martes, 20 de septiembre de 2016

Logroño se rinde a la portentosa infalibilidad y a la grandeza torera de Enrique Ponce / por J. A. del Moral



"...Y en fin…. Que el tipo que para su desgracia presidió la corrida, bastante castigo tendrá cada vez que se acuerde de lo que hizo, negando la salida a hombros a Ponce. Una ofensa colectiva. Un daño gratuito que propinó no solo al grandioso torero. También a todos y cada uno de los que por su horrenda culpa pasamos de sentirnos inmensamente felices a desgraciados. También fue un imperdonable daño a La Fiesta y a la misma ciudad de Logroño..."


Logroño se rinde a la portentosa infalibilidad y a la grandeza torera de Enrique Ponce

En lo taurino como en tantas otras cosas, los hechos – siempre lo he dicho -, siempre estuvieron, están y estarán muy por encima de los dichos y de las arbitrariedades de cuantos intervienen en las corridas sin ponerse delante de los toros por importantes que sean. También, el entusiasmo de los públicos que nunca debería medirse por sumas aritméticas de los trofeos conseguidos por mucho que sean promulgados en los reglamentos que, últimamente, difieren según el lugar donde se torea. De tal modo es así que, los verdaderos triunfos, perduran en el tiempo y en el recuerdo de lo acontecido, con bastante mayor fuerza que las orejas que se concedieron. ¿Quién se acordará pasadas las décadas y hasta los años de que un arbitrario presidente le robó a Enrique Ponce la salida en hombros de la plaza de Logroño a pesar de su histórica actuación del 19 de septiembre de 2016? Nadie, absolutamente nadie… Y sin embargo, tanto durante el festejo que comentamos como al final del mismo y en la inmensa mayoría de las crónicas que se han escrito y hablado sobre lo sucedido, lo que prima es dar cuenta del atentado presidencial. Al final de esta crónica diré lo que pienso del sujeto que ocupó la presidencia del palco en la Plaza de la Ribera.

Y lo diré al final porque antes habrá que dar cuenta de lo sucedido ciñéndome a lo que consiguió Ponce frente a dos toros de El Pilar. Dos toros que fueron junto a otros dos, uno de ellos el extraordinario sobrero que reemplazó al devuelto segundo, los mejores del envío salmantino de don Moisés Fraile.


Dos toros ciertamente nobles en distintos grados de bravura, de fuerza y de durabilidad. Fuerza, justita. Bravura, notable. Y durabilidad, mucha. Claro que esta tercera condición fue muy larga gracias a la infalible ciencia infusa del gran maestro valenciano.
En eso que en la jerga taurina se llama resolver, Ponce viene siendo el mejor de la historia desde que toreó su primer novillo sin picadores hasta el cuarto toro de ayer que, por cierto, ya va por encima de los 4.700 y los que quedan por venir….


Si digo que es el mejor es porque no solo consigue que reses – sea cual sea su condición – que en otras manos no hubieran dado el juego que dan en sus manos, también y por añadidura porque a esta resolución técnica añade unas maneras de torear, de andar, de entrar y de salir de las rondas capoteras y muleteras con tan fácil naturalidad como distinguida elegancia y sin igual belleza, de modo que sus faenas casi siempre van de menos a más o de más a muy más, al contrario de lo que consiguen la mayoría de los actuales espadas que – salvo escasas excepciones – , casi siempre logran precisamente lo contrario. Es decir, que en sus torpes propósitos terminan por arruinar las posibilidades de lucimiento de infinidad de reses por no saber administrar su lidia y sus faenas de muleta. O porque, asimismo, en vez de torear siempre a favor de las reses lo hacen a la contra.

Los resultados puramente artísticos del proceder técnico de Ponce desembocan en un toreo pluscuamperfecto, siempre templado, relajado, sentido y hasta sublimado en un abandono que parece un sueño. Son los sueños de Ponce que se hacen realidad y logran que los públicos, hasta los más circunspectos, lo contemplen extasiados.

