campo verde tras una semana de lluvias y ya han empezado a correr los regatos y el Yeltes ha repuntado, cuando los toros del prado de la calleja que tanto van a fotografiar los aficionados franceses, ya tienen el pelo erizado del invierno, don Luis marchó a la eternidad tras una longeva existencia, ya a punto de cumplir 96 años. Ahora queda para siempre el recuerdo de un señor que se ganó el don por sus virtudes humanas y por ese amor al toro bravo que marcó su longeva existencia.

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