domingo, 17 de mayo de 2020

Joselito El Gallo en el recuerdo / por Lope Morales

Talavera 1920 / Roberto Domingo

Cien años después de aquella tragedia, lo que parece seguro es que esta campaña nadie va a morir en ninguna plaza de toros. Ni toros ni toreros. Habrá quien celebre incluso más lo primero que lo segundo, pero esa es otra historia. La tragedia está teniendo lugar fuera de la plaza, sin que eso quiera decir que la gente del toro o los mismos toros se escapen de la quema viendo cancelada su temporada antes incluso de ser iniciada. 


Joselito El Gallo en el recuerdo

LOPE MORALES
Diario Jaén.- 14 MAY 2020 
No deja de ser por lo menos curioso que precisamente en el centenario de la muerte de Joselito, ni en la plaza de toros de Talavera —donde sufrió la mortal cogida— ni en ninguna otra se vaya a guardar el minuto de silencio con el que cada dieciséis de mayo honrábamos su memoria. Silencio, desgraciadamente lo va a haber. Pero silencio total. Cien años después de aquella tragedia, lo que parece seguro es que esta campaña nadie va a morir en ninguna plaza de toros. Ni toros ni toreros. Habrá quien celebre incluso más lo primero que lo segundo, pero esa es otra historia. La tragedia está teniendo lugar fuera de la plaza, sin que eso quiera decir que la gente del toro o los mismos toros se escapen de la quema viendo cancelada su temporada antes incluso de ser iniciada. 

Tenemos a los toreros enchiquerados y a los toros bravos enfilados en el matadero de los mansos esperando, no para ser mecidos por verónicas, ni alegrados por chicuelinas, ni quebrados en banderillas ni templados por naturales, sino aturdidos con una corriente eléctrica antes de ser degollados sin opción alguna para defenderse. Ninguno podrá lucir sus hechuras, su fuerza y su nobleza, enfrentándose a un loco vestido de luces que con un trapo y una espada se atreve a jugarse la vida en busca de la faena de sus sueños. Y tampoco nosotros, que adoramos al bruto y al loco, podremos aplaudir la bravura del primero o el temple del segundo, compartiendo emociones —que de eso va la cosa— como siempre hicieron nuestros antepasados durante muchas generaciones. Como la de hace un siglo, que tuvo la suerte de vivir la llamada “Edad de Oro del Toreo”, cuando Joselito y Belmonte, amigos y rivales, llenaban las plazas tarde tras tarde. Cómo sería el grado de apasionamiento de la competencia que en una ocasión tras una gran faena de Belmonte en Sevilla, sus partidarios fueron al párroco de Santa Ana a pedirle ni más ni menos que las andas de la virgen para llevar al Pasmo de Triana en volandas. El cura se negó, por supuesto, llamando sacrílegos a los belmontistas. Y agregó, “¡Hombre, si todavía fueran para Joselito!” 

Media España estaba con el toreo clásico, técnico y garboso de Joselito y la otra media con el temple, la cercanía y el misterio de Belmonte rompiendo la norma con su toreo considerado entonces imposible. “Hay que darse prisa pa verlo”, avisaba el Guerra. Paradojas de la vida, fue a José, el torero con más recursos de todos los tiempos el que —hará este sábado cien años— cayó en la plaza. Apolo y Dionisos, la perfección y el arrebato, la razón lógica y el éxtasis emotivo, formas diferentes de expresión en cualquier arte, incluido el de vivir, que cada cierto tiempo compiten, no para anularse entre ellos sino para complementarse y a veces contagiarse. Porque lo mismo que Don Quijote se iba sanchificando y Sancho Panza se fue quijotizando, José y Juan, rivalizando en la plaza, fueron adoptando maneras o recursos el uno del otro. Como artista, Juan ha dado más juego literario que José, eso es cierto. Pero como torero, José representa la plenitud, al mismo nivel en lo suyo —lo dice el profesor Amorós— que pueda serlo Bach en la música, Cervantes en la novela o Velázquez en la pintura.

 Al propio Joselito le preguntaron una vez, “A ver, José, ¿quién es mejor torero, Juan o tú?” “Mejor torero yo. Pero torea mejor Juan”. ¡Olé!

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