No es mal referente la memoria del torero vasco que, teniéndolo todo en contra, hasta su propia anatomía, consiguió su sueño y, lo que es mejor, hasta se inmoló en una plaza de toros en un pueblo de Francia para que, pasados los años, su figura quedara como leyenda para el toreo y, como digo, para todos aquellos que, como le sucediera al diestro de Orduña, sueñen con ser toreros.
Es cierto que, la profesión de torero es la más difícil del mundo y en la que, salvo a cuatro afortunados, a nadie le regalan nada, todo lo contrario, les quitan hasta la camisa que llevan puesta. Siendo así, que todavía queden muchísimos chavales con el hambre del toro por aquello de querer arriesgar su vida anhelando el sueño que les persigue, ello es digno de admirar. Si cualquier torero que lo sea o haya sido, por las circunstancias de cada cual, puede servir como ejemplo para los que empiezan su singladura, tener como referente a Iván Fandiño es algo memorable.
Como decía, si para todos es dificilísimo emprender esa tarea por querer ser torero, lo de Iván Fandiño incluso tenia un plus añadido que le pesaba como una losa de mármol. Era vasco, no tenía el apoyo de nadie, para colmo su figura no era la propia de un torero, hasta el punto de que tuvo que adelgazar puesto que, en su condición de pelotari en sus años juveniles, con tantos agravantes, intentar ser torero era algo casi imposible de lograr. Y Fandiño lo consiguió, no era para menos puesto que, al final, sus sueños los convirtió en realidad, no sin antes haber pasado por miles de calvarios puesto que, hasta cuando era torero admirado por todo el mundo, sus propios compañeros, los que mandaban en el toreo le negaron el pan y la sal.
Fijémonos hasta donde rayó la grandeza de Iván Fandiño que, desde siempre solo tuvo un apoyo, el de Néstor García, un aficionado y amigo personal del diestro que creyó en él y luchó a brazo partido a su vera. Está claro que, ambos sabían que lo que soñaron lo harían realidad y, lo consiguieron.
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