Sueños que hizo realidad ayer con la exacta administración de procederes adecuados a las condiciones de sus dos enemigos, eligiendo atinadamente el toreo a media altura, las distancias, las pausas y ese saber llenar la escena tan idealmente que llegaron esos momentos en los que parece desaparecer el toro y queda solo Ponce sobre el ruedo. Y todo ello hasta lograr que los animales admitieran que se los toreara bajando las muleta, una vez subyugados al hechizo infalible en el que el temple y la despaciosidad presidieron la totalidad de las obras.


Y esto fue exactamente lo que Enrique nos mostró ayer en la nueva plaza de Logroño que, como antes en la antigua de La Manzanera, se le venían resistiendo a triunfar por todo lo alto – unas veces por la pésima condición de sus lotes, otras por fallar a espadas –, hasta la tarde de ayer en la que todo coincidió para bien cual conjunción de todos los planetas de su más particular universo. Solamente falló estrepitosamente la dichosa autoridad, entrometida en preconcebida intención de imposibilitar como fuera y como fuese que Ponce pudiera, por fin, salir a hombros en la única plaza del mundo que nunca lo había conseguido. En tan imperdonable pecado apoyaron el dislate no más de una veintena de gritones que fueron silenciados por los oles, por las ovaciones y por el fortísimo clamor de la inmensa mayoría de los asistentes.

Tras matar Ponce de contundente e irreprochable estocada al primer toro de la tarde, la presidencia no atendió a la petición de la segunda oreja. Bueno, era el que abrió plaza y ya se sabe qué pasa en los toros de apertura. Pero es que tras matar absolutamente entregado al cuarto – sufrió un golpe tremendo en el vientre al cruzar -, la petición de orejas fue absolutamente clamorosa y tan insistente que, imagino al emperrado usía luchando con los asesores y consigo mismo para permanecer cerrilmente en su “no, no y no…” contra viento y marea como si fuera el imbécil Secretario General de Partido Socialista que tiene paralizada la posibilidad de que España tenga Gobierno.

Tan clamorosa fue la petición que los entusiasmados espectadores obligaron a Ponce para que accediera a dar una segunda vuelta al ruedo que terminó en el saludo desde los medios más largo que jamás habíamos visto disfrutar a nadie con tan rendida admiración.

Los posteriores gritos de !! torero-torero-torero ¡¡ se prolongaron hasta que se desató una bronca monumental contra el miserable presidente, una vez regresar Enrique al callejón, como también al finalizar el festejo mientras abandonaba el anillo, muy gravemente ofendido en su honorífica persona.

Del resto del festejo, decir que también disfrutamos con una muy templada y elegante faena de El Cid – que sustituyó al anunciado Alejandro Talavante -, sobremanera cuando toreó al natural como en sus mejores tiempos frente al mejor toro de la tarde con mucho. Pero se le atascó la espada en diez entradas a matar y lo que iba para premio quedó en avisos y en simple ovación. También que Miguel Ángel Perera destacó en su faena al tercero con la mano derecha aunque su faena fue de las de más a menos, al compás de que el burel hacía lo mismo. Mató de pinchazo hondo caído y hubo silencio.

Después del lo hecho por Ponce, la tarde se vino abajo por completo. Ni los toros quinto y sexto fueron como los anteriores, ni los toreros consiguieron dar pie con bola perdidos en sendos mares de dudas e imprecisiones. Suele suceder cada vez que Ponce cuaja una de sus grandes faenas. Que no hay quien logre epatarlo.

Y en fin…. Que el tipo que para su desgracia presidió la corrida, bastante castigo tendrá cada vez que se acuerde de lo que hizo, negando la salida a hombros a Ponce. Una ofensa colectiva. Un daño gratuito que propinó no solo al grandioso torero. También a todos y cada uno de los que por su horrenda culpa pasamos de sentirnos inmensamente felices a desgraciados. También fue un imperdonable daño a La Fiesta y a la misma ciudad de Logroño.

El castigo le llegará al dichoso sujeto de la afrenta desde los infiernos…. Y las tripas se le revolverán cada día que le resta de vida hasta los inaguantables retortijones finales de su tristísima muerte que espero y deseo tarde muchos años suceder.

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