miércoles, 27 de noviembre de 2019

Real Madrid. Modalidades del arte / por Antonio Escohotado



Del primero al último de los jugadores, esta noche sí fue cierto el sermón edificante de ZZ –que todos se esfuerzan por igual-, y el espectáculo quedará en los anales del recuerdo. Hubo 28 lanzamientos, un control apabullante distribuido por oleadas, como si los blancos jugaran con uno o dos más, y algo parecido al tiqui taca pero más vertical y ameno.

Antonio Escohotado

Jugar bien quizá sea poco para lo que acabamos de ver, porque quien puso de rodillas al equipo hace pocos meses acaba de arrodillarse ante él, superado en todas las líneas por quien acierta a moverse sin pausa y tocar lo mínimo, cuando tal cosa no añade imprecisión a los pases. Cumplir esa regla desarbola a cualquiera, incluso al flamante PSG, y esta noche el Real ha presentado su candidatura para los más altos empeños, apenas amortiguada por la sorpresa final del empate. ¿Qué más dará empatar, cuando median paradas formidables de Navas, un palo en el último minuto, y sobre todo el autogol de Varane? Del primero al último de los jugadores, esta noche sí fue cierto el sermón edificante de ZZ –que todos se esfuerzan por igual-, y el espectáculo quedará en los anales del recuerdo. Hubo 28 lanzamientos, un control apabullante distribuido por oleadas, como si los blancos jugaran con uno o dos más, y algo parecido al tiqui taca pero más vertical y ameno.

Hazard cumple lo esperado, sin rebasar tampoco el tarro de sus esencias, que se adivinan añadiendo a lo recién visto asistencias directas y goles, eventos perfectamente posibles si los árbitros no siguen dejando impunes coces como la de esta noche. Benzema tenía el hat-trick asegurado si Rodrygo le hubiese dado el balón con la sangre fría exhibida hasta ahora; pero antes o después los 18 años pasan factura, y tocaba ser entre otros este martes. En cualquier caso, Benzema y Hazard se bastan para animar una delantera al fin aterradora, completada según le parezca al míster con Bale, alguno de los mozalbetes brasileños e incluso James, Mariano e Isco, un fondo de armario casi insondable cuando la pareja de francófonos manda y templa a su antojo, como en su día el tándem Di Stéfano-Puskas, imponiendo al rival vigilarlo con el doble de individuos.

Con dos arietes tan serenos y técnicos es más fácil generar superioridad en el centro del campo, donde al trío Modric-Kroos-Casemiro se fueron sumando interiores de gran recorrido, como prometió ser Kovacic, lo fue hace un par de años Llorente y hoy lo es Valverde, a mi juicio más rápido, profundo y preciso a la hora de pasar. Quién habría dicho a principios de temporada que Cristiano dejaría de provocar nostalgia; pero he ahí que la Juventus tiene sólidas razones para temer un vapuleo como el del PSG, a despecho del empate, porque la capacidad de producir juego del Real revela ser extraordinaria, y ZZ le está sacando el jugo hasta el punto de resucitar a Marcelo e Isco, que pasaron de trotar cansinamente sobre el campo a ser actores destacados, en el partido de máxima exigencia.

Chapeau por ellos, por el míster y por quienes permitieron al caído levantarse, reverdeciendo las glorias de antaño y las de hace poco, última expresión del arte sostenido por el gusto del espectador, cuando gran parte del actual exhibido en museos debe ser explicado para interesar. En el Bernabéu sigue gustando sin depender de especialistas ni de fanáticos, por amor a la pericia que ese mismo césped contribuyó tanto a generalizar. Acabamos de tener ante los ojos una de las muestras más elocuentes de por qué fascina, y cada vez más.

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