domingo, 19 de abril de 2026

Del espejismo del jueves al desencanto del albero: Sevilla entre la gloria y la duda / por María Padillo

'..lo más preocupante quizá no esté solo en lo ganadero, sino en el clima que se está instalando en la plaza. Porque más allá de los nombres propios, de las faenas o de los aciertos, lo que se percibe es un ambiente en retroceso, una especie de desgaste emocional en el público de la Maestranza que empieza a ser difícil de ignorar..'

Del espejismo del jueves al desencanto del albero: Sevilla entre la gloria y la duda.

Por María Padillo
Hay momentos en los que una plaza parece quedarse suspendida entre lo que acaba de vivir y lo que no consigue volver a alcanzar, como si el eco de una gran tarde pesara más que todo lo que viene después. Tras la faena de Morante de la Puebla en el jueves de prefería, la sensación en la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla ha ido descendiendo como si alguien hubiera ido apagando el entusiasmo. Lo que debía ser continuidad de emoción se ha ido transformando en una especie de resaca donde el ambiente no termina de arrancar, incluso con tres “no hay billetes” consecutivos.

El sábado 18 de abril, con la llegada de la ganadería de Victorino Martín, se abría una de las tardes más esperadas del ciclo. Había expectativas. Se hablaba de ese sello de seriedad que han defendido hierros como el de Victorino o incluso otros de la misma exigencia. Sin embargo, la tarde comenzó a torcerse incluso antes de que saliera el primer toro al ruedo. El sorteo matinal ya dejaba entrever un desajuste entre lo esperado y lo presentado, alimentando comentarios y resignación en redes sociales. Y no era solo una frase en una red social; era la percepción que se confirmaba con el paso de los toros, especialmente en los últimos ejemplares, que ofrecían una imagen más cercana a la de novillos que a la de toros de una plaza de primera categoría como Sevilla. La protesta en los tendidos no tardó en aparecer, aunque en algunos momentos —como ocurrió con el quinto— se desbordó hasta límites discutibles, impidiendo el desarrollo normal de la lidia y abriendo un debate incómodo sobre hasta dónde llega la exigencia del público.

En ese contexto, la tarde se convirtió en una prueba de resistencia tanto para toreros como para aficionados. Borja Jiménez logró acariciar el triunfo al natural gracias a los mejores pasajes de un encierro que fue claramente de más a menos, mientras que Manuel Escribano quedó prácticamente sin opciones de lucimiento real ante un lote que no ofreció continuidad ni entrega. La corrida quedó marcada por la irregularidad de sus ejemplares, con excepciones, como por ejemplo el segundo, un toro de clase superior que permitió lucir la humillación y el ritmo, o el cuarto, que dejó matices interesantes y cierta profundidad en su embestida.

Y, sin embargo, lo más preocupante quizá no esté solo en lo ganadero, sino en el clima que se está instalando en la plaza. Porque más allá de los nombres propios, de las faenas o de los aciertos, lo que se percibe es un ambiente en retroceso, una especie de desgaste emocional en el público de la Maestranza que empieza a ser difícil de ignorar. La exigencia siempre ha sido seña de identidad de Sevilla, pero cuando la exigencia se mezcla con frustración, con expectativas incumplidas y con tardes que no terminan de cuajar, el riesgo es que el pulso de la plaza pierda su brillo. Y en una plaza como esta el contraste entre un jueves histórico y un sábado de desencanto amplía la sensación de que algo no termina de cuajar.

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