jueves, 22 de febrero de 2024

México.- Si los toros dieran caramelos / por El Tío Vinagres

 
Héctor Gutiérrez, herido
"..Pero el torero venía por más, e ignorando el peligro, le dio unos muletazos con calidad y valor, en los que el toro medio pasaba y medio avisaba que iba por él. En una de ésas lo vio, le tiró la cornada y se la pegó. Fea, de femoral. Quiso quedarse en el ruedo, pero era imposible, con ese chorro de sangre que le brotaba del muslo. Los del micrófono, súbitamente convertidos en cirujanos, opinaron que era una zona en la que no había vasos importantes, cuando el torero llevaba partido el muslo. No es obligatorio hablar por hablar.."

Si los toros dieran caramelos

Salvador Sánchez Povedano, Frascuelo, una de las grandes figuras de la tauromaquia de finales del siglo XIX, resultó herido grave en la llamada Corrida del Gran Pensamiento, que fue organizada por la sociedad madrileña del mismo nombre el trece de noviembre de 1887.

El toro Peluquero, de don Antonio Hernández, negro zaino, cornalón y de muchas arrobas, le metió el cuerno por la parte inferior del vientre, llegándole la punta a la octava costilla y fracturándosela por completo. A la enfermería llegó consciente y le ofrecieron agua de limón, que por entonces, digo yo, sería una cosa normal y recomendable para un paciente con la barriga abierta. Eso es para los miedosos, contestó el señor Salvador, venga un cigarro. Sólo por eso me cae bien Frascuelo. Pero fue más allá. Luego de que medio lo arreglaron, lo llevaron en camilla a su casa a descansar unos días, o semanas, o meses, lo que buenamente sucediera, y mientras llegaba a revisarlo y a hacerle la primera cura el doctor Pérez Obón, que sería un Campos Licastro o un Vázquez Bayod decimonónico, alguno de los mirones que estaban en su recámara se condolió a voces. De inmediato recibió de Frascuelo esta respuesta:

“Los toros dan cornadas porque no pueden dar otra cosa. Si dieran caramelos, cualquiera podría torear, así que no hay más remedio que enfrentarlo o cortarse la coleta.”

Y sí, pues eso. La tardecita del pasado domingo no pudo ser más sombría, con unos villacaramelos que salieron finos.

Corrida dispareja de presentación, con dos toros, segundo y sexto, francamente anovillados; otros dos, tercero y cuarto, con un peligro sordo importante; uno bueno, pero me parece que disminuido en su capacidad respiratoria, el primero; y otro más, el quinto, perfectamente olvidable. La corrida además fue floja,

Del Talavante imaginativo y espontáneo no queda nada, oiga. No sé si el retiro, o el Hola! o el guante negro que le queda como a un Cristo dos pistolas, o todo junto, lo convirtieron en un torero demasiado estudiado, muy en su papel de figura. Al buen primero le cortó una oreja de verbena tras una estocada caída. Al que hirió a Gutiérrez le metió un sartenazo que hizo guardia y con el cuarto, que tenía sus gatos, anduvo entre enganchones y digamos que bien, pero sin estridencias, y no se cómo lo mató porque mejor me salí a pasear al perro.

El Payo se llevó el lote malo, y para mi gusto estuvo por encima de los tres que mató. Al anovillado que hizo segundo, y que fue protestado por el público, le dejó una entera trasera que bastó. Al quinto lo despenó de otra entera y un descabello, y al que mató por Gutiérrez de pinchazo y estocada. Estuvo correcto. No para tirar cohetes, desde luego.

Y al que vimos poco, muy a su pesar y el nuestro, fue a Héctor Gutiérrez. Hizo un quite por gaoneras de las de verdad, estoicas, que remató con un bonito recorte en el que el toro ya le dijo la clase de cucaracha que era, pues se le revolvió en un palmo y le tiró un primer castañazo de aviso.

Pero el torero venía por más, e ignorando el peligro, le dio unos muletazos con calidad y valor, en los que el toro medio pasaba y medio avisaba que iba por él. En una de ésas lo vio, le tiró la cornada y se la pegó. Fea, de femoral. Quiso quedarse en el ruedo, pero era imposible, con ese chorro de sangre que le brotaba del muslo. Los del micrófono, súbitamente convertidos en cirujanos, opinaron que era una zona en la que no había vasos importantes, cuando el torero llevaba partido el muslo. No es obligatorio hablar por hablar.

Ya leí un par de crónicas y confirmo la teoría de que cada uno ve la corrida que le da la gana, de modo que si esto que he narrado no le convence, inmediatamente tírelo a la basura, sin remordimiento. A mí la verdad es que me da lo mismo y tan amigos, oiga. Lo que sí le aseguro es que aquí hay un torero y que es el que tendría que irse a España a cobrar en euros.

Fuerza, torero.

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