domingo, 28 de agosto de 2022

"Yo soy como todos los artistas… me gusta robar y que me den soluciones" (Una conversación con el padre de Manuel Valls*)




"¡Haber matado cientos, quizá miles de toros, para acabar siendo el padre de Miguel Bosé!"
Luis Miguel Dominguín

"Yo soy como todos los artistas… me gusta robar y que me den soluciones" (Una conversación con el padre de Manuel Valls*)

CONVERSACIÓN CON XAVIER VALLS

Ignacio Ruiz Quintano

El arte consiste sólo en tocar cada vez mejor
el instrumento que se ha elegido.
Thomas Bernhard

“Extraordinaria corrida de novillos verificada hoy martes 1º. de enero de 1901. Inauguración del siglo en la Plaza de Toros de Madrid. En el cuarto toro, hará su experimento el célebre sugestionador de toros don Tancredo López, considerado, por su temeridad y arrojo, como el rey del valor, el cual lo ejecutará en la forma siguiente: antes de abrir la puerta de los toriles se colocará en el centro del redondel, sobre un pedestal de medio metro de altura, Don Tancredo, vestido imitando la estatua de Pepeíllo, y, previo aviso del citado sugestionador, se soltará el cuarto toro, de cinco años cumplidos, de la acreditada ganadería de Miura…”


Decía Bergamín que el siglo XX, que empezaba para los franceses con la torre Eiffel, para los españoles empezó con Don Tancredo. “Bien, o se hace precisión, o se hace pintura, o se calla uno”. Su amigo Xavier Valls (Barcelona, 1923), con quien tanto quería, deshace las disyunciones haciendo las tres cosas.

–Yo creo que el nuestro fue (sic) un siglo interesantísimo. Significó un cambio total. Y los cambios no vienen nunca con un principio de siglo, con el calendario. Para mí, el XIX se termina después de la guerra del 14. Cuando uno se pasea por Francia y ve por todos los pueblos las listas de muertos de aquella guerra… ¡Qué absurdidad! Los pequeños militares que querían ascender, y entonces mandaban a los muchachos a tomar una loma. Ahora que se ha muerto Kubrick, ¡qué gran película la suya! Senderos de gloria, se titula. Curiosamente, estuvo prohibida en Francia hasta la llegada de los socialistas. Una gran película. El ataque, la loma, los militares…

(Bergamín: “Los dos son arbitrarios y gratuitos: la torre Eiffel, no tiene nada que decirnos. Nuestro hombre estatua o estatuido nos lo dice todo, como un filósofo”).

–Yo conocí a Bergamín cuando él llegó a París exiliado. Vivía a una cuadra de mi casa. Y entonces nos veíamos casi cada día. Iba mucho a cenar a casa. A conversar. A estar con amigos. Después, cuando él se instaló en Madrid, yo venía algunas veces para verlo. Siempre nos entendimos muy bien. Él estaba solo, y siempre nos entendimos muy bien. Era intelectualmente muy brillante y, al mismo tiempo, sin ninguna pretensión. Y muy mordaz.

(“Tenía –don Tancredo– la particularidad, tan española en el sentido humano más aristocrático, o más griego, de ganar su vida ociosamente”).

–Sí, también conocí a don Eugenio d’Ors, aunque al final de su vida. Conocía su obra. Me interesaba mucho aquel hombre que se distanciaba de muchos intelectuales de su época por su fineza. Él luchó contra esta cosa vulgar, campechana, de los españoles. Naturalmente, tuvo posiciones políticas que no fueron nunca de mi agrado, pero era un hombre muy inteligente, y de él hay que quedarse con lo positivo. Tiene unos escritos… ¡tan extraordinarios! Yo también soy muy estilista, desgraciadamente.


(“Al subirse al pedestal, un cubo de madera pintado de blanco, Don Tancredo es el estoicismo elevado al cubo; es un Séneca elevado al cubo; es el senequismo español elevado al cubo”).

–Llevo cincuenta años en París y, profesionalmente, , la batalla figuración/abstracción fue el momento más duro para mí. De pronto, el que hacía una cosa con figuración era tratado como un pompier, un desgraciado, y uno veía que sus amigos se pasaban a la abstracción. Pero yo nunca tuve nada contra la pintura abstracta. Siempre he admirado más la pintura opuesta a la mía, y creo que la buena abstracción fue una gran lección, al menos para mí, de depuración para la figuración.

(“Pascal fue la verdadera figura representativa del tancredismo en Francia. Su miedo no era únicamente miedo del toro; era anterior a él; porque empezaba por ser miedo a caerse del pedestal”).

–Aquel momento de la abstracción, aunque fuera tan radical, me hizo ver que se podía hacer una figuración, pero con una lección de no poner cosas porque sí, de hacer una abstracción dentro de la figuración, porque lo importante de los cuadros es que tengan un duende. Claro, es más fácil estar contento con un cuadro abstracto que con uno figurativo, porque cuando el figurativo sale mal… se ve todo. Yo estuve más próximo a los pintores que pintaban abstracción que los figurativos, que eran pura anécdota, nada que ver con lo que es pintura.

(“San Agustín se ríe del tancredismo, porque San Agustín, como es natural, está siempre de parte del toro. Pero del toro bravo; porque no lo está por compasión, sino por simpatía”).


