lunes, 13 de septiembre de 2021

¿Dónde quedó el juego limpio? / por: Fred Gwynne


España es el país de las cinco grandes Ligas donde menos tiempo real se juega, algo que hace que el espectáculo se resienta. La mejor Liga del mundo, la de Tebas, es la Liga donde más se engaña al espectador.

¿Dónde quedó el juego limpio?

La Galerna - 12 septiembre, 2021
Hace unas semanas, después de empatar su partido contra el Cádiz, Pellegrini hizo estas sensatas declaraciones:

"En la reunión de los árbitros nos dijeron que es la Liga de Europa que se juega más lento, se demora más el saque de una falta, se simula constantemente y hay un espectáculo que tenemos que cuidarlo. O cuidamos esto o va contra el espectáculo, la gente paga una entrada para algo. Es la Liga en la que menos se juega, los árbitros deben apurar a los porteros para sacar pronto, a los bandas, a que no se tiren... Tenemos que cuidar el espectáculo".

España es el país de las cinco grandes Ligas donde menos tiempo real se juega, algo que hace que el espectáculo se resienta. La mejor Liga del mundo, la de Tebas, es la Liga donde más se engaña al espectador. Sé que no debo generalizar, que no todos los partidos son así, que hay jugadores nobles, pero hay muchos datos que corroboran esta irritante sensación. Estamos pagando por ver 90 o 95 minutos de juego y nos están ofreciendo 50. Nos están, y espero que se entienda esta palabra, TIMANDO. Más de 40 minutos por partido de interrupciones, parones, simulaciones y aburrimiento.


¿Quién no ha asistido, desde la comodidad del sofá de su casa, o desde el mismo campo, a un añadido de tres, cuatro o cinco minutos (en un partido en el que todos, incluido el árbitro, sabe que se deberían haber añadido como mínimo ocho o diez) que se convierte entre faltas, simulaciones, pérdidas de tiempo al sacar el balón, protestas y marrullerías varias, en un minuto real de juego?

¿Quién no ha visto a un jugador de un equipo que va ganando por la mínima caer como si lo hubiese fulminado un rayo, mientras el resto de sus compañeros gritan y levantan los brazos al cielo clamando justicia y pidiendo, entre aspavientos, parar el pjartido?

Os voy a refrescar la memoria, es ese momento en el que todos, absolutamente todos los que estamos viendo esa deplorable actuación, sabemos que está fingiendo: los de su equipo, los del equipo contrario, el público del campo, las asistencias que están deseando entrar al terreno de juego para perder más tiempo y el pusilánime árbitro que ha parado el partido adulterando el resultado.

¿Quién no ha presenciado el milagro de ver a un jugador tullido, un lisiado, incapaz de caminar dos pasos seguidos, hacer un sprint de cuarenta metros persiguiendo al mismo jugador al que segundos antes acusaba de truncar su carrera?
¿Acaso no habéis visto como un jugador que se revolcaba en el suelo, tapándose la cara por un supuesto golpe, miraba entre sus dedos, si el árbitro sacaba la roja?


Todos hemos presenciado decenas de veces, a cámara lenta, cómo un ligero roce de los dedos en la cabeza de un jugador se acaba convirtiendo en un drama, en un revolcón infame. Da vergüenza ajena ver a un jugador de un metro ochenta en el suelo, fingiendo, gesticulando, haciendo muecas de dolor, mientras comprobamos el engaño en la repetición.
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Estoy harto de este fútbol. Lo hemos visto mil veces: faltita, faltita, faltita, faltita, faltita, faltita, faltita, faltita y vuelta a empezar. Partidos horribles, con continuas faltas o simulaciones para romper el ritmo: una, y otra, y otra más. Un espectáculo insufrible, un partido tedioso, aburrido, una bola que masticas una y otra vez hasta que la escupes.

Ya nos las sabemos todas: una falta normal que se convierte, gracias a un grito sobrecogedor, mil vueltas de campana y un equipo entero rodeando al árbitro en actitud amenazadora, en una tarjeta amarilla o roja. Hay técnicas, perfectamente perfiladas a lo largo de la historia, que por mucho que intentes camuflarlas, siempre acaban saliendo a a la luz. Convertir una simple botella de plástico, de 25 gramos de peso, en una asesina bomba de racimo capaz de tumbar a media docena de jugadores es, más que una actuación coral, una forma de ser y entender el fútbol, el ADN del engaño, del fingimiento.

NO PUEDE SER QUE PERMITAN, PARTIDO TRAS PARTIDO, QUE LOS JUGADORES RODEEN A LOS ÁRBITROS Y MENOSCABEN SU AUTORIDAD

Vemos campos donde, si el resultado es favorable, desaparecen los recogepelotas, saques de banda que tardan 45 segundos, porteros que se duermen arrullando al balón…

Odio ese fútbol. Odio a esos jugadores tramposos. Y no hago distingos, me da igual a qué equipo pertenezcan. Tengo mala memoria, pero hace unos meses, creo que fue en un partido de la Copa de Europa, vi un partido magnifico, extraordinario, en el que el árbitro paraba el juego lo mínimo. Fue toda una experiencia ver cómo los jugadores, en menos de diez minutos, aprendieron que ese ligero contacto, esa faltita que creía que le habían hecho (y por la que llevaba más de un minuto revolcándose) NO ERA UNA FALTA Y NO LA IBAN A PITAR.

Y se levantaban del suelo y seguían corriendo. Y el espectáculo crece y crece.

¿De quién es la culpa? ¿Jugadores, entrenadores, árbitros?


Sinceramente no lo sé, pero sí creo que la solución para erradicar estos comportamientos está, mayoritariamente, en manos de los árbitros. Los jugadores y los entrenadores seguirán con estas prácticas si ven que sacan rédito de ellas. Si en un partido se añaden cinco minutos y mediante engaños se juega solo uno, el problema continuará existiendo. Si fingiendo una falta consiguen una tarjeta, seguirán fingiendo. Los árbitros deben sacar tarjetas por reiteración de faltas, pérdidas de tiempo o simulaciones. Y EXPULSAR A JUGADORES SI ES NECESARIO. Hay que cambiar las reglas y endurecer los castigos. El VAR puede ser una excelente herramienta para conseguirlo, en el momento en el que castiguen a un jugador con dos o tres partidos por simular una caída, acabaremos con una gran parte del problema.

No puede ser que en un deporte de contacto todo contacto sea una falta ni que un equipo haga 25 faltitas y se lleve la primera amarilla un jugador del equipo contrario. No puede ser que permitan, partido tras partido, que los jugadores rodeen a los árbitros y menoscaben su autoridad.

Hay que fomentar el espectáculo y acabar con estas odiosas prácticas.

Fotografías: Imago

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