–Personalmente, nunca me sentí capaz de pasarme a la abstracción. Tuve necesidad de agarrarme a una cosa que tuviera atmósfera, pero con un soporte de una realidad percibida. El pintor no sabe explicar lo que pinta. En fin, pasé unos momentos difíciles, pero tuve la suerte de que tanto Giacometti como Luis Fernández, amigos míos, me dijeron siempre: No mires lo que hagan los otros, no te pases a la moda, haz lo que puedas, lo que sientas…” Hay que ser un poco terco y avanzar sin miedo. Tuve la voluntad de hacer lo mío, depurándolo cada vez más… Ahora, hay que decir que hubo unos momentos en que algunos de esos artistas figurativos estuvimos un poco en cuarentena. A las relaciones personales no se trasladaba la batalla, no. También hay que decir que mi figuración no era una de estas figuraciones que se ven en tantas galerías, del bodegón porque sí, el paisaje… Lo más difícil para mí fue que, para los que les gustaba mucho la pintura realista, yo pasaba por no ser realista.

(“Tancredismo puro: el del monasterio de El Escorial. Como Don Tancredo quería sugestionar, hipnotizar al toro por la inmovilidad, por el silencio (…), El Escorial lo que quiere, también por la inmovilidad, por el silencio, es sugestionar, hipnotizar a Dios”).

–Yo no considero que el no figurativo sea una moda. Mientras una obra de arte es un lienzo, que sea abstracta o no, que sean distintas materias, es siempre un cuadro. Lo que sí me parece una moda es que ahora sólo se habla de espacios y de montajes. ¡Cuando uno piensa que los vanguardistas ya lo hicieron todo! Hoy, ver una tonelada de patatas en medio, bien puesta, en medio de una inmensa sala… Estoy por la libertad de que cada quien haga lo que quiera, pero no me interesa, no lo entiendo. Espacios, sillas rotas, carbón por el suelo… eso sí que es una moda, y lo que me da miedo es que se está convirtiendo en una cosa oficial.


(“Qué duda tiene que el de Don Tancredo también es un quietismo. Miguel de Molinos, ¿no es un poco un Don Tancredo místico?”)

–Yo soy pájaro de noche, pero pinto todos los días. No paro. Desde que hay luz hasta que se termina. Pero me cuesta mucho pintar. Por eso me gusta mucho repetir el cuadro. Prefiero buscar esa cosa de la luz… ¿Pinto, por ejemplo, una manzana? Pues necesito el modelo de esa mañana. Pero, al cabo de unas sesiones, viene la reflexión: esta manzana ha sido también una flor, y después se ha vuelto fruta, y le ha tocado la luz del sol. O sea que yo no soy muy realista en el fondo, y, no obstante, cuando miro la realidad… Si yo miro sobre mi mesa un buen plato lleno de fruta no se puede igualar: es una maravilla. Entonces, a la hora de pintar, ¿por qué querer con cuatro toques dar eso al lienzo y que quede como una cosa muerta? Por eso lo de “naturaleza muerta” no me convence. Mejor “vida quieta”.

(“¿Cómo esperaba al toro Don Tancredo? ¿Con los ojos cerrados? ¿Con los ojos abiertos? (…) Ésta fue la angustia y agonía pascalianas. El tancredismo de Pascal fue eso: un vértigo de altura. Si cerraba los ojos, por sentirse sólo a sí mismo y en pie, elevado al cubo, al pedestal de la agonía cristiana. Y un verdadero espanto, un terror pánico, si los abría al silencio eterno de los espacios infinitos”).

–Porque “bodegón”, tampoco. Fue una cosa del XIX, porque antes estaban los pintores que pintaban bodegas. Con gente bebiendo. De aquí viene. Pero la “vida quieta” me interesa más. Y es eso lo que busco. ¿La fruta? Me gusta mucho pintarla, porque en sí es una belleza extraordinaria. Pero me gustan los objetos: los jarros, las copas de agua y, sobre todo, lo que veo en mi casa, lo que tengo alrededor, lo cotidiano… Nada de cosas sofisticadas, sino cosas muy mías, muy de mi vida y muy de mi interior. Nunca se consigue hacer lo que uno quiere hacer. Te acercas y, si no he llegado, es porque no he sabido más. A mí me entusiasma Zurbarán. Yo soy como todos los artistas… me gusta robar y que me den soluciones. Yo creo que el más grande pintor de todos es Velázquez, pero uno no puede robarle nada. En cambio, Zurbarán me puede dar referencias y lecciones cuando miro sus cuadros. De todas formas, la pintura que uno admira la tiene que mirar con un gran respeto y una gran humildad. Porque a veces uno se desespera pensando qué puede pintar después de lo que ha pintado esa gente, y estamos en una época en que se quiere dejar de lado lo que hemos heredado del pasado. Es como si todo empezara ahora. Y es lo que me da miedo de nuestra época, porque parece que todo es borrón y cuenta nueva.

Síntesis d’orsiana: la observación quiere captar los fenómenos; la razón, las esencias; la inteligencia, las figuras. “Lo que es, es lo que es. No la toque ya más, que así es la rosa”.

(“Y el toro Zurdito, de Miura, que, sin duda, no se fijó en él, derribó a Don Tancredo”. Con la precisión de la luz sobre la mesa de la Última Cena).
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*Entrevista con Xavier Valls, padre del primer ministro francés, Manuel Valls, para la revista Guadalimar, en el bar del Hotel Wellington de Madrid, con motivo de la exposición en la Galería Juan Gris. Abril, 1999

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